EN: Recibido por email
Una especie de hybris colectiva se apoderó de los electores. Así fue
como se precipitó el principio del fin de la democracia ateniense. Los
pueblos, desgraciadamente, se equivocan.
Enrique Krauze
El País
Noviembre 7, 2016
http://www.letraslibres.com/mexico/politica/las-democracias-son-mortales
El episodio, que no cesa de sorprendernos, ocurrió en 415 a. C. ¿Cómo
pudo la Asamblea popular, forjada por casi un siglo de experiencia y
perfeccionada por el incomparable liderazgo –ético, estético, político–
de Pericles, haber tomado la insensata decisión de invadir Sicilia? En su
Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides narra famosamente los
hechos y apunta la causa principal: "El pretexto era ayudar a los de su
raza y a sus aliados, pero en realidad su deseo era sojuzgarla por
completo". Una especie de hybris colectiva se apoderó de los electores.
Así fue como se precipitó el principio del fin de la democracia
ateniense. Los pueblos, desgraciadamente, se equivocan.
Dos figuras legendarias encarnaron el momento: el experimentado y
sombrío Nicias, el impetuoso y desbordado Alcibíades. Tucídides recrea
sus discursos. Nicias pide a la Asamblea recapacitar: había enemigos
suficientes en el entorno cercano como para buscar otros en ultramar.
Era inconveniente "apetecer otro imperio" sin consolidar el propio, más
aún cuando Atenas apenas lograba reponerse de los estragos de la
guerra y la peste, que tres lustros atrás había segado a buena parte de
la población, incluido al propio Pericles. Nicias se presentaba
explícitamente como la voz de la razón frente al joven caudillo que
"aconseja la expedición para captarse admiración ... no consintáis que
arriesgue su ciudad para acrecentar su propio brillo; considerad que
tales individuos perjudican al interés público ... que el asunto es grave y
no para ser resuelto por jóvenes y a la ligera". Apelando a "los
mayores", le pedía "refrenar las pasiones ... convencidos de cuán pocas
cosas salen bien por el arrebato, muchas en cambio por la previsión".
Alcibíades, "el más ardiente defensor de la expedición –dice Tucídides–,
era muy considerado por sus conciudadanos, dejábase arrastrar por sus
caprichos desproporcionados ... una de las causas posteriores ... que
acarrearon la ruina de Atenas". Su discurso es el contrapunto de Nicias:
confiado, entusiasta, ambicioso, no sólo vislumbra la pronta sujeción
de los siracusanos sino la de los peloponesios todos, incluida la
archienemiga Esparta. Había que rechazar "el intento disociador entre
jóvenes y viejos" y marchar juntos para refrendar la gloria de Atenas
que "entregada a la inacción se devorará a sí misma, como suele
ocurrir, y decaerá su brillo cultural. En cambio, luchando sin tregua
acrecentará su experiencia y se habituará a defenderse, no con
palabras, sino con hechos...".
Nicias, que sucumbió en la malhadada aventura, estaba en lo
cierto. Alcibíades, que la sobrevivió para aliarse con Esparta (y luego
combatirla de nuevo), representaría, en su identidad cambiante
("camaleónica", la llama Plutarco), la fluctuación de un orden que en el
siglo IV no reverdecería los laureles de Pericles. Y el azar, aliado de la
imprevisión, jugó su parte. Así narra Tucídides el cautiverio final de los
atenienses:
Los prisioneros de las canteras recibieron de los siracusanos al principio
un trato despiadado. Encerrados en gran número dentro de una estrecha
oquedad al aire libre, sufrían en la primera época soles y calores; después
llegaron las noches, a la inversa, otoñales y frías, que por la brusca
transición originaban enfermedades. Como además todo lo hacían en el
mismo lugar por la angostura, y por añadidura se amontonaban allí
mismo unos sobre otros los cadáveres de los que fallecían por las heridas
y cambio de temperatura u otras causas, había un hedor insoportable.
Sufrían hambre y sed, pues durante ocho meses tuviéronlos racionados a
una cótila de agua y dos cótilas de trigo... Unos setenta días vivieron así
amontonados; después, con excepción de los atenienses y algunos
sicilianos e italiotas... los demás fueron vendidos. El total de prisioneros
resulta difícil de calcular, pero no bajó de los siete mil.
¿En quién recaía la culpa? ¿En Alcibíades o en los atenienses? Nada
amigo de los demagogos, Tucídides da su inesperado y sutil veredicto:
"Rendidos, por fin, a la evidencia, los atenienses se indignaban contra
los oradores partidarios de la expedición, como si no la hubieran
votado ellos mismos, e irritábanse contra los oraculistas, adivinos y
cuantos con sus vaticinios los habían esperanzado de conquistar
Sicilia".
Atenas se repuso parcialmente de aquel desastre, digno de sus grandes
trágicos. Pero aquella admirable relojería política no volvió a ser la
misma. Los griegos lo sabían y nosotros, 2,400 años más tarde, lo
comprobamos: las democracias son mortales.
Enrique Krauze (Ciudad de México, 1947). Ingeniero
Industrial (UNAM, 1969). Doctor en Historia (Colegio de
México, 1974). En 1977 ingresó a la revista Vuelta como
secretario de redacción y en 1981 se convirtió en el
subdirector, puesto que ocupó hasta diciembre de 1996. En
1991 fundó la Editorial Clío y en 1999 dio a la luz, como
director, a la revista Letras Libres. Es miembro del
Instituto Cervantes y de la cadena Televisa. Ha publicado
numerosos ensayos, biografías y especialmente libros de
historia, en especial de México, con especial interés en su
sociología, política y economía. Ha recibido numerosas
distinciones y premios. El pasado noviembre de 2011
publicó Redentores. Ideas y poder en América Latina
(Debate).
No comments:
Post a Comment