Antonio López Ortega
Veo a la distancia las imágenes del 4 de abril con escozor e impotencia. Las veo en pequeños adminículos, en pantallas reducidas, en visiones fragmentadas, que es como ahora se nos presenta la realidad del país. Y compruebo, como en todos estos últimos años, lo que siempre comprobamos con tristeza y frustración: que el periodismo del país, por ejemplo, no existe, porque mientras la gente sangra en las calles nos ofrecen programas de cocina o de variedades; que el orden público se resguarda para unos pocos, porque la mayoría lo que recibe son culatazos y gas pimienta; que los militares no se asoman mientras hordas de paramilitares (no debería haber otra manera de llamar a los ¿colectivos?) azotan a los que manifiestan; que el presidente se muda por un día al distante estado de Apure para decir que en Venezuela reina la paz y que el único camino es el socialismo. En síntesis, un bravo pueblo claramente mayoritario se expone como carne de cañón, con sus diputados electos al frente, para recibir golpes, heridas y traumatismos, mientras las fuerzas policiales los hostigan y los dispersan. Pero esta vez el empeño es hondo, fiero, determinante, porque la gente no huye y se planta frente a los guardias mudos que sostienen escudos de plástico.
La escena es de hartazgo, porque ya vamos para dos décadas de vidas perdidas, enfermos, hambrunas, discordia, matanzas, fratricidios. Dos décadas perdidas en función de ideas muertas, de testarudez sórdida, de voluntad de poder para unos pocos, de robo a mano armada del tesoro público, de ruina y más ruina. ¿Quién puede creer todavía que esto tiene sentido, quién puede sostener que esto ha sido mejor para el país, quién puede admitir que la “guerra económica” es la causante de esta pesadilla cuando los jerarcas se pasean impolutos con trajes de marca y escoltas? Si esto alguna vez fue algo –una indigestión alimentada por petrodólares–, hoy en día es una mueca, un gesto vacío, una infame mentira que no convence ni a los más incautos. Las imágenes veraces, el honor del país, la verdadera mirada hacia el futuro, no está en la clase gobernante que ha expoliado el país, en estos funcionarios nuevos ricos que ya nada representan, sino en la gente que sangra en la calle, con sus heridas visibles, pero también con las invisibles, con las que remiten a hijos perdidos, a parientes que han muerto, a pérdidas irrecuperables. Hay una narrativa oculta, con altos grados de dolor, que todo el mundo se reserva, pero que a la vez genera el temple, la convicción, de la gente que se arroja a la calle con el pecho descubierto para avizorar el futuro.
Para entrar en el siglo XX, con tres décadas de retraso, los venezolanos pagaron la cruenta penitencia del gomecismo, y ahora para entrar en el siglo XXI, con dos décadas perdidas por la estéril cosecha del chavismo, los venezolanos luchan por un futuro de paz y prosperidad. Los jóvenes van a la delantera, porque el mundo contemporáneo plantea dilemas que esta vetusta clase gobernante ignora, empeñados como están en su propio pecunio. Los desafíos tienen que ver con los nuevos paradigmas energéticos, económicos, educativos, ecológicos, tecnológicos, agrícolas, turísticos, culturales, que este país debe generar para volver a formar parte de la comunidad de naciones democráticas y liberales. El reto de inclusión social es mayúsculo para que la igualdad de oportunidades sea una realidad a corto plazo.
El futuro entonces nace en las calles de hoy, con rostros ensangrentados, con temple y razón, con otra dosis más de sacrificio. La gente da el resto porque seguir viviendo así es como morir en vida. Este es un país secuestrado por una camarilla y los rehenes han despertado. Cruzan ahora las calles. No quieren volver a casa hasta saber si este es el lugar para criar a sus hijos. Sueñan con otros espacios y otra vida. Y el sueño se va haciendo realidad.
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