Monday, November 14, 2016

Ante la ola de populismo nacionalista

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La victoria de Donald Trump debería llevar a las grandes democracias
del mundo, con Europa a la cabeza, a asumir un mayor papel en la defensa
del orden liberal

Timothy Garton Ash
El País
Noviembre 13, 2016
http://internacional.elpais.com/internacional/2016/11/11/actualidad/1478878912_729037.html

Aquí está el nuevo reto: nos enfrentamos a la globalización de la
antiglobalización, el frente popular de los populistas, la internacional de los
nacionalistas. “Hoy, Estados Unidos; mañana, Francia”, tuitea Jean-Marie Le
Pen. Nos espera una lucha larga y difícil, en casa y en el extranjero, y quizá
tengamos que pasar el título de “líder del mundo libre” de Estados Unidos a
Alemania. Pero los derrotaremos.
La Rusia de Vladímir Putin se parece mucho al fascismo. La Turquía de Recep
Tayyip Erdogan está pasando rápidamente de la democracia autoritaria al
fascismo, y la Hungría de Viktor Orbán ya es una democracia autoritaria. En
Polonia, Francia, Holanda, Reino Unido y ahora EE UU debemos impedir que
se traspase el límite que separa la democracia liberal de la autoritaria. En
Reino Unido, eso significa defender la independencia de la justicia, la
soberanía del Parlamento y el poder imparcial de la BBC. En Estados Unidos,
vamos a presenciar la prueba más difícil para uno de los sistemas
democráticos de controles y equilibrios más sólidos y antiguos. Aunque los
republicanos dominen el Congreso y, por desgracia, el presidente Donald
Trump pueda hacer unos nombramientos políticos fundamentales en el
Tribunal Supremo, eso no quiere decir que siempre se vaya a salir con la
suya.
Lo que vemos en todos estos populismos nacionalistas es una ideología que
asegura que la voluntad expresada directamente por “el pueblo” vale más
que todas las demás fuentes de autoridad. Y el líder populista se identifica a
sí mismo (o a sí misma, en el caso de Marine Le Pen) como la única voz de ese
pueblo. Cuando Trump dice: “Yo soy vuestra voz”, está usando una típica
frase populista. Igual que la primera página de The Daily Mail cuando acusa
de ser “enemigos del pueblo” a los tres jueces británicos que han decidido
que el Parlamento debe votar sobre el Brexit. Igual que el primer ministro
turco, cuando rechaza las afirmaciones de la UE de que, con su brutal
represión de la libertad de prensa, ha cruzado una línea roja, y dice que “el
pueblo es el que traza las líneas rojas”.
Cuando se examina con detalle, resulta que “el pueblo” —Volk sería un
término más exacto— no es, en realidad, más que una parte del pueblo.
Trump encarnó a la perfección este juego de manos populista en una frase
espontánea pronunciada durante un mitin de su campaña. “Lo único
importante es que se una la gente”, dijo, “porque los demás no cuentan”. Los
demás: kurdos, musulmanes, judíos, refugiados, inmigrantes, negros, élites,
expertos, homosexuales, gitanos, cosmopolitas, urbanitas, jueces gais y
eurófilos. Nigel Farage anunció que el Brexit era una victoria para la gente
normal, la gente decente, la gente de verdad: es decir, que el 48% que votó
no en el referéndum no eran ni normales, ni decentes, ni de verdad.
¿Nos enseña algo la historia sobre estos fenómenos, sobre las olas que
surgen más o menos al mismo tiempo en distintos lugares, en distintas
variantes nacionales y regionales, pero con características comunes? El
populismo nacionalista de hoy, el liberalismo globalizado (o neoliberalismo)
de los años noventa, el fascismo y el comunismo de los años treinta y
cuarenta, el imperialismo del siglo XIX. Tal vez nos enseña dos lecciones: que
estas cosas tardan cierto tiempo en resolverse y que, para hacer que la ola
retroceda (cuando son olas que conviene hacer retroceder), se necesita
valor, empeño, consistencia, el desarrollo de un nuevo lenguaje político y
nuevas respuestas políticas a problemas reales.
Un gran ejemplo es la combinación de la economía de mercado y el Estado
de bienestar que se desarrolló en Europa occidental a partir de 1945. El
modelo, que logró terminar con las olas del comunismo y el fascismo,
necesitó el genio intelectual de John Maynard Keynes, la sabiduría de un
William Beveridge y la pericia política de gente como Clement Attlee. Además
de otros nombres en las distintas versiones adoptadas en otros países. En
cualquier caso, el desarrollo de un nuevo modelo necesita tiempo.
Debemos, pues, prepararnos para una lucha prolongada, tal vez
generacional. No estamos aún en un mundo posliberal, pero quizá lleguemos
a estarlo. Las fuerzas que mueven el frente popular del populismo están en
