El voto deslegitimó al oficialismo. No la abstención. El fracaso electoral echó por tierra sus argumentos. Quedó absolutamente demostrado que el chavismo no encarna a la mayoría que exige cambio. El ataque contra la Asamblea Nacional, máxima expresión de la voluntad popular, activó la calle y obligó a los gobiernos democráticos a levantarse de su silla. De repente, los vecinos de El Valle pedían lo mismo que Ángela Merkel: respeto al sufragio. Un reclamo sólido e incuestionable. Profundamente democrático. Una imagen lo resume todo: mientras el jefe del Poder Legislativo, Julio Borges, recorría las principales capitales de Europa, el presidente Nicolás Maduro estrechaba los lazos históricos que unen a Venezuela con la hermanísima República de Kazajistán. Con votos. Sin votos.
La oposición ni “reconoce” ni “cohonesta” al régimen chavista por el hecho de medirse en este proceso.
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