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Federico Vegas
1.
La ciudad es una gran casa… que puede
hasta tener un puerto.
Esta historia
comienza en 1991, cuando al arquitecto Folco Riccio le encargaron
diseñar un puerto de cruceros en la isla de Margarita. Su primera tarea sería
buscar el lugar ideal para ubicarlo.
Durante esos años,
se había hecho evidente entre los arquitectos que los mejores trabajos no se
consiguen, se inventan y se proponen. No conviene sentarse a esperar clientes
como un odontólogo en su consultorio; hace falta recorrer la ciudad y definir
que oportunidades están palpitando, clamando por alguien que las defina, las
aproveche; y la arquitectura, con su capacidad de prefigurar y proyectar, tiene
mucho que ofrecer en este proceso. Esto explica por qué Folco escogió ubicar el
puerto frente al casco histórico de la ciudad de Porlamar, una zona llena de
carencias y potencialidades con una historia de sucesivos abandonos y
agresiones, pero que podía despertar como una bella durmiente con el beso
adecuado y en el punto justo.
El arquitecto no
imaginaba entonces que esa odisea (Ilíada si agregamos todo lo que ha tenido
que luchar) se convertiría en su mejor proyecto, el más poético, el más
complejo y polémico, el más trágico.
Otra visión que
había tomado fuerza en esos años, tan llenos de expectativas, proponía que la
arquitectura y el urbanismo no constituyen dos profesiones distintas que
manejan diferentes escalas, sino que están profundamente entrelazadas.
Comenzábamos a hablar de “Diseño Urbano”. Así como un arquitecto es capaz de
diseñar desde una silla hasta un edificio, también puede concebir un bulevar o
una plaza o un muelle o un parque o un puerto. Ya Leon Battista Alberti había
anunciado en el siglo XV que el verdadero objetivo de la arquitectura es hacer
ciudad:
La
Ciudad, según sentencia de los Filósofos, es como una casa grande, y viceversa,
la casa es una pequeña ciudad.
Folco estaba muy
consciente de este inevitable diálogo entre los elementos arquitectónicos y los
contextos urbanos, y planteó la ubicación del puerto de cruceros como una pieza
que revitalizaría y sanearía ambientalmente uno de los sectores más descuidados
y deprimidos del estado Nueva Esparta: el casco tradicional de la ciudad de
mayor escala de la isla junto a su elegante y majestuoso, subutilizado y
contaminado, borde costero.
Era sin duda una
estrategia impostergable, para una ciudad llamada con ancestral orgullo
“Por-la-mar”, la tarea de rescatar la memoria del antiguo muelle y, a partir de
este punto, ordenar una ciudad tan caótica y mustia que se hacía invivible para
el habitante e invisible para el visitante. La renovación urbana se expandiría
al damero tradicional partiendo de los bulevares Guevara y Gómez que unen el
muelle con la plaza Bolívar. Estos dos ejes hoy parecen perder toda su fuerza
cuando llegan al lugar más emocionante y vital: el encuentro con la amplia
bahía.
Siguiendo la
concepción de la “gran casa” de Alberti, el puerto de cruceros sería el portal
y el zaguán para acceder desde el Caribe a una ciudad fundada en 1553 y llamada
por varios siglos “Pueblo de La Mar”. Basándose en ese antiguo nombre, Folco y
su equipo bautizaron el ambicioso proyecto “Puerto de La Mar”.
2.
La Geografía es la madre de la
Historia.
Un
ejercicio interesante para los estudiantes de arquitectura es presentarles un
mapa que muestre solamente la geografía de un territorio y preguntarles dónde
colocarían una ciudad. Con algo de sentido común coincidirán con los puntos
donde hace siglos o milenios se estableció un grupo de colonizadores, como la
salida de un río al mar o el amplio valle donde se desarrolló Caracas. Este es
también el método que utilizan los arqueólogos para buscar asentamientos
urbanos enterrados: contemplan el paisaje y se hacen la misma pregunta de un
fundador alucinado: “¿Dónde ubicaría yo una población en esta región inmensa y
desconocida?”. Así son capaces los arqueólogos de evocar el espíritu, la
esperanza y la ilusión fundacional que se dio en un pasado remoto y logran
acertar y descubrir un antiquísimo asentamiento.
En el caso de
Margarita se advierte en el mapa de la isla una especie de mordisco hacia el
sureste que conforma la gran bahía de Guaraguao, protegida de los vientos por
un morro de buena altura. Allí, donde desemboca el río Valle, se hizo una
primera fundación que durante la colonia hubiera podido convertirse en la
ciudad margariteña más poblada e importante, pero entonces se encontraba
demasiado expuesta a los piratas y sería tierra adentro donde se ubicaría La
Asunción, hoy capital de la isla.
