EN: http://konzapata.com/2015/08/por-mucho-menos-de-lo-que-ocurre-en-venezuela-gobiernos-latinoamericanos-abandonaron-el-poder/
Por Pedro Benítez @PedroBenitezF.
¿La respuesta inmediata a los saqueos de San Félix es la expropiación de los
terrenos de La Yaguara?. A lo mejor la medida ya estaba tomada, pero dadas las circunstancias la pudieron haber
pospuesto en aras de la tranquilidad pública. Pero no, actúan como si de un desafío se tratara.
¿Dónde está la lógica? Una de las respuestas posibles despierta la suspicacia.
En Venezuela vamos derechito al escenario del estado Táchira a inicios de 2014, y por las mismas razones.
Recuérdese que la ola de protestas de ese año en la entidad andina fueron precedidas por meses razonamiento de
alimentos y gasolina, impuestos por el Gobierno en un intento inútil por parar el contrabando hacia el otro lado de la
frontera con Colombia.
Lo que a su vez nos debe hacer tener presente es que de unos meses a esta parte, Caracas (la vitrina del país),
comienza a sentir lo que ya viene padeciendo el interior de la República desde, por lo menos, el 2013.
Sumémosle la ya larga conflictividad política y una violencia criminal de la que sólo ahora el Gobierno parece
preocupado por detener.
En la accidentada historia política latinoamericana no existe un caso como la actual situación venezolana.
Por escenarios similares, gobiernos han sido derrocados por golpes de estados en Brasil (1964), Chile (1973),
Argentina (1976). O han ocurridos guerras civiles, como en Colombia y Centroamérica.
Por supuesto, no es aquel mundo, no son las mismas circunstancias internacionales pues era la Guerra Fría; pero
desde el retorno a la democracia a la región en la década de los ochenta del siglo pasado, por mucho menos de lo
que hoy ocurre en Venezuela gobiernos latinoamericanos abandonaron el poder, o accedieron a algún tipo de
transición pacífica acordada con una parte de sus opositores, o emprendieron rectificaciones en sus políticas.
Ejemplos: los regímenes militares en Perú (1979), Argentina (1983), Brasil (1985) y el autoritarismo civil del partido
único en México (de 1984 en adelante).
“Sorprendentemente” el régimen chavista no da señales de rectificar. Todo lo contrario. Con empeño digno de mejor
causa, siguen insistiendo en las mismas acciones que están llevando al país al caos económico y social.
Pero por otra parte, no deja de llamar la atención lo que algunos denominan la pasividad del venezolano y otros la
capacidad de aguante.
Venezuela ha estado padeciendo en los últimos 24 meses el proceso de empobrecimiento más brutalmente rápido de
su historia. Comparado con el presente, el viernes negro de 1983, el paquete de 1989 y la crisis financiera de 1994
palidecen. Y ya recordamos lo ocurrido en 1as primeras de cambio de 1989.
En el presente ninguna otra sociedad latinoamericana soportaría pasivamente lo que soporta la venezolana hoy. Y sin
embargo, los venezolanos parecen, al momento de escribir estas líneas, dispuestos a seguir aguantando o resignados
o decididos, cívicamente, a esperar una oportunidad de cambio.
Y no se puede decir que la venezolana sea una sociedad pacífica. Con más asesinados al año que en países en guerra
como Siria o Irak, objetivamente hablando, esta sociedad dista de ser pacífica.
Por lo tanto, si en alguna parte del hemisferio están dadas las condiciones para una gran tragedia, es en Venezuela.
No obstante a todo lo anterior, hay que destacar un hecho: contrariamente a lo que insiste en repetir el discurso
oficialista, la dirigencia política opositora se ha caracterizado por su civismo y paciencia. Ni al más radical dirigente
opositor se le ha podido demostrar vinculación con hechos de sangre. Todo lo contrario.
Como dijo Carlos Ortega el año pasado: “En la oposición venezolana no hay nadie dispuesto a siquiera lanzar un
paquete de triquitraquis (sic) en medio de El Silencio”.
Bien sean los partidarios del continuismo, de la cohabitación o de la ruptura, dentro de la MUD y fuera de ella, todos
apuestan por la vía electoral.
Así pues, en el mundo al revés en que se ha convertido la Venezuela de hoy, en la práctica tenemos a una oposición
que apuesta a la estabilidad del país, entre otras cosas porque casi que su única carta es la electoral; mientras
tenemos a un gobierno a todas luces jugando al caos.
Aunque los voceros del oficialismo (léase fundamentalmente José Vicente Rangel) insistan en vender la tesis según la
cual el problema político venezolano consiste que no hay una oposición normal, es decir, que no es democrática; la
realidad es exactamente al revés: lo que no tiene Venezuela es a un gobierno normal.
El chavismo no ha entendido (o no quiere, o no puede) que su alternativa no consisten en perder el poder o
conservarlo. Sino entre perder el poder o compartirlo. Y por no querer compartirlo se van a quedar sin el chivo y sin
el mecate.
Agosto, septiembre, octubre y noviembre serán los meses más largos que recuerde la memoria colectiva nacional.
Nos aguardan una sucesión de sobresaltos de aquí a la esperada cita electoral.
Mientras tanto, de aquí a allá corremos el riesgo de que se haga una vez más realidad ese tipo de situación siempre
presente en las naciones sometidas a procesos de disolución del orden social, que resumía magistralmente el filósofo
Oswald Spengler: “al final es siempre un pelotón de soldados quien salva la civilización”.
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