alza, muchos partidos tradicionales están debilitados, y no se da la vuelta a
una de estas olas de la noche a la mañana. Para empezar, debemos defender
el pluralismo. También debemos comprender las causas económicas, sociales
y culturales que hacen que la gente vote a los populistas. Debemos buscar —
no sólo la izquierda, sino también los liberales, conservadores moderados y
creadores de opinión de todo tipo— un nuevo lenguaje que atraiga, en
contenido y en emociones, a ese amplio sector del electorado populista que
no es irremediablemente xenófobo, racista y misógino (por ejemplo, tratar
de no llamarlos “miserables”).
Pero es evidente que la retórica por sí sola no basta. ¿Cuáles son las políticas
acertadas? ¿Son verdaderamente los acuerdos de libre comercio y la
inmigración los que están quitando puestos de trabajo? ¿Es la tecnología? Y
en este último caso, ¿qué podemos hacer?
En el plano internacional, el primer reto es impedir la erosión de los
elementos actuales del orden internacional liberal; por ejemplo, los acuerdos
sobre el cambio climático que tanto han costado, o los de libre comercio.
Como filosofía, es posible que el presidente chino, Xi Jinping, dé la bienvenida
a un mundo trumpiano de Estados soberanos fuertes, resueltos y
nacionalistas, pero, en la práctica, los dos dirigentes tienen que ser
conscientes de que la vuelta al nacionalismo económico de los años treinta
—Trump, durante la campaña, prometió aranceles del 45% para las
importaciones chinas— sería un desastre para todos. Lo único bueno de una
internacional de nacionalistas es que es una contradicción en sí misma.
Debemos confiar en que la política exterior y económica de la nueva
Administración estadounidense esté en manos de personas serias y
experimentadas, por mucha repugnancia moral que nos cause Trump. Ha
llegado el momento de tapar las narices y la “ética de la responsabilidad” de
Max Weber. Aun así, es probable que nos encontremos ante una presidencia
grandilocuente, errática e impredecible.
Por eso mismo, las demás grandes democracias del mundo —todas las
democracias nacionales de Europa, Canadá, Australia, Japón, India— deben
asumir una carga mucho mayor. Si los europeos pensamos que es vital que
los Estados bálticos estén protegidos contra cualquier posible agresión de
Rusia, debemos hacer lo posible, a través de la OTAN y la UE, para
garantizarlo. No podemos fiarnos de un Trump que se dedica a elogiar a
Putin. Si los europeos pensamos que es importante que Ucrania siga siendo
democrática e independiente, tendremos que ocuparnos de conseguirlo.
Dado que Reino Unido se ha automarginado, como consecuencia de su
propia variante de populismo nacionalista, los votantes franceses y alemanes
van a tener una responsabilidad especial. Si, a finales del año que viene,
tenemos en Francia a un presidente Alain Juppé y en Alemania a una canciller
Angela Merkel reelegida, es posible que Europa pueda cumplir el papel
asignado.
La respuesta más digna que he visto a la elección de Trump es, con gran
diferencia, la que dio Merkel. “Alemania y Estados Unidos”, dijo, “están
unidos por los valores de la democracia, la libertad y el respeto a la ley y la
dignidad humana, independientemente de su origen, color de piel, religión,
género, orientación sexual o ideas políticas. Ofrezco al próximo presidente de
Estados Unidos, Donald Trump, una estrecha cooperación basada en estos
valores”. Magnífica.
La expresión “líder del mundo libre” suele oírse en referencia al presidente
de Estados Unidos, y a menudo en tono irónico. Estoy tentado de decir que la
líder del mundo libre, hoy, es Angela Merkel.

Traducción de María Luisa Rodríguez.

Timothy Garton Ash (Londres, 1955). Es un escritor,
editorialista y periodista, autor de ocho libros como analista
político (denominados en ocasiones como de "historia del
presente"), documentando la transformación de Europa
durante el último cuarto de siglo. Sus ensayos aparecen
regularmente en el New York Review of Books, y escribe una
columna semanal en The Guardian que se distribuye por
multitud de publicaciones en Europa (en España, el diario El
País), Asia y América. También escribe con frecuencia en
The New York Timesl, el Washington Post y el Wall Street
Journal. Es catedrático de Estudios Europeos en la
Universidad de Oxford, investigador titular en la Hoover
Institution de la Universidad de Stanford. Autor de: Los
hechos son subversivos: ideas y personajes para una década
sin nombre. Su nuevo libro, ‘Free Speech: Ten Principles for
a Connected World’, acaba de publicarse.

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