Wednesday, October 4, 2017

Pedro Pablo Peñaloza: Abstención, la última esperanza del chavismo

Antes de las protestas fue el voto. Hasta el 6 de diciembre de 2015, el régimen chavista manejaba la coartada perfecta. Gracias a la democracia, destruía a la democracia. El sufragio popular refrendaba el suicidio colectivo. Cada voto era un puñal contra el sistema de libertades públicas. Con el apoyo entusiasta de la mayoría, se pavimentó el camino a este infierno. Los resultados electorales daban pábulo a la última telenovela caribeña. El adalid de los pobres una y otra vez derrotaba en las urnas a una minoría de oligarcas golpistas, terribles villanos que solo defendían sus oscuros intereses. Los medios extranjeros transmitían el culebrón y la comunidad internacional seguía la trama sin moverse de su asiento. Pero llegaron las parlamentarias, al galán revolucionario se le cayó la careta y la audiencia descubrió la verdad: el malo siempre usó bigote.
El voto deslegitimó al oficialismo. No la abstención. El fracaso electoral echó por tierra sus argumentos. Quedó absolutamente demostrado que el chavismo no encarna a la mayoría que exige cambio. El ataque contra la Asamblea Nacional, máxima expresión de la voluntad popular, activó la calle y obligó a los gobiernos democráticos a levantarse de su silla. De repente, los vecinos de El Valle pedían lo mismo que Ángela Merkel: respeto al sufragio. Un reclamo sólido e incuestionable. Profundamente democrático. Una imagen lo resume todo: mientras el jefe del Poder Legislativo, Julio Borges, recorría las principales capitales de Europa, el presidente Nicolás Maduro estrechaba los lazos históricos que unen a Venezuela con la hermanísima República de Kazajistán. Con votos. Sin votos.
La oposición ni “reconoce” ni “cohonesta” al régimen chavista por el hecho de medirse en este proceso.

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