A finales del
siglo XVI William Hawkins llamó “Pueblo viejo de La Mar” lo que los pobladores
llamaban un “desembarcadero de indios”. Hawkins y su hermano John, junto al
primo Francis Drake, arrasaron con todo, pero el lugar era propicio y una y
otra vez los pobladores volvían a reconstruir el pueblo, a pesar de que, además
de los ingleses, siguieron llegando corsarios franceses, holandeses y el
legendario Tirano Aguirre. La última devastación ocurrió durante las guerras de
Independencia en 1817, cuando los ejércitos realistas acabaron hasta con la
estructura de la única iglesia.
A Porlamar le tomó
decenas de años volver a tener un templo decente, pero era cuestión de tiempo
el que, gracias a su excelente ubicación, llegara a ser la ciudad más grande y
próspera de la isla. A finales del siglo XIX ya tenía un buen muelle y un faro,
y las embarcaciones parecían reproducir frente a ella y sobre el mar la misma
pujante densidad de un mercado lleno de vida.
Alberto
Añez ha realizado un bello dibujo (para el libro Éxodo, que ha editado con Francisco Suniaga) de los
barcos en la bahía de Guaraguao, basado en una foto que mi padre tomó a
principios de los años cincuenta, cuando visitó Margarita con la Comisión de
Urbanismo y desarrollaron un plan de desarrollo urbano para toda la isla. Puede
verse en la foto del puerto un despliegue de balandras, goletas, piraguas y
tres puños, que parecen anunciar con su melancólica belleza el fin de la
navegación a vela ante la llegada de los motores de gasolina (me cuenta Suniaga
que el ruido de los motores acabó también con ciertos cantos marineros cuya
nostalgia requiere el silencio del viento).
En esa época se
estaba iniciando la avenida Cuatro de Mayo, alejada por varias cuadras del
frente marino. Las autoridades municipales regalaban las nuevas parcelas con la
condición de que el nuevo propietario las cercara y se comprometiera a
construir algo en menos de un año. Pronto todo cambió y se convirtió en la
avenida más cotizada por comercios cuyas mercancías ya no llegaban a la ciudad
por su puerto original. Porlamar comenzaba a darle la espalda al mar
convirtiéndose en un gran bazar que, a su vez, comenzaría a perder vida bajo el
impacto de los grandes centros comerciales, aún más distantes de la costa. La
bendición de convertir a la zona en “Puerto libre” comenzó a transformar la
ciudad en un “puerto muerto”.
Esta historia de
una población cuya vida dependía de su relación con la costa y luego comenzó a
abandonar la misma razón de sus orígenes, incluso de su identidad, es un
fenómeno universal. Pero es un proceso reversible, como lo ha demostrado la
ciudad de Barcelona, España. Durante décadas su puerto se convirtió en una
barrera oprobiosa, hasta que con motivo de los trabajos para las Olimpíadas de
1992, Barcelona decidió redescubrir el Mediterráneo y, hoy, su frente marino es
uno de sus grandes atractivos.
Folco se propuso
devolverle a Porlamar la fuerza luminosa y vital de su más importante recurso.
La calle La Marina ha mostrado durante muchos años el paisaje de una invasión
pirata o una demostración de los efectos corrosivos del mar. El proyecto
propone una reurbanización que irradia su fuerza en dos ejes, uno perpendicular
al mar adentrándose hasta la plaza Bolívar, y uno paralelo a la costa que
entrelaza varios proyectos de edificaciones y espacios públicos: la “Casa del
Puerto”, la “Plaza del Mar”, “La Casa del Cine”, un Hotel cinco estrellas y un
Centro de Convenciones.Este impulso de ordenamiento y saneamiento del borde
costero continúa a lo largo de una “Riviera de Porlamar” que llega hasta la
playa de El Silguero.
Después de grandes
dificultades, las edificaciones de Puerto de La Mar fueron construidas y
comenzaron a irradiar su fuerza renovadora. Nadie imaginaba que en el seno de
su propia belleza se generaría una trampa que terminaría por ocasionarle al
proyecto un daño profundo y cruel.
3. La Historia es la madre de la
Arquitectura.
