Desde que los precios del crudo se estabilizaron en torno a los 100 dólares la economía venezolana empezó a tener dificultades. No porque los precios bajaran, sino porque dejaron de subir. Lo mismo le ha pasado a Rusia y a Irán. Poco importa que tengas las mayores reservas de petróleo del planeta. Si pretendes poner de rodillas al resto del planeta, es a ti al que te pondrán de rodillas.
Por Pedro Benítez. @PedroBenitezF.-
Los economistas, expertos y conocedores del negocio petrolero mundial afirman que lo que los países importadores de hidrocarburos exigen con respecto al suministro de esta fuente de energía son fundamentalmente tres cosas: estabilidad, seguridad y precios competitivos. Le comprarán a aquel productor que les ofrezca eso e intentarán alejarse de quien haga todo lo contrario.
Si un gran exportador de petróleo pusiera en cuestionamiento uno de esos tres fundamentos, estaría socavando su propia posición, pues sus clientes buscarían fuentes de suministro distintas.
En un mundo global no se puede ir por ahí chantajeando con aquello de: “las mayores reservas de petróleo del mundo”. Tampoco los consumidores pueden pretender intimidar con dejarle de comprar petróleo a los productores sin pagar consecuencias. Los dos lados se necesitan. Pero si una de la partes se pone fastidiosa, téngase por seguro que la otra buscará una alternativa.
Eso es lo que le está pasando a países como Rusia, Irán y Venezuela en estos momentos. Putin, Ahmadineyad y Chávez cayeron en la tentación de usar el petróleo como un arma geopolítica, y ahora ese intento se les ha devuelto a sus tres países como un bumerang. Sólo el ruso tendrá que manejar los frutos de su propia obra. En los otros dos casos la cuenta la están pagando los sucesores.
Todo esto parece la versión actualizada de una película ya conocida:
Pero en 1973, a raíz de la Guerra Árabe-Israelí, los saudíes cayeron en la tentación de unirse al embargo petrolero con la deliberada intención de poner de rodillas a los países industrializados de Occidente. Lo que ocurrió en los siguientes años es que esos países la pasaron mal, sus economías se sumergieron en crisis, buscaron fuentes alternas de energía, sus complejos industriales se adaptaron a las nuevas realidades y en 1982 los precios mundiales del petróleo entraron en un largo ciclo de precios bajos.
De todo eso el reino de Arabia Saudita sacó una lección que, por lo visto, sus gobernantes no han olvidado: el petróleo ciertamente es poder, pero como todo poder hay que saberlo usar con prudencia. Por eso es que ese país tiene un pie en la OPEP y otro en su alianza con los Estados Unidos.
Es una asociación bastante reveladora de cómo funciona el mundo hoy: Arabia Saudita está decidida a frenar el desarrollo del petróleo no convencional norteamericano con la intención de asegurarse su lugar como el principal proveedor petrolero mundial, lo que favorece a la industria y a los consumidores de Estados Unidos que ahora disponen de combustible más barato, pese a que ese país nunca ha importado más del 12% de sus necesidades de crudo del Medio Oriente. Por otro lado, a Estados Unidos le interesa la estabilidad del reino saudí.
En los primeros años de Chávez en la presidencia, la diplomacia petrolera venezolana no era muy distinta a la que predominó en la mayoría de los cuarenta años que siguieron a la fundación de la OPEP. Su primeros pasos consistieron en revitalizar esa política. Pero cuando aconteció la invasión angloamericana a Irak en 2003 y con ello la escalada al alza de los precios del petróleo, una embriagadora sensación de poder invadió al presidente venezolano.
La cotización promedio por año del barril de exportación venezolano pasó de 25 dólares en 2003 a 86 en 2008 y en algún momento llegó a la increíble cifra de 126. Chávez llegó a creer seriamente que podría alcanzar los 200 dólares y con ello su poder sería ilimitado.
Luego del referéndum de 2004, sintiéndose reforzado en el poder, ya no se conformó con utilizar el petróleo para afirmar su posición interna asegurándose votos en la OEA, apoyos de potencias regionales como Brasil y la amistad de miembros del Congreso americano. Con la administración Bush empantanada en Irak, empezó a intentar crear una alianza global de países, principalmente exportadores de petróleo, que desafiaran a los Estados Unidos.
Incluso Chad y Sudan figuraron en su agenda; de hecho el gobierno venezolano los promovió junto con Bolivia para ingresar a la OPEP.
Era una clara estrategia que iba más allá de reforzar la posición venezolana en esa organización. La gran apuesta global de Chávez consistía en ir empujando a la OPEP a convertirse en un frente de países exportadores de petróleo comprometidos en la lucha antiestadounidense aliado con un movimiento revolucionario latinoamericano.
En resumidas cuentas, pretendía emular a Fidel Castro pero con las mayores reservas de petróleo del planeta.
Consiguió un aliado valiosísimo en el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad. A éste último la alianza le cayó casi del cielo, pues le abrió la posibilidad de extender sus relaciones en Latinoamérica y salir de su aislamiento diplomático en Medio Oriente.
¿Qué ha quedado de todo eso? La nada.
Además, la teocracia iraní ha sido la inspiración y ejemplo de varios movimientos radicales entre las naciones árabes que rodean el Golfo Pérsico y esos grupos han pretendido destronar a la monarquía saudita.
Del país que pretendió ser potencia petrolera mundial ahora somos limosneros con las mayores reservas de petróleo allí abajo. Arriba hay colas para comprar comida.
Desde que los precios del crudo se estabilizaron en torno a los 100 dólares la economía venezolana empezó a tener dificultades. No porque los precios bajaran, sólo porque dejaron de subir. Lo mismo le ha pasado a Rusia y a Irán.
Poco importa que tengas las mayores reservas de petróleo del planeta. Si pretendes poner de rodillas al resto del planeta, es a ti al que te pondrán de rodillas. La vida es así.
No comments:
Post a Comment