Luis García Mora
Si puntualizamos, antes de despedirnos
de usted, amigo lector, hasta enero de 2015, lo más inquietante que
políticamente nos está dejando el 2014 es esta tremenda inseguridad
colectiva.
Jamás, que uno recuerde, los venezolanos
habíamos contemplado nuestro futuro desde tamaña precariedad. Y eso es
algo que impacta.
La inseguridad ante lo que puedan dar
nuestros políticos (tanto del Gobierno como de la oposición) nos obliga a
que, sin ninguna confianza ni garantía, pensemos que comenzando 2015
debe llevarse a cabo un acto de contrición y un cambio de política.
Verdaderos y de parte y parte. De lo contrario, tendremos que apostar
nuestra supervivencia como Estado a un acto de heroísmo.
A un milagro.
De manera que, para salvaguardar al menos nuestra propia integridad psíquica, desde ya tenemos que apostar a un cambio.
Al regreso de la tan anhelada confianza,
una joven corresponsal extranjera nos decía que ella ve al país
asustado. No sé. No lo creo. De repente un poquito. No hay confianza ni
garantías en nada, es cierto. Hay un vacío de poder informativo. Nadie
sabe qué se va a hacer para salir de esto. Y no se ve una salida. Ni una
masa crítica para algún tipo de desenlace.
La huella que dejó El Caracazo es muy honda.
Y en medio de un individualismo rampante
muy cruel, una solución política colectiva no se asoma. Aunque no
quisieras una reacción, sino una respuesta. Un entendimiento, no una
conflagración.
No somos 30 millones de militares. Sólo somos una República civil que se niega a sucumbir al disparo.
Que se niega a sucumbir a la violencia que se manifiesta cada vez más desde esta estructura radical de poder.
Entre tanto, destacan los indicadores
socioeconómicos de colapso. Con cifras de desabastecimiento e inflación
que, hacia 2015, advierten récords. Y a eso se le suma la caída brutal
del precio del barril de petróleo, casi nuestro único sustento, por
debajo de lo que internacionalmente llaman “la barrera psicológica de
los 60 dólares”.
Y nosotros con un ritmo de la capacidad de reactivación económica cada vez más incierto.
Luego de que Chávez y el chavismo
fracasaran estruendosamente en iniciar y completar una reforma política
estructural, dejando únicamente los desechos de la estructura que había,
no parecen haberse percatado del evidente desastre ni terminan de
enfrentarse con decisión a la ruptura y al urgente cambio en su manejo
estructural de la situación.
Así llegamos a la situación actual, que
se caracteriza por la recesión, el empobrecimiento y la fragmentación y
el acabamiento nacional e institucional. Pero, por encima de todo, se
caracteriza por la carencia de confianza recíproca y por la
imposibilidad de una política económica compartida.
Todas las iniciativas parten de un
equipo de gobierno demostradamente fallido. Fracasado. Confuso. Sin
imaginación, ni creatividad ni capacidad técnica profesional a la altura
del nivel exigido. Si están ahí es producto de la lealtad política,
corporativa y militar.
Y la desilusión que sobreviene cada
vez que confrontamos íntimamente la crisis es consecuencia de que
ninguno de los ítems correctivos propuestos por el Gobierno se soportan
en la realidad: son apenas soluciones ideológicas, demagógicas, sin
base. Y, peor aún, sin instrumentación alguna para dar respuesta a los
problemas.
Entre el escepticismo, la resignación y la incertidumbre, el riesgo de una generación perdida va en serio.
Y es imposible recurrir a los mejores
venezolanos de bando y bando (ni a los instrumentos técnicos que tenemos
a mano) por la mediocre dirección sectaria que copa los centros de
poder.
El país vive una situación muy parecida a
un secuestro. Y hasta ahora no ha habido forma de ponernos de acuerdo
de manera coherente y sin prejuicios. Hay medidas urgentes que se
deben tomar entre todos. Pero si hay contactos entre la Oposición y el
Gobierno, son informales. O no existen, producto de la torpeza de
gobierno imperante.
Cuando existen sospechas recíprocas de
que quien propone algo alberga segundas intenciones, es muy difícil
llegar a soluciones compartidas. Un escenario terrible, pues lo que se
ha demostrado este año (y con hechos) es que la pugna no es solamente
entre el Gobierno y la Oposición. Esto es peor. Porque hacia adentro de
la propia Oposición y hacia adentro del propio Gobierno se acabó la
confianza.
