Monday, January 9, 2017

Héctor Schamis: Incertidumbre y volatilidad, el nombre de 2017

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ENERO 7, 2017Por Héctor Schamis | @hectorschamis

Héctor Schamis es columnista, analista internacional y profesor de la Universidad de Georgetown en Washington DC

Cada comienzo de año es el tiempo de los signos de interrogación. Tal vez nunca como hoy, luego de un 2016 fuera de lo común. Es la incertidumbre de un Gobierno que termina y una transición americana que nunca pareció ser tan prolongada. Le sigue una presidencia casi imposible de imaginar, la de Trump. Y todavía no ha comenzado.

Todo ello saca al planeta de su eje. Obama se guardó los temas más delicados de su agenda internacional para estas últimas semanas. Hay algo incomprensible en ello, algo así como dejar el mecanismo de relojería en funcionamiento para salir corriendo por la puerta trasera. O bien es sólo una explícita admisión de su incompetencia a la hora de formular política exterior.

Primero fue la abstención de Estados Unidos en la votación de la resolución 2334 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Con ello, con el no-veto, por primera vez se condenó a Israel por la construcción de asentamientos en los territorios ocupados. El ex presidente Carter aprovechó para sugerirle a Obama que reconozca al Estado Palestino antes de su partida el 20 de enero.

Pero para muchos sólo se trata de esperar hasta esa fecha, justamente, en que todo quedaría en la nada cuando un Trump ya afincado en la Casa Blanca de un giro en U. Un giro similar ocurriría en el caso de las sanciones a Rusia por haber interferido en la elección de noviembre pasado, según han reconocido los mismos halcones de la política exterior, inclusive Republicanos.

Es curioso, el hackeo se conoció en el verano y la CIA lo documentó con detalle en octubre. No ha sido explicado por qué Obama esperó tanto tiempo para actuar, virtualmente en víspera de su partida. Aún así, los giros en U nunca son inocuos en política exterior. Tal vez Obama haya buscado profundizar la división al interior del Partido Republicano, precisamente a la luz de un volátil e inconcebiblemente rusófilo presidente electo que es capaz de igualar el script más creativo jamás escrito en Hollywood.

Todo ello hace la receta perfecta de la incertidumbre. Piénsese en Europa, por ejemplo, situada en la explosiva intersección entre el terrorismo que importa y el nacionalismo y la xenofobia que produce. La problemática palestina exacerba la humillación que siente la joven diáspora musulmana, hoy diseminada a través de todo el continente. Y el nacionalismo que expresan Trump y Putin constituye una invitación a más de eso en toda Europa.

El Brexit podría haber sido un primer paso. Habrá elecciones en Francia en abril y en Alemania en el otoño. Resulta difícil de imaginar, pero no es imposible, que de vencer la derecha euroescéptica para entonces la Unión Europea pase a ser sólo un recuerdo. Y ni que hablar de un debilitamiento de la OTAN dado un Estados Unidos aislacionista bajo Trump, una invitación explícita al expansionismo ruso. Del Báltico a los Balcanes, tal es el temor del mundo ex comunista.

Téngase en cuenta el movimiento de piezas en este tablero visto desde Beijing. Nada genera mayor inestabilidad en el sistema internacional que la reformulación de alianzas. Las dos guerras mundiales en Europa fueron producto de ello, precisamente. Una inesperada proximidad ruso-americana sería leída como un realineamiento amenazador en China. Trump además infringió en el ADN de Beijing al haber reconocido, si bien implícitamente, a Taipei— según algunos por simples negocios inmobiliarios.

El efecto de ese mismo realineamiento en el Medio Oriente ya ha generado especulaciones que Estados Unidos firmará un cheque en blanco a Putin para que decida sobre Siria a voluntad, lo cual ya ha estado ocurriendo de todas maneras, debe reconocerse. El problema es que una luz verde hecha explícita podría tener efectos colaterales: el problema Kurdo, sin duda, y por añadidura inevitables tensiones con Turquía. Todo ello en la geografía de la cantera del terrorismo que opera en Europa, lo cual se traduciría en más xenofobia allí. Una verdadera ecuación de suma cero.

En América Latina habrá que ver cómo los temas de la campaña se traducen en políticas concretas, específicamente comercio e inmigración. El proteccionismo y el muro —literal o figurativo— arrojaría pérdidas económicas en la región, reduciendo exportaciones tanto como las remesas de los latinoamericanos residentes en Estados Unidos. Y todo ello frente al cambio en el ciclo de precios de las commodities y algunas zonas de inestabilidad política: el cambio en Cuba, la embrionaria paz en Colombia y la crisis en Venezuela que bien podría transformarse en una crisis de refugiados.

Será un año nuevo, con Donald Trump como presidente del país más poderoso del planeta. Su propia incertidumbre y volatilidad nos hará detener la respiración más de una vez.

Será un año nuevo con turbulencias.


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