Antonio Sánchez García
No luchamos por la preeminencia de un partido, una secta o ambiciones personales: luchamos por el rescate de nuestra historia, nuestra cultura, nuestra civilización.
A Leopoldo López
Que la unidad es un bien indiscutible y la unidad perfecta un desiderátum, debería ser un conocimiento universalmente admitido. Máxime en situaciones de crisis de excepción, en la que los dos vectores que disputan por el poder lo hacen bajo criterios de guerra a muerte, vale decir: cuando a uno de ellos le va su modo de vida en el combate y su derrota implica la desaparición de su historia, su civilización y su cultura. Y el triunfo de la barbarie.
Asombra que en Venezuela, por lo menos en lo que respecta a las fuerzas opositoras que, teóricamente, luchan por la supervivencia de su modo de vida, que es nuestro modo de vida, ese predicamento no muestre mayor conocimiento, entusiasmo ni adhesión. En Venezuela no se entiende por unidad opositora la creación de un gran bloque hegemónico, compacto, de ideas y creencias, una hegemonía de teoría y acción, una disposición unívoca en defensa de los principales valores que se defienden y ni siquiera se les considera al nivel de trascendencia que se debiera. No luchamos por la preeminencia de un partido, una secta o unas ambiciones personales: luchamos por el rescate de nuestra historia, nuestra cultura, nuestra civilización.
La unidad opositora ha consistido hasta hoy en el logro de acuerdos puntuales para enfrentar circunstancias principalmente electorales, vale decir: para defender los propios intereses en el disputado mercado del poder público. Sin jamás haber asomado la cabeza más allá del horizonte inmediato fijado por el castrocomunismo. Siempre ha estado subordinada al máximo rendimiento con el mínimo esfuerzo y no se traduce ni en una estrategia común ni en un objetivo común: los partidos se unen a otros partidos para maximizar sus logros. El país no es más que el escenario en que se desarrolla ese combate. El pueblo, una masa de respaldo electoral. Jamás trasciende al primer plano de las preocupaciones y determina la necesidad de esa unidad, el objetivo de esa unidad, los propósitos generales de esa unidad. En Venezuela no se lucha por la patria. Se lucha por el acomodo de intereses particulares.
Contrasta ese criterio parcializado y esencialmente egoísta, individualista, oportunista con el criterio unitario que blinda el acuerdo colectivo de las fuerzas totalitarias, de tipo sectario, tribal, incluyente, de vida o muerte que caracteriza a la unidad de los factores castrocomunistas. Que, precisamente forjados en esa forma de pacto mortal, han logrado hacerse con el poder y mantenerlo más allá de las graves crisis por las que ha atravesado. Y constituye una falacia de marca mayor salir en defensa de esa falta de cohesión interior y ese fardo de contradicciones e intereses contrariados que lastran nuestros esfuerzos unitarios atribuyéndolos a la naturaleza democrática y diversificada de la ideología libertaria. Haciendo virtud de nuestro principal defecto. Si así fuera, la unidad en defensa de la libertad carecería de toda potencia. Sería, por la naturaleza liberal misma de nuestros principios, una unidad impotente, caótica, imperfecta y condenada al fracaso. No es el caso, si asumimos el desafío que la historia nos impone. Recuérdese el dramático llamado de Churchill a la unidad nacional contra el nazismo. Ese sí fue un llamado unitario. Sin otra recompensa que el esfuerzo, la sangre, el sudor y las lágrimas. Pues de otro modo no se conquista la libertad. No un cambalache de canonjías y seudolibertades negociadas en los oscuros pasillos del oportunismo. Lo dijo Poleo y con cada acción vivida en estos últimos meses, se confirma su acierto: “Los proyectos políticos individuales y la venalidad de algunos políticos importantes son la causa de esta parálisis que puede determinar la permanencia de uno de los regímenes más primitivos del planeta, este que por ahora el señor Maduro conduce conforme a un plano diseñado en La Habana”. A tres años de distancia, a esta afirmación de Rafael Poleo no le cambio una coma. El trapicheo en torno a la libertad de algunos capos políticos lo confirma en todos sus términos. La unidad que se nos promete no trasciende los pasillos de los partidos. No convoca a la fuerza del pueblo ni a la capacidad de nuestros mejores hombres. Más de la misma mediocridad. Más de la misma politiquería.
La diferencia entre la dictadura y la democracia no estriba solamente en la fuerza interior de la cohesión que los unifica: radica en la naturaleza del acuerdo que lo determina. Si valoramos la libertad por encima de todos los otros valores de la cultura, unirse en su defensa acarrearía la necesidad de aportar con los mayores sacrificios, incluso con la vida misma. Y la decisión y la voluntad consiguientes de dejar de lado toda otra consideración para poner todos nuestros esfuerzos en su defensa. Como lo hicieran los mártires de La Salida. La democracia no es el producto de concesiones: es el máximo logro de la lucha por la libertad. Su campo de batalla es aquí y ahora. O no es.
