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El alud de testimonios publicados sobre Robert Silvers, legendario
editor de The New York Review of Books fallecido recientemente da
apenas una idea de la dimensión y singularidad del personaje.
Enrique Krauze
El País
Abril 10, 2017
http://www.letraslibres.com/mexico/literatura/el-editor-heroico
Ha muerto, a los 87 años de edad, Robert Silvers, el legendario editor
de The New York Review of Books. El alud de testimonios publicados
en la prensa internacional y en el sitio de la revista da apenas una idea
de la dimensión y singularidad del personaje cuya revista ha sido, por
más de medio siglo, el órgano más influyente de la crítica cultural en
Occidente.
Recuerdo cuando descubrí la revista, con su mismo formato tabloide,
sus portadas tipográficas (temas, autores) y las geniales caricaturas de
David Levine. Fue hace más de cuarenta años y he sido su ávido lector
desde entonces. En aquellos tiempos prehistóricos en que para leer un
libro en inglés había que encargarlo a la American Bookstore y esperar
tres meses, leer la NYRB era la mejor manera de ser, como predicaba
Octavio Paz, "contemporáneo de todos los hombres". La revista fue, en
muchos sentidos, mi verdadera universidad, libre y abierta, a la que
debo el acercamiento a autores esenciales. Pienso, al azar, en Isaiah
Berlin, Hugh Trevor-Roper, Conor Cruise O'Brien, Leszek Kolakowski, V.
S. Pritchett, Saul Bellow, Susan Sontag, V. S. Naipaul, Irving Howe y,
más recientemente, Ian Buruma, Mark Lilla, Michael Greenberg, Mark
Danner, Helen Epstein. La lista es interminable.
Naturalmente, mi sueño era publicar en ella. Hacia 1985 tuve la osadía
de enviar – sin que mediara petición alguna– la reseña de un libro. Bob
me invitó a comer y con gentileza la rechazó con excelentes
argumentos: "siempre sé concreto" y "siempre cuéntanos una historia".
Fue una cátedra instantánea sobre la importancia de la
fundamentación, la lógica argumentativa, la claridad y la precisión.
Silvers llevó la figura del editor a extremos heroicos. Si cada número
bimensual ha tenido un promedio de veinte artículos, desde la
fundación de la revista Bob editó (junto con Barbara Epstein hasta la
muerte de ella en 2006, y por su cuenta desde entonces) cerca de
25,000 reseñas. Pero el milagro es el grado de involucramiento
personal en cada una: estar al tanto del universo cultural, literario,
intelectual, científico, político de su tiempo; elegir el libro o los libros
pertinentes sobre esos temas (le llegaban cientos a la semana), pensar
en el reseñista adecuado, escribirle una carta manuscrita, sugerir las
preguntas que el lector esperaría ver respondidas y, una vez recibidas
las reseñas, trabajarlas hasta la perfección. Esa prodigiosa artesanía, y
una vivacidad sin paralelo, explica el éxito y la permanencia de The
New York Review of Books.
Hacia 1998 comencé a colaborar en la revista. Pasaron los años, y un
domingo por la tarde me llamó para sondear pausadamente posibles
reseñistas de literatura brasileña. El día y la hora eran improbables,
pero el momento lo era más: la final de la Copa del Mundo de futbol
entre Alemania y Argentina. Nunca hubiese esperado yo que Bob
estuviera viendo el juego o supiera siquiera que se llevaba a cabo, pero
me impresionó el contraste simbólico: mientras cuatrocientos millones
de personas condescendíamos a ese divertimento, Bob Silvers
planeaba el número siguiente de su revista.
En 2015 me encargó un texto sobre el deshielo en Cuba. El tema
tocaba una fibra íntima en él. Me narró sus viajes a la isla, su
entusiasmo inicial, su papel (junto con Ted Kennedy y Arthur
Schlesinger) en la operación de salvamento de Heberto Padilla, el
poeta disidente, perseguido y humillado por Castro. Con sus preguntas,
matices, orientaciones, recortes, libros complementarios (hasta sobre
coches antiguos en Cuba), quería lograr una visión crítica pero justa del
régimen cubano. "Esto es solo el comienzo", me dijo, como
entreviendo el desarrollo futuro de una "historia" cuyo desenlace le
importaba mucho.
Aunque John H. Elliott, Hugh Thomas, Paul Preston, Antony Beevor y
otros grandes historiadores británicos se ocuparon en sus páginas de la
historia española, mi único reparo con él fue la escasa atención que
prestaba al orbe hispánico. No obstante, fueron memorables los
numerosos reportajes sobre América Latina que, a lo largo de muchos
años, publicó la gran Alma Guillermoprieto. Pero México lo exasperaba:
"Cuando parece que va a despegar, nos decepciona. Siempre nos
decepciona".
"No nos damos por vencidos", escribió a sus amigos hace unos años,
en la celebración del cincuenta aniversario de la revista. Tampoco
nosotros, sus lectores, autores, amigos, nos damos ni daremos por
vencidos. Su ejemplo no nos lo permitiría.
Publicado previamente en el periódico Reforma
Enrique Krauze (Ciudad de México, 1947). Ingeniero
Industrial (UNAM, 1969). Doctor en Historia (Colegio de
México, 1974). En 1977 ingresó a la revista Vuelta como
secretario de redacción y en 1981 se convirtió en el
subdirector, puesto que ocupó hasta diciembre de 1996. En
1991 fundó la Editorial Clío y en 1999 dio a la luz, como
director, a la revista Letras Libres. Es miembro del
Instituto Cervantes y de la cadena Televisa. Ha publicado
numerosos ensayos, biografías y especialmente libros de
historia, en especial de México, con especial interés en su
sociología, política y economía. Ha recibido numerosas
distinciones y premios. El pasado noviembre de 2011
publicó Redentores. Ideas y poder en América Latina
(Debate).
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