EN: No tengo duda en afirmarlo: Nicolás Maduro está desesperado. Sus últimas acciones políticas han terminado en estruendosos fracasos. Al principio creyó que podía despojar a la legítima Asamblea Nacional de sus funciones y atribuciones constitucionales utilizando a un espurio y desprestigiado Tribunal Supremo de Justicia, mediante las ilegales sentencias 156 y 157. La terminante declaración de la fiscal general de la República, Luisa Ortega Díaz, limitó esa posibilidad al calificar dichas sentencias como una flagrante ruptura del orden constitucional. Esa posición fue ratificada por la comunicación que envió el diputado Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional, a todas las representaciones diplomáticas acreditadas en Venezuela, advirtiendo que un nuevo gobierno no reconocería los créditos y los contratos de interés nacional que no fuesen aprobados, según lo establecido en los artículos 150 y 312 constitucionales, por el Parlamento nacional.
Esta realidad condujo a Nicolás Maduro a insistir en su intención de evadir el control parlamentario a su gobierno mediante una inconstitucional convocatoria a una asamblea nacional constituyente comunal. El primer obstáculo que se le presentó fue la firme posición de la Mesa de la Unidad y de todos los sectores democráticos de no participar en unas írritas elecciones, las cuales, ante la casi inexistente presencia de electores en las mesas de votación y los increíbles resultados que anunció el siempre parcializado Consejo Nacional Electoral, dejaron en evidencia, ante la opinión pública nacional e internacional, la condición fraudulenta de ese proceso. La respuesta fue realmente sorprendente: más de cincuenta países desconocieron la legitimidad de la írrita asamblea nacional constituyente comunal. Además, esta realidad condujo al gobierno de Estados Unidos a establecer medidas económicas en contra del gobierno de Venezuela, las cuales limitan la posibilidad de obtener créditos internacionales. Al mismo tiempo, la Unión Europea amenazó con tomar medidas similares.
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