Monday, November 14, 2016

¡Peligro: democracia!

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El poder más temible en un sistema político libre
es la saludable capacidad de toda la ciudadanía
de poder elegir, aunque vaya en contra
de la argumentación más racional

Fernando Savater
El País
Noviembre 11, 2016
http://internacional.elpais.com/internacional/2016/11/11/actualidad/1478883603_65367
4.html

“Esta edad vanidosa
que se alimenta de vacuas esperanzas,
ama los cuentos y odia la virtud;
esta edad que adora lo útil
y nunca ve la vida,
se hace cada día más inútil”.
(G. Leopardi,
‘El pensamiento dominante’)

Confieso sentir un perverso placer cuando las predicciones de los
especialistas sobre algún comportamiento colectivo fracasan
estrepitosamente. Y ello aunque lo que realmente ocurre sea para mí
más inquietante que lo que parecía que iba a pasar. Mi regocijo
agridulce es del mismo tipo que expresa la repetidísima exclamación
de Voltaire (apócrifa, por otra parte): “Estoy en completo desacuerdo
con lo que usted dice, pero daría mi vida por que pudiera seguir
diciéndolo”. De semejante modo, lamento que los votantes en una
consulta o en unas elecciones se pronuncien mayoritariamente contra
lo que aconsejan los expertos más fiables o la simple argumentación
racional, pero me alegro de que tal desvío pueda ocurrir, porque la
capacidad masiva de disparatar a coro es una prueba de salud
democrática. De hecho, esta temible disposición es el argumento
derogatorio que han empleado siempre contra la democracia sus
adversarios más insignes, desde Platón a Borges. Y hoy continúa
escandalizando a muchos de menor talento. Pero precisamente en ese
punto estriba lo característicamente democrático. Jean Cocteau
aconsejaba: “Lo que todos te censuran, cultívalo… porque eso eres tú”.
Con algo de prosopopeya, también podríamos decírselo a Doña
Democracia.
Deplorando el resultado de las elecciones presidenciales
norteamericanas,
una portavoz de Podemos dijo: “Hoy es un día triste
para la democracia”. Lo repitió varias veces y luego, ya lanzada, dijo
también que “era un día triste para la humanidad”. Pasemos por alto
esta última hipérbole, porque a todos se nos puede calentar la boca.
Pero ¿por qué es un día triste para la democracia? Sin duda es una
jornada poco radiante para quienes, como esa señorita y yo mismo,
aborrecemos el ideario agresivamente xenófobo, clasista, machista y
sobre todo apoyado en descaradas exageraciones y falsedades del ya
presidente Trump. Pero ni la portavoz ni yo somos dueños de las
instituciones, debemos compartirlas con otros millones de personas
que desdichadamente no piensan como nosotros.

En cambio, desde otra perspectiva, unas elecciones donde los ciudadanos prefieren
contra todo pronóstico a un candidato al que no apoyan ni en su
propio partido (mientras a su rival la recomendaba el presidente
anterior, los periódicos de referencia, artistas, intelectuales, etcétera),
que vomita barbaridades, se comporta públicamente como un patán,
ofende a todos los grupos sociales imaginarios, promete medidas
políticas autoritarias, belicistas o que amenazan mejoras sociales,
demuestra ser un ignorante en casi todo y elogia demagógicamente a
quienes lo son aún más que él… Pues vaya, caramba, eso sí que es una
muestra estremecedora pero indudable de libertad. Porque elegir
según recomienda la lógica, la fuerza de las razones, la opinión de los
expertos políticos y morales, puede ser socialmente beneficioso, pero
deja un regusto de que es “lo que hay que hacer”, lo obligado;
mientras que ir contra lo que parece conveniente y cuerdo es
peligrosísimo, pero sin duda revela que uno sigue su real gana. Cuando
se incendia la casa, el que sale corriendo para salvar el pellejo hace
muy bien, pero obedece a las circunstancias; libre, lo que se dice
grandiosamente libre, es el que se queda dentro cantando salmos
entre las llamas.

