LUIS
UGALDE
Venezuela va cayendo en la cuenta de que el oasis de la renta petrolera
era un terrible espejismo. No es un oasis, pero sí un buen recurso para que el
hombre con su talento transforme el desierto en un vergel. El espejismo está en
creer y en enseñar que somos un país riquísimo porque “tenemos las mayores
reservas petroleras del mundo” y con su venta a los extranjeros y distribución
de esos ingresos a los venezolanos necesitados, entraremos al paraíso, sin
necesidad de convertirnos en productores. Frente a esa ilusión, miseria y
frustración, debemos construir con talento y esfuerzo el camino
productivo con soluciones efectivas a problemas concretos.
La verdadera “riqueza” de Venezuela –como la de otros países– es
el talento de los treinta millones de venezolanos, centrados en desarrollar la
valía de su propia persona y empeñados en agregar valor al producto económico,
político y social de nuestra sociedad. La clave para salir de la miseria es el
talento de los venezolanos; esa es la verdadera riqueza del país que hoy en
gran parte se pierde.
¿Qué hacer para que la familia y la escuela se centren en el desarrollo
integral del talento de niños y de jóvenes, para que la escuela sea eficaz en
el cultivo de ese talento del cual dependerá la producción de la riqueza
nacional? Desarrollar una formidable emoción de niños, jóvenes y maestros en la
búsqueda de la mejor forma de encontrar y de potenciar el talento de cada uno.
El niño tiene que sentir gran gusto en descubrir sus propias cualidades.
La maestra lo guía en las sorpresas diarias de encontrar lo que creía no tener.
Es el gusto por desarrollar sin límites sus propios talentos y ensanchar las
fronteras de su capacidad de hacer el bien y el deseo de ser bueno. Sacar cada
día más del propio pozo entusiasma a la persona y le toma gusto. Para esto hay
que poner metas muy altas, como ocurre, por ejemplo, con todo éxito en niños y
jóvenes venezolanos que pusieron su horizonte deportivo en llegar a jugar
beisbol en las Grandes Ligas y lo lograron. Ese horizonte mueve y mantiene todo
el esfuerzo diario y la medición de sus avances, les alienta ver sus progresos
y lo que alcanzaron otros como él.
La educación tiene que ser muy exigente, pero una exigencia con sentido
y gusto interno en conseguir aquello que más se desea. Es todo lo contrario de
convertir la educación, sobre todo la del pobre, en un camino sin ascenso, sin
exámenes, sin metas; todo regalado porque es pobre, y todo negado porque nunca
aprende a producir. Un camino que le regala notas, que le pasa los exámenes sin
saber y que le admite en las universidades sin exigir preparación, es el mayor
desprecio de las potencialidades del pobre. Vemos en los barrios pobres cómo
las personas se transforman cuando se centran en el gusto por dar lo mejor de
sí. Si se le dan las oportunidades como a los demás, con su propio talento
superará todas esas barreras. Ese es el milagro de las orquestas juveniles y
también de Fe y Alegría, que florecen y fructifican donde los prejuicios hacían
pensar que no se podía, por las condiciones adversas o por la precariedad de
los medios.
Ningún oficio hay en la sociedad más necesario que el del maestro capaz
de conducir en el aprendizaje de los diversos saberes y de la sabiduría de reconocer
y hacerse solidario con el otro. Ninguna profesión es tan maltratada y
subvalorada.
Para que el crimen se reduzca es necesaria la coherencia entre el gusto
interno por el bien y el condicionamiento externo con el adecuado ordenamiento
social de estímulos, premios y castigos bajo la ley. Maltrata al joven la
sociedad donde es premiado el mal y triunfa el malandro (sea su vecino o el
ministro del gobierno o el pseudo-empresario vendedor de dólares
preferenciales) que recibe poder y reconocimiento. La falta de castigo del mal
y la impunidad del delincuente y su prosperidad, predican por las calles
lo que esta sociedad premia.
En paralelo con la
escuela que trabaja el talento y lo desarrolla, necesitamos la empresa que
busca talento. Hay 14 millones de venezolanos que constituyen el talento
potencial de trabajo. No saldremos de la pobreza y de la frustración sin
decenas de miles de empresas privadas exitosas que buscan esos talentos y los
ponen a valer productivamente y a jugar en equipo. Ese panorama
creativo-productivo se completa con un sector público de trabajo eficiente, con
transparencia y sin ventajismo clientelar, donde solo el talento progresa. Es
una transformación cultural, un reto formidable, atractivo y necesario.
Vía El Nacional
Que pasa Margarita
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