De allí que la unidad que se ha logrado y la que parece en vías de proponerse se encuentre permanentemente subordinada a la necesidad de la supervivencia de la actual burocracia partidista. De ninguna manera a la supervivencia de nuestra sociedad. Al servicio de la nación y un proyecto histórico que la realce. Desde la derrota de la democracia, todos los partidos que sobreviven al implacable asedio y acechanza de las fuerzas dictatoriales apuestan por su propia acumulación de fuerzas y utilizan y malversan la unidad en función de dichos fines. Resultaría demasiado doloroso enumerar los ejemplos en los que los dirigentes políticos han impuesto brutalmente sus propios afanes e intereses por sobre el interés colectivo. Llegando al colmo de observar pasivamente los ataques que líderes de otras fuerzas han recibido de las fuerzas dictatoriales en el secreto convencimiento de sus conveniencias. Si la cárcel que sufren algunos líderes no beneficiara los propósitos egoístas de los jefes de otras agrupaciones, la lucha por su libertad hubiera tenido éxito. Así entristezca reconocerlo, nuestros presos políticos más destacados sirven a los intereses egoístas de sus propios compañeros de lucha. ¿Es la misma lucha? ¿Persigue los mismos fines? ¿Sirve a todos por igual? Permítanme expresar mi más convincente duda.
Lo trágico es que en esa nuestra desunión de principio que desarticula los afanes libertarios radica la principal fuerza de la dictadura. Su fortaleza le es ajena: se nutre del grave egoísmo de quienes debieran defender la libertad y prefieren defender sus parcelas de poder. Sin comprender que no existirá la una sin la otra. Ello marca una diferencia crucial con el bloque en el poder, en donde la disidencia puede acarrear incluso la muerte. Pues lo que en el bloque opositor se considera legítima expresión de una sana diversidad, en el bloque dictatorial constituye muestra de traición imperdonable. Así nos duela: por engañosa y falsa que haya sido la promesa mesiánica del chavismo, tuvo un objetivo escatológico y logró movilizar a las amplias masas del pueblo. Nosotros nos hemos dejado arrinconar, en cambio, por la barbarie. Somos una inmensa, una indignada y poderosa mayoría. Sin un propósito y una meta comunes. Unirnos sin otro objetivo que cohesionar esa mayoría y convertirla en una fuerza incontenible del desalojo de la inmundicia reinante es un imperativo categórico. ¿Es esa la unidad que se nos promete? ¿Es esa la unidad que estamos a punto de constituir?
La unidad lograda en el pasado ha hecho implosión. Mientras la nación sufre los embates de una brutal crisis humanitaria y la República agoniza. El máximo logro de esa fracasada concepción unitaria, partidocrática y excluyente, la conquista de la mayoría asamblearia, no fue capaz de afrontar la voluntad dictatorial y desquiciada de las fuerzas castrocomunistas por carecer de una estrategia común, una voluntad común y una dirección común. Por carecer de una pasión común y descansar en la creencia de que la dictadura respetaría las determinaciones constitucionales. Pero, por sobre todo: por desconocer los verdaderos anhelos e impulsos de nuestro pueblo y sobredimensionar la capacidad de negociación de quienes tuvieron la responsabilidad de dirigir el enfrentamiento contra la dictadura. Su máximo logro fue su máximo fracaso. Sentarse a llorar por este ominoso fracaso debido a nuestra propia incompetencia e incapacidad no tiene el menor sentido. Es la hora de extraer las debidas consecuencias y cortar por lo sano. De proceder a un profundo proceso de autocrítica y no darse por satisfecho con las lamentaciones. Constituir un frente nacional de liberación, no una mesa de negociaciones y cabildeos. Un frente de lucha, no un frente de acuerdos espurios. Dotar de un comando central, disciplinado, patriótico y nacional a nuestro combate por la libertad y el desalojo de la dictadura. De comprender que es esencial darle un salto cualitativo a nuestras acciones.
De no ser así y venir a dar a una MUD maquillada y negociante, que no se atreva a dar ese salto cualitativo en la naturaleza y la dinámica de nuestro enfrentamiento final contra la tiranía, más vale asumir las diferencias y proceder con formas unitarias alternativas. Es la hora de aclarar los propios intereses y proceder en consecuencia. Es la hora de una verdadera unidad patriótica. Es la hora de constituir un gran frente nacional de resistencia. El pueblo nos respalda. Espera por nosotros.
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