Todos
tenemos algo que contar sobre estos años de descalabros en que el país ha
estado sometido a una guerra contra si mismo que lo ha ido haciendo cada vez
más enfermizo, entrampado y dependiente. Hay desde insólitos disparates hasta
monstruosidades que llegan a lo irrecuperable. Mi lista tiene mucho que ver con
arquitectura, como la promesa vilmente incumplida del parque La Carlota o la
destrucción del Parque Vargas. Pero la pieza que más me subleva y conmueve es
la increíble historia de como Puerto de La Mar fue atacado y carcomido en su
momento de mayor esplendor, justo cuando empezaban a generar una dinámica que
estaba a punto de renovar toda la trama de Porlamar.
Cuando vi nacer el
nuevo puerto, al principio lo califique con un par de adjetivos que supuse
mezquinos: “pastel post-moderno”. Y resultó que no estaba tan equivocado. El
proyecto de Folco sí es un pastel post-moderno, pero a conciencia y con
destreza.
La modernidad fue
una suerte de rebelión contra la historia, o más bien contra las tendencias a
convertir las formas tradicionales en fórmulas que se repetían sin fundamento.
En la primera mitad del siglo XX la llamada “contemporaneidad” ofrecía
posibilidades constructivas tan novedosas y efectivas que se le consideró
“heroica”, plena de lo que Walter Benjamin llamaba un “momento de revelación”.
Pronto esta revelación comenzó también a convertirse en fórmulas y a repetirse
como un virus que devoraba carne y piedra. La arquitectura se creyó cada vez
más autosuficiente y capaz de iniciar una nueva historia que despreciaba los
capítulos anteriores.
Una de las
víctimas de esta prepotente euforia iba a ser la ciudad, pues nada es más
inevitablemente histórico que lo urbano, con su capacidad de acumular y
fusionar propuestas. Hispanoamérica con su tradición clásica de dameros,
cuadras continuas y plazas, tiene una fuerte carga de historia en los tuétanos
de sus retículas, pero con la aparición de nuevas leyes urbanas de origen
anglosajón muchas de nuestras ciudades tomaron un camino radicalmente diferente
que agredió y extinguió valores que han podido desarrollarse y expandir sus
lecciones. Porlamar es un caso más de un urbanismo sometido a un cambio
violento de retiros y separaciones, zonificaciones, aislamientos, vialidades
que son heridas y no costuras, extinción de patios y plazas, a lo cual se
añadiría el radical abandono de su relación con el mar.
Folco enfrentó esta
larga y extendida ruptura retomando las tipologías que celebra Leon Batista
Alberti cuando habla de los elementos que son comunes a una ciudad y a una
casa: “los patios y las plazas, las logias, las salas, el Pórtico y otras cosas
semejantes”. La sola idea de diseñar un puerto marino y urbano que sea parte
integral de Porlamar, ya traía una estimulante carga historicista. Era cuestión
de equilibrarla, de saberla “racionar”, un verbo que incluye medidas, cálculos
y sanos razonamientos.
La
primera vez que vi una perspectiva con el planteamiento de hasta donde podían
llegar los efectos renovadores del nuevo puerto para Porlamar, recordé esas
ciudades que sirven de escenario para una novela fantástica, como la Minas
Tirith de Lord of the Rings. Pero había una importante
diferencia: Puerto de La Mar ya estaba construido y funcionando y comenzaba a
darle vida a una nueva realidad. Tanto los habitantes de Porlamar como los
turistas de Margarita comprendieron y disfrutaron la propuesta basada en
grandes salones abiertos a terrazas y pérgolas, miradores y fuentes, jardines
colgantes, pisos en lajas de piedra y entablados de madera, columnas con
bloques de piedra de Pampatar, edificios acabados en lajas talladas de piedra
coralina y un paisajismo caribeño profusamente compuesto por datileras,
palmeras y trinitarias. Este generoso escenario es un llamado de nuestro pasado
hacia un futuro más grato, más sosegado y feliz, digno de ciudadanos enamorados
de sus calles y de su frente marino.
Antonin
Careme, un artista “quemado a la vez por la llama de su genio y el fuego de sus
hornos”, fue cocinero de Talleyrand, del Zar Alejandro y del barón de
Rotchschild. Careme fue también un gran arquitecto. En su libro, Projetsd’architecture, aparecen sus propuestas para San
Petersburgo. Una de sus frases más célebres proponía: “Las bellas artes son
cinco: la pintura, la escultura, la poesía, la música, y la arquitectura, la
cual tiene como rama principalísima la pastelería.” Puerto de La Mar es, en
efecto, un pastel delicioso, rico, adjetivo que tiene que ver tanto con lo bien
condimentado como con lo bien construido. A través de esta oferta de gratas
experiencias, Folco recuperó un “enriquecido” léxico que había sido olvidado.
Gracias a esa misma visión Armando Scannone ha puesto a nuestra disposición
recetas “a la manera de Caracas” que estaban a punto de desaparecer.
