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En cuanto Estados Unidos decida que las normas no rigen,
los intercambios internacionales se convertirán en una
batalla campal
Paul Krugman
El País
Diciembre 30, 2016
http://economia.elpais.com/economia/2016/12/28/actualidad/1482921239_968333.html
Donald Trump se puso a tiro de piedra de la Casa Blanca —Comey y
Putin hicieron el resto— gracias al abrumador respaldo de los votantes
blancos de clase trabajadora. Estos votantes confiaron en la promesa de
recuperar empleos industriales de calidad para Estados Unidos, y no se
creyeron la más creíble amenaza de que les quitaría la atención
sanitaria. Les espera un duro golpe.
Pero los trabajadores blancos no son los únicos crédulos: el Estados
Unidos empresarial sigue negándose a aceptar la amenaza de una
guerra comercial a escala mundial, a pesar de que el proteccionismo ha
sido uno de los temas fundamentales de la campaña de Trump. De
hecho, las dos únicas causas por las que Trump parece verdaderamente
apasionado son los tratados comerciales supuestamente injustos y la
admiración por los regímenes autoritarios. Es ingenuo suponer que
dejará pasar su tema político preferido.
Hablemos de medios, motivos y consecuencias.
Se podría imaginar que un cambio drástico en la política comercial
estadounidense exigiría la aprobación del Congreso y que los
republicanos –que afirman creer en el libre mercado– le pondrían
freno. Pero dada la invertebración del partido, eso es improbable.
En cualquier caso, la legislación pertinente da al ocupante de la Casa
Blanca un margen extraordinario si este decidiera seguir un rumbo
proteccionista. Puede restringir las importaciones si estas "amenazan
con socavar la seguridad nacional"; puede imponer aranceles "para
solucionar grandes y graves déficits de la balanza comercial
estadounidense"; puede modificar las tarifas arancelarias cuando los
Gobiernos extranjeros pongan en práctica políticas "injustificables".
¿Quién determina cuándo se dan esas condiciones? El propio Ejecutivo.
Ahora bien, la intención de estas disposiciones no era dar a un
presidente poder para trastocar décadas de política comercial
estadounidense o embarcarse en venganzas personales. Pero pueden
adivinar cuánto van a importarle esas sutilezas al Gobierno entrante,
que ya está hablando de utilizar sus poderes. Lo que nos lleva a la
cuestión del motivo.
¿Por qué iba el Gobierno de Trump a restringir las importaciones? Una
respuesta son esos votantes de clase trabajadora, cuyo supuesto
defensor está decidido a imponer un programa nacional radicalmente
contrario a ellos. Trump tiene un claro incentivo para alardear de que
está haciendo algo para cumplir sus promesas electorales. Y si eso crea
un conflicto internacional, es de hecho una ventaja adicional a la hora
de desviar la atención de la aniquilación del sistema sanitario y cosas
por el estilo.
Aparte de esto, está claro que el comandante en jefe entrante cree
realmente que el comercio internacional es un juego en el que los
buenos llegan los últimos, y de que se han aprovechado de Estados
Unidos. Es más, está eligiendo a asesores que lo reafirmarán en estas
creencias.
Ah, y no esperen que los intentos por parte de los expertos de señalar
los fallos de este punto de vista –de señalar, en concreto, que la imagen
de una China depredadora, que logra enormes superávits a costa de
mantener su moneda devaluada, está varios años desfasada– causen
ninguna impresión. Los miembros del equipo de Trump creen que
cualquier crítica a sus ideas económicas refleja una conspiración de
grupos de expertos decididos a debilitarlos. Porque por supuesto que lo
están.
¿Y qué pasará cuando lleguen los aranceles de Trump?
Habrá represalias, a lo grande. En lo que al comercio se refiere, Estados
Unidos no es una superpotencia tan importante; China es también un
actor enorme, y la Unión Europea es aún más grande. Responderán del
mismo modo, atacando sectores estadounidenses vulnerables como la
aeronáutica y la agricultura.
Y las represalias no lo son todo; está también la emulación. En cuanto
Estados Unidos decida que las normas no rigen, el comercio mundial se
convertirá en una batalla campal.
¿Provocará esto una recesión mundial? Probablemente no. Esos riesgos
se exageran, en mi opinión. No, el proteccionismo no causó la Gran
Depresión.
