Saturday, March 18, 2017

La tenaza turca; por Rafael Rojas

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Rafael Rojas

Con la activación del terrorismo en el siglo XXI hemos visto perfeccionarse un tipo de diplomacia extrema en la política internacional. Dado que la “guerra contra el terror”, en Estados Unidos y Europa, ha demostrado su capacidad de amenaza a las libertades públicas que sostienen la democracia, el extremismo juega a incentivar la reacción conservadora de las derechas. A principios de la década pasada Al Qaeda probó la fórmula durante el gobierno de George W. Bush, quien se reeligió en 2004 gracias al “peligro terrorista”, y el Estado Islámico ha buscado lo mismo en Europa en años recientes.
Hay una semejanza sustancial entre esas operaciones y el intervencionismo ruso en el proceso electoral estadounidense. Más allá de las sintonías autoritarias que puedan existir entre Vladimir Putin y Donald Trump, lo que Moscú buscó fue favorecer una corriente unilateralista del Partido Republicano que, en resumidas cuentas, puede ser más peligrosa para la paz mundial que Hillary Clinton. El cálculo que sustenta ese juego arriesgado es que a más autoritarismo en las potencias hegemónicas menos normatividad global en derechos humanos y, por tanto, más impunidad para rivales geopolíticos de Estados Unidos y Europa.
La reciente crisis entre Turquía y Holanda puede leerse con la misma lupa. El presidente Recep Tayyip Erdogan ha asumido las elecciones holandesas como un campo de batalla propio. Ha enviado a dos ministros a hacer campaña electoral dentro del país europeo, provocando, naturalmente, que el gobierno holandés tome medidas de restricción migratoria contra los funcionarios. A las elecciones holandesas, Erdogan ha engarzado el plebiscito sobre el presidencialismo en Turquía, previsto para el 15 abril. Los intereses de Ankara mezclan deliberadamente ambos escenarios electorales.
La mayor presión de la tenaza turca es contra el primer ministro Mark Rutte, un liberal-conservador que en las elecciones en curso representa la alternativa más sólida frente a Geert Wilders, un populista xenófobo y anti-inmigrante. Erdogan ha llamado a Rutte “nazi” y “fascista” y le ha recordado la matanza de 8000 bosnios en Srebrenica. De manera que la crisis diplomática entre Turquía y Holanda parece favorecer a Wilders, quien se presenta como un líder más firme ante a la “amenaza islamista”.
La ruptura diplomática entre Holanda y Turquía tiene toda la pinta de una fabricación turca. ¿Era indispensable Holanda como plaza para el proselitismo en favor del plebiscito presidencialista en Turquía? No. Erdogan buscaba una reacción de parte de La Haya que permitiera, a su vez, una declaración como la de su canciller, Mevlut Cavusoglu, quien afirmó que esa ciudad no era la pretendida “capital de la democracia” sino la “capital del fascismo”. Erdogan no ha hackeado al equipo de campaña de Rutte, como hizo Putin con los demócratas de Estados Unidos, pero juega en favor del triunfo de Wilders. Y si éste gana, veremos algo más parecido a un “fascismo 

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