4. Comienza la tragedia.
El
éxito del lugar jugaría una papel importante en el drama que se avecinaba.
Cuando Gadafi vino a Venezuela en el 2009, el gobierno decidió, por razones de
seguridad, recibirlo en la isla de Margarita. Sólo faltaba encontrar un lugar
adecuado para condecorar al mandatario con la Orden del Libertador y entregarle una replica de la espada
de Bolívar.
La prensa
oficialista describió el sitio elegido como “un antiguo complejo portuario”.
Las cualidades post-historicistas funcionaban demasiado bien y ya se le
consideraba un monumento del pasado.
En octubre del
2008, un año antes de la ceremonia para celebrar las virtudes de un dictador
que sería derrocado por su pueblo dos años después, el presidente Chávez
realizó una visita a Puerto La Mar y quedó muy impresionado con la
generosidad de los espacios. Estaba tan exaltado que levantó la vista y
pronunció unas palabras que en sus labios equivalían a una maldición:
— ¡Esto quedó muy
bonito!
Y lo “bonito”
siempre fue para Chávez sospechoso, así que agregó una explicación a tanta
belleza:
— Este iba a ser
un puerto para cruceros de la empresa privada, pero se lo vamos a devolver al
pueblo.
Pocos años después
el mismo comandante se acordó de aquel lugar tan hermoso, tan lejano, tan
perdido ya en el tiempo, y dijo en uno de sus Aló Presidente:
— Ese lugar era
muy bonito… y ahora lo convirtieron en un chiquero.
En
efecto, la secuela de su visita, de su frase lapidaria y de órdenes que ahora
no parecía recordar, había sido violenta, castradora. En otra exhalación de
júbilo el presidente había declarado que el lugar sería sede de una futura
Universidad del Mar y, a partir de ese día, la edificación comenzó a morir de
abandono. De ser la nueva puerta de entrada a Porlamar se convirtió en el patio
trasero de la ciudad, en un depósito de las causas perdidas del oficialismo.
Puerto de La Mar nunca fue expropiado, fue arrebatado y nunca se le pagó su
adquisición a los propietarios. Jamás llegó a funcionar algo semejante a un
centro educativo y mucho menos una Universidad.
5.
Las trampas de la belleza.
Pareciera
que la culpa de semejante invasión y destrucción la tiene una arquitectura
inquietantemente estimulante, promisoria y ejemplar. ¿Por qué la celebración de
la belleza se convirtió en una condena? Insisto en que la belleza le resulta al
chavismo sospechosa e inexplicable. Ya Vitruvio en tiempos de Julio César la
había puesto en una categoría aparte al plantear que los principios básicos de
la arquitectura eran “venustas, firmitas y utilitas”. Los edificios debían ser
útiles y bien construidos, dos cualidades que es posible constatar y hasta
cuantificar, pero, ¿qué ocurre con la “venustas”? La belleza no se mide por su
utilidad y puede ser difícil definirla e imposible de precisarla.
Muchas veces
consideramos que lo feo es una ausencia de lo bello, pero puede también ser un
objetivo. Una de las primeras resoluciones del Ministerio de la Cultura fue
eliminar los logos de los diferentes instituciones culturales y crear uno solo,
el mediocre sello indigenista de un perro y una rana, el cual serviría tanto
para una editora de libros como para un mueso de arte contemporáneo. Dominar y
centralizar muchas veces se basa en uniformizar, eliminar la búsqueda formal
que requiere crear un ente con una personalidad propia. Pero hay algo más en
este afán de igualar: la idea de la belleza está unida al placer, a algo que
está más allá de cubrir las necesidades, de la “utilitas” y la “firmitas”, y
ese es un privilegio que se considera burgués. La arquitectura de Puerto de La
Mar probablemente le produjo a Chávez un mareo angustioso. Se sintió ante una
realidad que no podía formar parte de la caótica y empobrecida Porlamar, y solo
merecía tener sentido convirtiéndola en algo tan único y fuera de lo urbano
como una “Universidad del mar”. La súbita inspiración del presidente no se
basaba en ningún estudio previo, era simplemente una manera de separar la nueva
arquitectura del resto de la ciudad, de condenarla a una situación tan aislada
como la de un barco anclado en el puerto.
