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El bus del Estado se fue por el barranco
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Viernes, Enero 23, 2015
El chofer del autobús grita: estamos en manos de Dios!!
Vamos
sin frenoooos. Se nos salió una ruedaaaaa. . Estamos frente al
despeñadero! Gritaba el chofer aterrado. Y abandonando el volante, se
volteó hacia los pasajeros y le dijo: “encomiéndense a Dios, Dios tendrá
misericordia de nosooooooootruuuuus”, la última palabra gritada ya en
el aire, cuando el vehículo iba camino a las rocas.
Se
salvaron unos 938.765 pasajeros quienes habían abandonado el bus en
paradas anteriores. Ellos se habían bajado del bus porque habían
advertido que el chofer estaba drogado, o borracho, o simplemente era un
tarado. Sin embargo, muchos otros miles de pasajeros parecían tan
contentos con el chofer que le gritaban: “Púyalo, Nicolás!”, entre ellos
el Samper, la Kirchner, los colectivos, Darío Vivas y Desiré Santos
Amaral. El colector Rafael Ramírez se salvó porque se había ido de
vacaciones largas para Nueva York, dejando en su lugar a Pedro Carreño,
quien fue el primero en salir volando por una ventana. Miles de
pasajeros también se salvarían porque al ver venir el precipicio y oír
los chillidos del chofer se habían provisto de amortiguadores para el
trancazo. Además, viajaban en la sección trasera del bus porque los
eufóricos pasajeros de boina roja, con bolsillos llenos de bolívares
devaluados y tomándose el miche que les daba la revolución, los habían
empujado para allá, ya que no eran dignos de viajar cerca del chofer,
ungido por el líder intergaláctico. Ese abuso los salvó porque el bus se
partió en dos al chocar contra las rocas y la parte de atrás quedó
intacta, mientras que los pasajeros gozones de la revolución se hicieron
papilla junto con el chofer.
Y
es que el chofer no había querido escuchar los consejos de Henri Falcón
y de Rafael Poleo quienes le habían aconsejado: “Baja la velocidad,
mijo. Haz una parada, échate agua en la totora, que la tienes
recalentada, tómate un respirito”. Nada de eso. Sentía al pájaro
incrustado en la oreja izquierda, que le decía, con insistencia: “más
rápido, más rápido, mira que ya vas a llegar”.
Llegar,
adonde? Pensaría el chofer, en su último momento de conciencia, antes
de desaparecer para siempre entre las rocas. Porque el chofer realmente
nunca supo adonde era que el pájaro lo quería ver llegar.
Nosotros
si lo sabemos, gracias al diario del difunto, rescatado de la
abandonada embajada de Cuba en Caracas. Este documento de gran valor
histórico e histérico revela las verdaderas intenciones del occiso. Es
una historia triste. El difunto había sido abandonado por sus padres
cuando chiquito. Tuvo que refugiarse en casa de la abuela y vender
dulces para comer. Un día le negaron la entrada a la escuela primaria
porque no tenía alpargatas. Luego, Moncho Brujo no lo dejó entrar en una
fiesta en La Lagunita. Ello le inyectó una gran dosis de resentimiento
hacia la sociedad que se había portado de tal manera con él. Tiempo
después, aunque golpista fracasado, pudo llegar a la presidencia
gracias a la democracia venezolana, llevado allí por quienes se
subirían al bus de la revolución. Su resentimiento lo llevó a tratar de
convertir a su país en un paraíso para los acomplejados y tratar de
aplicar su revolución del odio contra los venezolanos educados . Pudo
extenderla brevemente hacia los demás países de la región, logrando
captar a adeptos resentidos como él, gracias a los millones de dólares
del petróleo. En ese autobús denominado El Expreso del Odio se
montaron Ortega, Morales, Correa, Cristina, Zelaya, Lugo y hasta un
pragmático José Mujica que recibía dinero para las empresas uruguayas
quebradas y petróleo que su país no podía pagar.
Al
ver llegar su final el difunto no lo pensó mucho. El único que puede
terminar satisfactoriamente mi tarea de destrucción nacional, se dijo,
es Nicolás. Puedo morir tranquilo, sabiendo que él queda conduciendo el
bus del estado, encargado de consumar mi venganza contra quienes me
humillaron desde chiquito.
Y
así fue. Ayer vimos como el bus se fue por el despeñadero. Tocará a los
sobrevivientes de la tragedia subir la cuesta del precipicio, dejando
atrás los restos del vehículo para lograr construir uno nuevo. No será
tarea fácil pero, al menos, esperemos que a los sobrevivientes no se
les ocurra utilizar los mismos planos del vehículo que yace entre las
rocas.

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