Nadie conoce a nadie.
Y por eso las consecuencias colectivas
reinantes son la pérdida de la seguridad, la esperanza y la fe, la
credulidad, la decisión, la determinación, la certidumbre, la
tranquilidad, el aliento, el ánimo y el vigor.
Perdimos el empuje.
Es momento del esfuerzo nacional unitario.
En una crisis como la actual,
es imprescindible. El tiempo no sobra. Nadie da señales de ir en la
dirección justa y correcta. Y el país se encuentra en una encrucijada:
un camino lleva (porque siempre ha llevado) al estancamiento y a la
ruina; el otro, que lleva a una autorreflexión nacional, puede sacarnos
de la situación insostenible en la que estamos… pero nadie lo ve.
Y en esta encrucijada, tanto el
Presidente como el Gobierno insisten en darse de narices contra la
pared. Están desconectados de la realidad y entonces perseveran en crear
más expectativas. Todo con una combinación de imprudencia,
desconocimiento y prepotencia, una mezcla que, de acuerdo con los
observadores, es suicida.
Y si la caída de los precios del
petróleo no se detiene (dado que hemos llegado a depender hoy del
petróleo en un 98% y no tenemos un fondo soberano buchón como el de
Noruega para contrarrestar el impacto), vamos a tener serios problemas
para cumplir con compromisos como el pago de los bonos a los acreedores
internacionales y la deuda de PDVSA.
¿Devaluar? ¿Aumentar el precio de la gasolina? ¿Correr más la arruga? ¿Acelerar la venta de Citgo?
De acuerdo a un consenso existente,
posponer decisiones duras sólo agrava los problemas coyunturales. Pero
hay otros elementos inquietantes que más allá de la crisis económica y
su impacto social, que señalan hacia las otras fallas con las que
aterrizaremos en 2015.
El último y reciente informe de la
Organización Mundial de la Salud sobre la violencia en el mundo acaba de
señalar a Venezuela, después de Honduras, como el país con mayores
tasas de homicidios del planeta. Y un 90% producidos con un arma de
fuego.
Y en el norte, después de diez meses de
discusiones, la nueva mayoría republicana en el Congreso estadounidense
aprobó un proyecto de ley que prohíbe la entrada al país y bloquea los
activos de medio centenar de altos cargos del Gobierno venezolano,
señalados como responsables de la represión a las protestas de comienzos
de este año en las que murieron al menos 43 personas. Y seguramente
Obama terminará por firmar su ejecútese, colocándole otra losa de piedra
a esta gestión de Gobierno cuyos encumbrados altos cargos (paradoja)
lucen como los más pitiyankis del hemisferio.
Esto, según, de un Gobierno
incorruptible y centrado en el ciudadano. Y, con respecto a la
Oposición… bueno, recordemos que la esperanza es lo último que se
pierde.
Demos como un hecho pensando en 2015 que
el cada vez más frágil matrimonio obligado de sus partidos para
sobrevivir no se terminará de desmembrar en 2015, con esta muestra tan
irresponsable de ceguera y sordera tan necia, que está desalentando y
desencantando. Y que hay todavía posibilidades de actuar ante un hecho
tan concreto como las elecciones parlamentarias.
Y que atenderán el reclamo al que están obligados.
Es decir: que vayan a unas primarias
para seleccionar a los candidatos que de verdad tengan algo de sintonía
regional, que hagan una presentación que la gente acepte. En dos platos:
que creen mayor confiabilidad y que revitalicen el mensaje para que en
el electorado opositor (y no opositor) despierten la consciencia de lo
que significa tener una Asamblea, un Parlamento, que controle al
Gobierno.
Que entendamos que es un enfrentamiento importante.
Y, después, despertar también la
consciencia de que los candidatos ganadores de esas primarias van a
demostrar con hechos que tienen guáramo y más que eso: que tienen la
conciencia nacional para demostrarle a quien los eligió que con ellos se
eliminará el desencanto.
Ante un Gobierno (más fácil, imposible)
noqueado por el poder, que para sobrevivir en el corto plazo o se atreve
a un cambio político de verdad o se radicaliza hacia una convulsión de
consecuencias impredecibles, dada esta sintomatología social de
anarquía.
Feliz Navidad y (concéntrese) un Próspero Año 2015. Este cronista se va con su hija y su gato a la playa.
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