Friday, March 3, 2017

Francisco Paz: En la guarida de la represión

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Francisco Paz

Es un rinconcito pequeño. Aunque alguna patología psiquiátrica pudiera darle al alojado en ella la impresión de que posee ciertos atributos de comodidad y hacer que uno que otro observador se lo crea, en realidad no lo es. La represión no es más que la última guarida de las dictaduras.
El cobijo tras las bayonetas y los gases lacrimógenos no son más que los claros síntomas de la catastrófica carencia de los soportes legítimos del poder. Y de la insuficiencia de los no físicamente violentos, pero nada legítimos, como la sistematización de la mentira. Hoy, cuando la mentira hace aguas frente a una realidad indomable, que se ha inmunizado contra la virulenta censura de medios que continúa aplicando la dictadura, el repugnante expediente de la represión le abre paso a la frontera de la que no hay retorno.
La verdad es que han hecho unos esfuerzos ingeniosos por cambiar la percepción de la realidad por vía de la represión. Experimento inútil, ahora que la mayoría los conoce, pero que seguramente les ha rendido sus frutos en estos dieciocho años. El último ejemplo de esa represión lo vivimos quienes sufrimos el despliegue militar-policial en que se empeñaron el martes de Carnaval, para hacer creer que el retorno a Caracas desde oriente estaba congestionado. Poblaron la vía de alcabalas, con clausuras de canales en la autopista incluidas, con el fin de que se pensara que hubo un masivo éxodo de temporadistas. ¿Quién será el imbécil que se lo cree? Nadie salió. No van a poder tapar que la gente está comiéndose un cable por la ruina que ha generado esta tragedia que sembró exitosamente Hugo Chávez y que hoy rinde sus frutos.
Me imagino que deben estar por encarcelar a quienes dieron las cifras de ocupación hotelera en Margarita, como hicieron con el profesor Santiago Guevara en Carabobo. 90% ha caído en siete años la afluencia de temporadistas a esa isla y 57% desde el año pasado. Por lo que uno lee en la poca prensa que queda, solo los pranes tienen el poder adquisitivo y los enchufes necesarios para pasarse unos días disfrutando de las maravillosas playas margariteñas.
Los efectos secundarios de la represión no han sido estudiados en su totalidad, pero los que se conocen deberían hacer reflexionar un poco más a quienes se esconden tras ella. No he tenido como confirmarlo, pero, de ser cierta, la renuncia de una juez llamada Karla Moreno ante la presión de la dictadura para que condenase a dos inocentes es una relevante muestra de cómo unos severísimos espasmos de conciencia pueden afectar a los propios instrumentos de la represión. Y no sería el primer caso, como bien se sabe.
Con la represión los costos aumentan. Y con los costos siempre corre alguien. No hay duda de que la represión, único producto que no escasea, va a seguir aumentando y con ella sus costos.
Otra cosa, la represión no cambia la realidad, aunque tenga como fin último cambiar la historia. Los perdigonazos no expiden partidas de nacimiento incuestionables, ni la detención arbitraria de disidentes convence a alguien de que Tribilín es un gran esquiador, ni las bombas lacrimógenas otorgan los títulos y las constancias que acreditan que se cumplen los requisitos para enchufarse en un encumbrado cargo.
Con esas verdades hay que cargar a cuestas mientras se está enconchado en la guarida de la represión. Va de suyo que hablo de aquí y de ahora.

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