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ENERO 7, 2017Por Héctor
Schamis | @hectorschamis
Héctor Schamis es columnista, analista
internacional y profesor de la Universidad de Georgetown en Washington DC
Cada comienzo de año es el tiempo de los
signos de interrogación. Tal vez nunca como hoy, luego de un 2016 fuera de lo
común. Es la incertidumbre de un Gobierno que termina y una transición
americana que nunca pareció ser tan prolongada. Le sigue una presidencia casi
imposible de imaginar, la de Trump. Y todavía no ha comenzado.
Todo ello saca al planeta de su eje. Obama
se guardó los temas más delicados de su agenda internacional para estas últimas
semanas. Hay algo incomprensible en ello, algo así como dejar el mecanismo de
relojería en funcionamiento para salir corriendo por la puerta trasera. O bien
es sólo una explícita admisión de su incompetencia a la hora de formular
política exterior.
Primero fue la abstención de Estados Unidos
en la votación de la resolución 2334 del Consejo de Seguridad de Naciones
Unidas. Con ello, con el no-veto, por primera vez se condenó a Israel por la
construcción de asentamientos en los territorios ocupados. El ex presidente
Carter aprovechó para sugerirle a Obama que reconozca al Estado Palestino antes
de su partida el 20 de enero.
Pero para muchos sólo se trata de esperar
hasta esa fecha, justamente, en que todo quedaría en la nada cuando un Trump ya
afincado en la Casa Blanca de un giro en U. Un giro similar ocurriría en el
caso de las sanciones a Rusia por haber interferido en la elección de noviembre
pasado, según han reconocido los mismos halcones de la política exterior,
inclusive Republicanos.
Es curioso, el hackeo se conoció en el
verano y la CIA lo documentó con detalle en octubre. No ha sido explicado por
qué Obama esperó tanto tiempo para actuar, virtualmente en víspera de su
partida. Aún así, los giros en U nunca son inocuos en política exterior. Tal
vez Obama haya buscado profundizar la división al interior del Partido
Republicano, precisamente a la luz de un volátil e inconcebiblemente rusófilo
presidente electo que es capaz de igualar el script más creativo jamás escrito
en Hollywood.
Todo ello hace la receta perfecta de la
incertidumbre. Piénsese en Europa, por ejemplo, situada en la explosiva
intersección entre el terrorismo que importa y el nacionalismo y la xenofobia
que produce. La problemática palestina exacerba la humillación que siente la
joven diáspora musulmana, hoy diseminada a través de todo el continente. Y el
nacionalismo que expresan Trump y Putin constituye una invitación a más de eso
en toda Europa.
El Brexit podría haber sido un primer paso.
Habrá elecciones en Francia en abril y en Alemania en el otoño. Resulta difícil
de imaginar, pero no es imposible, que de vencer la derecha euroescéptica para
entonces la Unión Europea pase a ser sólo un recuerdo. Y ni que hablar de un
debilitamiento de la OTAN dado un Estados Unidos aislacionista bajo Trump, una
invitación explícita al expansionismo ruso. Del Báltico a los Balcanes, tal es
el temor del mundo ex comunista.
Téngase en cuenta el movimiento de piezas
en este tablero visto desde Beijing. Nada genera mayor inestabilidad en el
sistema internacional que la reformulación de alianzas. Las dos guerras
mundiales en Europa fueron producto de ello, precisamente. Una inesperada
proximidad ruso-americana sería leída como un realineamiento amenazador en China.
Trump además infringió en el ADN de Beijing al haber reconocido, si bien
implícitamente, a Taipei— según algunos por simples negocios inmobiliarios.
El efecto de ese mismo realineamiento en el
Medio Oriente ya ha generado especulaciones que Estados Unidos firmará un
cheque en blanco a Putin para que decida sobre Siria a voluntad, lo cual ya ha
estado ocurriendo de todas maneras, debe reconocerse. El problema es que una
luz verde hecha explícita podría tener efectos colaterales: el problema Kurdo,
sin duda, y por añadidura inevitables tensiones con Turquía. Todo ello en la
geografía de la cantera del terrorismo que opera en Europa, lo cual se
traduciría en más xenofobia allí. Una verdadera ecuación de suma cero.
En América Latina habrá que ver cómo los
temas de la campaña se traducen en políticas concretas, específicamente
comercio e inmigración. El proteccionismo y el muro —literal o figurativo—
arrojaría pérdidas económicas en la región, reduciendo exportaciones tanto como
las remesas de los latinoamericanos residentes en Estados Unidos. Y todo ello
frente al cambio en el ciclo de precios de las commodities y algunas zonas de
inestabilidad política: el cambio en Cuba, la embrionaria paz en Colombia y la
crisis en Venezuela que bien podría transformarse en una crisis de refugiados.
Será un año nuevo, con Donald Trump como
presidente del país más poderoso del planeta. Su propia incertidumbre y
volatilidad nos hará detener la respiración más de una vez.
Será un año nuevo con turbulencias.
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