Lo que sí hará la futura guerra comercial, sin embargo, es causar
mucha perturbación. La economía mundial de hoy en día se construye
en torno a "cadenas de valor" que cruzan fronteras: un coche o un
teléfono móvil contienen componentes que se fabrican en muchos
países, y que después se montan o modifican en muchos más. Una
guerra comercial provocaría un drástico acortamiento de dichas
cadenas, y muchas fábricas estadounidenses acabarían siendo las
grandes perdedoras, como ocurrió en el pasado, cuando se disparó el
comercio mundial.
Hay un viejo chiste sobre un motorista que atropella a un peatón y
después intenta solucionar el daño retrocediendo, y atropella a la
víctima una segunda vez. Pues bien, los efectos de la guerra comercial
trumpista para los trabajadores estadounidenses serán muy parecidos.
Con estas perspectivas, podríamos pensar que alguien convencerá al
Gobierno entrante de que se replantee su beligerancia comercial. Es
decir, podríamos pensarlo si no hubiésemos prestado atención al
historial y a la personalidad del proteccionista en jefe. No es probable
que alguien que se niega a que le den instrucciones sobre seguridad
nacional porque es "bueno, una persona inteligente" y no las necesita se
siente a escuchar lecciones sobre economía internacional.
No, lo más probable es que llegue una guerra comercial. Abróchense los
cinturones.
© The New York Times Company, 2016. Traducción de News Clips.
Paul Krugman (Albany, 1953). Economista (Universidad
Yale, 1974), Ph.D. en Economía ( Massachusetts Institute of
Technology [MIT] 1977). Fue profesor de Yale, MIT, London School of
Economics y Stanford, antes de pertenecer al claustro de la Universidad de
Princeton, desde el 2000 en las cátedras de Economía y Asuntos Internacionales
en la Universidad de Princeton. Desde 2000 escribe una columna en el periódico
New York Times que semanalmente reproduce El País. Ha escrito más de 200
artículos y 21 libros -alguno de ellos académicos, y otros de divulgación-. Su
Economía Internacional: La teoría y política es un libro de texto estándar en la
economía internacional. En 1991 la American Economic Association le concedió la
medalla John Bates Clark. Ganó el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias
Sociales en el año 2004 y el Premio Nobel de Economía en 2008. De 1982 a 1983,
fue parte del Consejo de Asesores Económicos (Council of Economic Advisers) de la
administración de Reagan. Cuando Bill Clinton alcanzó la presidencia de EE.UU.
en 1992, se esperaba que se le diera un puesto en el gobierno, pero ese puesto se le
otorgó a Laura Tyson. Esta circunstancia le permitió dedicarse al periodismo
para amplias audiencias, primero para Fortune y Slate, más tarde para The
Harvard Business Review, Foreign Policy, The Economist, Harper y Washington
Monthly. Sus críticos cuestionan su papel como miembro del panel de asesores de
Enron durante 1999, antes de los escándalos de la empresa en 2002. Krugman es
probablemente mejor conocido por el público como fuerte crítico de las políticas
económicas y generales de la administración de George W. Bush, que ha
presentado en su columna. Ha sabido entender lo mucho que la economía tiene de
política o, lo que es lo mismo, los intereses y las fuerzas que se mueven en el
trasfondo de la disciplina; el mérito de Krugman radica en desenmascarar las
falacias económicas que se esconden tras ciertos intereses. Se ha preocupado por
replantear modelos matemáticos para resolver el problema de dónde ocurre la
actividad económica y por qué.
En 2012 publicó “Acabad ya con esta crisis”, en el cual analiza las causas de la
actual crisis económica, los motivos que conducen al sufrimiento de la población,
sus consecuencias y la forma de salir de ella, recuperando los puestos de trabajo y
los derechos sociales amenazados por los recortes, se explican con una claridad y
sencillez que cualquiera puede, y debería, entender.“Naciones ricas en recursos,
talento y conocimientos –los ingredientes necesarios para alcanzar la prosperidad
y un nivel de vida decente para todos- se encuentran en un estado de intenso
sufrimiento”. ¿Cómo llegamos a esta situación? Y, sobre todo ¿cómo podemos salir
de ella? Krugman plantea estas cuestiones con su habitual lucidez y ofrece la
evidencia de que una pronta recuperación es posible, si los dirigentes tienen “la
claridad intelectual y la voluntad política” de acabar ya con esta crisis.
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