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Hay una humillación a la que nada resiste y que derrota
cualquier rebeldía: la de envejecer
Fernando Savater
El País
Diciembre 28, 2010
http://elpais.com/diario/2010/12/28/cultura/1293490803_850215.html
La arrogancia del poder, la frivolidad de la belleza deseada pero no
alcanzada, los reveses de la ambición, la ingratitud o la postergación injusta
del mérito: estas pueden ser las principales fuentes de humillación que
padecemos los humanos. Antaño lo fue también la humildad de la cuna,
luego sustituida por la segregación racial o nacional que los inmigrantes
conocen bien. Contra todas ellas, si no falta el coraje, cabe la sublevación y
hasta el logro de una revancha victoriosa y compensatoria. Pero hay una
humillación a la que nada resiste y que derrota cualquier rebeldía por medio
del ridículo: la de envejecer.
En la época más reciente, la obra pionera sobre la postergación social y la
invisibilidad de la vejez fue el ensayo de ese título de Simone de Beauvoir,
que en castellano editó hace 40 años la editorial Sudamericana. Después la
vejez se ocultó tras el biombo eufemístico del término "tercera edad" y
proliferaron hasta el agobio los estudios que proponían reivindicaciones y
proporcionaban aliento optimista. Se procura convencer a los viejos,
mientras mantengan capacidad de consumo, de que no se dan cuenta de lo
jóvenes que son todavía. En efecto, nadie es viejo del todo mientras tenga
aún dinero. Aunque dadas las pensiones que le van a quedar a la mayoría a
partir de ahora, pocos son los que van a poder retrasar mucho esa
aleccionadora experiencia...
Los antiguos tenían una visión menos edulcorada del asunto. Los griegos, que
eran deportistas y guerreros, sentían un asco indisimulado por los ancianos,
incluso por los adultos demasiado talluditos: no hay más que ver la diferencia
de trato que da Homero al cadáver del joven héroe muerto en la flor de la
edad y al del guerrero caído ya demasiado tarde. Los romanos, que
estimaban la vida familiar en la que los abuelos no dejan de ser decorativos,
mostraban un poco más de respeto: pero tanto Plauto y Terencio en sus
comedias como Horacio en sus sátiras no dejan de ofrecer un retrato
inmisericorde de la senilidad, señalando la avaricia maniática de ellos y la
lujuria repelente de ellas.
La primera apología de la vejez, y la más célebre, es el De senectute de
Cicerón (hay una buena edición bilingüe editada por Tricastela, anotada y
precedida por varios estudios interesantes). Utilizando a Catón el Viejo como
portavoz, Cicerón se esfuerza por refutar los reproches más habituales contra
la vejez, como el cese de las actividades, el volverse odioso para los demás o
el apagamiento de los placeres. Despliega su probada elocuencia aunque no
siempre logre convencernos: "¿qué placeres físicos se pueden comparar con
la autoridad (que se adquiere con la edad)". Pues cualquiera, Marco Tulio,
cualquiera y siempre con ventaja sobre esta. Por si acaso, tanto Catón, como
el propio, Cicerón se aseguraron amantes y esposas jóvenes hasta el último
día... Siglos después, el filósofo político Norberto Bobbio tituló también De
senectute (Taurus) a sus memorias de ancianidad, aunque con una visión
mucho más pesimista que la ciceroniana.
Lo mejor que se ha escrito sobre la experiencia de envejecer es Revuelta y
resignación de Jean Améry (Pretextos). Nadie ha expresado con tanta
precisión cómo el mundo nos abandona antes de que lo abandonemos y que
irrisorios son los honores que tratan de consolarnos. Su descripción de una
conferencia del envejecido Sartre ante el público que 20 años atrás le
adoraba juvenilmente es una página inolvidable y estremecedora: "El ser
humano que envejece, cuyas realizaciones ya han sido contabilizadas y
sopesadas, está condenado. Ha perdido, aunque haya ganado, quiero decir:
aunque su ser social, que agota su conciencia, se contabilice como un gran
valor de mercado".
Y con todo ¿saben qué es lo indudablemente peor de la tercera edad? Que
no hay cuarta.
* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 28 de diciembre de 2010
Fernando Savater Martín (San Sebastián, 1947). Filósofo
(Universidad Complutense de Madrid) Profesor de la
Universidad Autónoma de Madrid, la UNED y la Universidad
de País Vasco. Colaborador del El País y codirige, junto a
Javier Praderas, la Revista Claves para la Razón Práctica.
Revolucionó el panorama de la filosofía en Europa en 1972
con dos ensayos: Nihilismo y acción y La filosofía tachada.
Exiliado por voluntad propia en Francia durante los últimos
años del régimen franquista. Ha formado parte de varias
agrupaciones comprometidas con la paz y en contra del
terrorismo en el País Vasco, como el Movimiento por la Paz y
la No Violencia, el Foro de Ermua y, actualmente, de Basta
Ya, asociación que recibió del Parlamento Europeo el Premio
Sájarov a la defensa de los Derechos Humanos. Tiene una
vasta obra escrita y recibió el Premio Nacional de Literatura
de 1981 con “La tarea del héroe”. Desde coordenadas
primero libertarias y luego liberales, se ha opuesto siempre
al nacionalismo en general: «El nacionalismo en general es
imbecilizador”. Destaca su interés en acercar la filosofía a los
jóvenes, con obras como “Ética para Amador", uno de los
libros más leídos de filosofía, "Política para Amador" o "Las
preguntas de la vida"; también defiende la cultura popular
por expresar la vitalidad juvenil, desde las novelas de
aventuras, los cuentos fantásticos, y los relatos de terror al
cómic y los juegos de rol.
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