La libertad política es algo muy deseable de tener pero peligroso de
utilizar. Nos hemos criado oyendo mencionar al poder como el coco
que quiere devorarnos: el lenguaje del poder, las asechanzas del poder,
la cara oculta del poder… Lo imaginamos oculto en cenáculos
restringidos donde conspiran unos cuantos plutócratas desalmados.
Seguro que hay algo de verdad en esta caricatura siniestra, pero el
poder más temible en democracia es precisamente el que comparten
todos y cada uno de los ciudadanos: el poder de elegir. Temblamos
con razón ante los autócratas que monopolizan el mando, pero en
nuestras democracias es lógico sentir escalofríos al pensar en las
multitudes que deciden quién debe ostentarlo. Algunos tratan de
aliviar este recelo asegurando que la mayoría de los ciudadanos no
pueden ser llamados realmente libres porque son ignorantes en las
cuestiones de gobierno, se dejan engañar o seducir con promesas
vanas, se asustan ante amenazas imaginarias, son venales, xenófobos,
intolerantes… Pero todo esto sólo quiere decir que son humanos: esos
mismos defectos existen en todas partes, aunque no haya libertades
políticas. En democracia la diferencia es que pueden expresarse y elegir
lo que prefieren: quizá no sean más felices que otros vasallos, pero al
menos son tratados como realmente humanos. No se les reconocen
sus virtudes, sino su dignidad. La democracia no es ante todo el asilo
de la lucidez, la solidaridad, el buen gusto o la creación artística, sino
que es “la tierra de los libres”, como dice el himno de Estados Unidos.

Para evitar que el devenir democrático sea una serie de dictaduras
electivas contrapuestas, están las leyes. Los ciudadanos basan las
garantías de su libertad participativa en el acatamiento de la
Constitución. Los que hablan de fascismo y caos tras la victoria de
Trump fantasean tétricamente. Lo único que verdaderamente sonó
inquietante en el discurso electoralista de Trump fue la amenaza de no
respetar el resultado de las elecciones si no le gustaba. Algo parecido a
lo que hoy berrean por las calles —espero que por poco tiempo— los
modernos caprichosos del “No es mi presidente” o “No me representa”,
que se consideran por encima de la democracia y capacitados para
decidir cuándo la libertad ha optado por el bien y cuándo no.
En España ya estamos acostumbrados a quienes piensan que la
democracia funciona mejor sin leyes que la coarten, como la paloma de
Kant creía volar mejor en el vacío… Sin duda Trump es populista, como
en nuestro país Podemos y sus siete enanitos: no porque prediquen lo
mismo sino porque predican del mismo modo, empleando la retórica
demagógica para conseguir aunar la heterogeneidad de los
descontentos.

En la era de Internet, el populismo tiene campo abonado. Y es inútil
empeñarse en regañar a la gente por sus preferencias (todos son
“gente”, los que piensan como nosotros y los demás), mejor es
perseverar en educarla para argumentar y comprender en lugar de
aclamar. También hay que proponer alternativas ideológicas fuertes, no
simplemente apelar al pragmatismo y la rentabilidad. Hagamos lo que
hagamos, seguiremos remando en lo imprevisible. Porque la
incertidumbre no la ha traído Trump, sino la libertad.

Fernando Savater Martín (San Sebastián, 1947). Filósofo
(Universidad Complutense de Madrid) Profesor de la
Universidad Autónoma de Madrid, la UNED y la Universidad de
País Vasco. Colaborador del El País y codirige, junto a Javier
Praderas, la Revista Claves para la Razón Práctica. Revolucionó
el panorama de la filosofía en Europa en 1972 con dos
ensayos: Nihilismo y acción y La filosofía tachada. Exiliado por
voluntad propia en Francia durante los últimos años del
régimen franquista. Ha formado parte de varias agrupaciones
comprometidas con la paz y en contra del terrorismo en el País
Vasco, como el Movimiento por la Paz y la No Violencia, el Foro
de Ermua y, actualmente, de Basta Ya, asociación que recibió
del Parlamento Europeo el Premio Sájarov a la defensa de los
Derechos Humanos. Tiene una vasta obra escrita y recibió el
Premio Nacional de Literatura de 1981 con “La tarea del
héroe”. Desde coordenadas primero libertarias y luego
liberales, se ha opuesto siempre al nacionalismo en general:
«El nacionalismo en general es imbecilizador”. Destaca su
interés en acercar la filosofía a los jóvenes, con obras como
“Ética para Amador", uno de los libros más leídos de filosofía,
"Política para Amador" “Voltaire contra los fanáticos” o "Las
preguntas de la vida"; también defiende la cultura popular por
expresar la vitalidad juvenil, desde las novelas de aventuras,
los cuentos fantásticos, y los relatos de terror al cómic y los
juegos de rol.

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