El proyecto de
Folco ya antes había pasado por otros rechazos y enfrentamientos fruto de la
miopía, del egoísmo y una crónica falta de amplitud. Por años una cifra
insignificante de cruceros turísticos llegaban a la bahía de Guamache, donde
opera un puerto más indicado para la carga y descarga de mercancía, alejado de
toda población y atracción turística o comercial. Los propietarios de esas
instalaciones vieron en Puerto de La Mar una amenaza. Nunca comprendieron que
un puerto adicional, dedicado exclusivamente al turismo, le daría a la isla más
capacidad de recepción y aumentaría el flujo y volumen de visitantes; algo que,
a la larga, favorecería a todos. Hoy los cruceros pasan de largo sin tocar
Margarita cuando navegan hacia Aruba y Curazao.
Este innecesario
conflicto de intereses auspició una campaña para declarar la bahía de Guaraguao
un criadero de sardinas e iniciar una arremetida contra la entrada de cruceros.
Folco perdió esa batalla y creyó que todo estaba perdido, pero los espacios que
ya había construido demostraron ser tan atractivos que el lugar empezó a
funcionar, incluso sin los cruceros, como uno de los puntos con más potencial
de la isla para eventos sociales y corporativos. Todas las novias de Margarita
querían casarse en Puerto de La Mar y pronto se inició una afluencia de
propuestas para montar restaurantes y tiendas. Esa fue la razón de que fuera
elegido, por ejemplo, para el apoteósico evento con Gadafi. La ciudad, como una
gran casa, comenzaba a congregarse en su gran salón.
Pero tan pronto se
supo que ahora habría una Universidad del Mar, todas las reservaciones de
eventos y solicitudes de espacios comerciales se suspendieron. A partir de ese
momento las autoridades chavistas se sintieron con derecho a utilizar gratis
las facilidades de Puerto de La Mar para actos partidistas sin ni siquiera
pagar los servicios y las labores de limpieza. Al poco tiempo el lugar empezó a
caer en el olvido y comenzó a convertir en el chiquero que Chávez anunció con
tan irresponsable melancolía. Ojalá que lo bien construido de las instalaciones
las preserve a la espera de gobernantes más sensatos que reviertan la absurda
medida y reintegren el puerto al desarrollo de la ciudad.
Mientras tanto los
bulevares Gómez y Guevara, junto a las demás calles del centro histórico,
continúan sufriendo los embates de la crisis económica y la competencia de
centros comerciales cada vez más grandes, como fortalezas con una sola puerta
que nada aportan a la textura urbana. Si las calles tienen mucho que aprender
de los Centros Comerciales en materia de limpieza, seguridad, iluminación,
gerencia, espacios públicos, también los Centros Comerciales deberían aprender
las lecciones de la ciudad, de su multiplicidad y vigor social.
La iniciativa de
Folco era justamente concebir el centro y la costa de Porlamar como una unidad
que integrara lo comercial, lo residencial, lo hotelero, el puerto, lo
educacional, junto al simple placer de recorrer una urbanismo con raíces
históricas y la palpitante complejidad de una ciudad. Folco llama a este
proceso “Urbanismo vital”. Lo define como:
Un
urbanismo que debe estimular las actividades del ser humano en la sociedad. Por
eso, la mezcla de usos, la composición espacial y la escala tienen como
principal protagonista “la vida” y ésta, es la que determina el diseño y su
construcción, y no al contrario.
Han pasado varios
años más desde que conversé con Folco y le pregunté cómo había logrado superar
espiritualmente una derrota tan injusta, una historia con un final tan
desolador. Me contestó que ha seguido haciendo lo que sabe hacer, nuevos proyectos
en otros lugares del mundo. Folco debe haber sido en una vida anterior marino,
o náufrago —la condición que más idealiza un puerto seguro— porque son los
puertos la tipología que más lo apasiona.
Pero sé bien que
le resulta imposible separarse de la criatura que ha sido tan cruelmente
hostigada. Siente que ya no le pertenece a él, sino a Porlamar, a Margarita, a
Venezuela, y le cuesta entender que la isla no exija con más fervor lo que es
de ella y no de una secta más religiosa que política.
Al observar las
imágenes vemos como los muros se han convertido en parapetos de propaganda. Las
edificaciones son vallas publicitarias que nada contienen y a nadie albergan.
Es la escenografía de un pueblo fantasma donde se está representando la
historia de una isla abatida y vaciada de toda significación cada vez con mayor
violencia e iniquidad.
Margarita aún está
viva y siempre orgullosa de su capacidad de sobrevivir. Esa vitalidad que aún
palpita en las calles y en la costa de Porlamar es la verdadera dueña del
proyecto, de las realizaciones y de todo lo que aún estaba por acontecer. A
Folco le cuesta descansar mientras ese sueño continúa siendo una absurda e
inútil pesadilla, de la que sería tan fácil despertar con algo de sensatez y
buena voluntad.
Vía Prodavinci
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