EN: https://www.elnacional.com/editoriales/2026/04/el-humor-de-kimmel/
Cuando Donald Trump y su esposa Melania piden a la cadena ABC que despida a Jimmy Kimmel -ella primero que él- están confirmando que a los poderosos, desde el principio de la historia, le disgustan las bromas, porque son incómodas, los desnudan y ridiculizan. Y los hacen, paradójicamente, parecer humanos, vulnerables, como el resto de los mortales.
“Gente como Kimmel -dijo la primera dama de Estados Unidos- no debería tener la oportunidad de entrar en nuestros hogares cada noche para difundir el odio. Kimmel, un cobarde, se esconde detrás de la ABC porque sabe que la cadena seguirá encubriéndolo para protegerlo. Ya basta”. Su marido, el presidente Donald Trump, amenazó hace unas semanas con acabar con una civilización, y también ha dicho, entre infinidad de cosas, que odia a sus opositores. Y no hablaba en broma.
Lo que hizo Jimmy Kimmel el jueves en el monólogo de su late show fue un chiste político, como es su costumbre. En una parodia de la cena de corresponsales, que tendría lugar dos días después, el comediante se presenta como el maestro de ceremonias y dirigiéndose a Melania Trump dice: “Y aquí está nuestra primera dama, Melania, mírenla, tan guapa. Señora Trump, tiene un brillo como de viuda expectante”, que en inglés puede significar en espera o que está embarazada.
En la cena de corresponsales que solo se pudo realizar a medias sucedió, como sabemos, el atentado contra el presidente, que tenía a su lado a Melania. Tras el susto, los tiros verbales apuntan contra Kimmel, señalado de instigador del odio, y de nuevo se presiona a ABC para que se deshaga de él. En septiembre pasado, la cadena había retirado efectivamente el programa Jimmy Kimmel Live! por los comentarios del presentador sobre el crimen de Charlie Kirk. Entonces dijo que se estaba intentado caricaturizar al asesino como distinto a algunos de los integrantes de “la pandilla MAGA (Make America Great Again)”. Pero Kimmel volvió al aire y rompió su récord de audiencia.
La libertad de expresión en la Constitución de Estados Unidos está protegida por la Primera Enmienda, vigente nada menos que desde el 15 de diciembre de 1791 (200 años antes de la aparición del chavismo, para más señas). “El Congreso no podrá hacer ninguna ley (...) limitando la libertad de expresión, ni de prensa”. Para que la gente hable todo lo que quiera bastan tan solo 14 palabras. Mucho después (1974), el juez de la Corte Suprema Potter Stewart señaló que el “propósito básico” de la Primera Enmienda es “crear una cuarta institución (la prensa), fuera del gobierno, a manera de control adicional sobre las tres ramas del poder, ejecutivo, legislativo y judicial”.
Hay abundante jurisprudencia, acumulada a lo largo del siglo XX, que reafirma el derecho de la prensa a cumplir su cometido. Y eso incluye la caricatura satírica, aunque le parezca detestable al poder, como en los monólogos de Kimmel, porque lo que deben cuidar las sociedades democráticas es el vigor del debate público. La primera intención de los poderosos, salvo excepciones, es censurar, limitar y presionar con descaro. Incluso, almas bien intencionadas pueden creer que Kimmel, y tantos como él, se pasan de la raya. Quienes nunca deben pasarse de la raya son los que elegimos para que nos representen, aún cuando tengamos la suerte, que se nos niega por estos lados, de elegirlos.
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