Wednesday, July 1, 2026

Laceiba de Ramón Muchacho el 1 de julio

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Saludos,

Un cisne negro es un evento de una rareza extrema, difícil de anticipar, que una vez que ocurre, tiene un impacto masivo, contundente, capaz de cambiar un sistema entero o sus reglas generales. Los atentados del 11 de septiembre son un ejemplo. El Covid es otro. En ambos casos, días antes nadie podía predecir su ocurrencia y en ambos casos el mundo que vino después no fue una versión ajustada del mundo anterior, sino uno distinto.

El doble terremoto del 24 de junio encaja en esa misma definición. Fue nuestro cisne negro.

El cisne negro no ajusta el modelo, lo trastoca. Para analizar lo que viene no se trata de corregir una variable dentro del ejercicio de escenarios que teníamos, sino de aceptar que el ejercicio mismo de escenarios caducó. Y eso implica consecuencias para todos los actores por igual, sin excepción.

Al rodrigato el terremoto lo desencaja: exhibe en tiempo real, sobre todo ante los tutores, una incapacidad de gestión grotesca. Un régimen que ha construido su narrativa de estabilidad sobre el control del territorio no puede sobrevivir políticamente a semanas de imágenes de una Fuerza Armada ausente y damnificados abandonados a su suerte. Los interinos salen del terremoto más dependientes que nunca del sostén de Washington.

Al campo democrático también lo desencaja, aunque de un modo menos evidente: la debacle del régimen no la capitaliza automáticamente. La indignación existe, es real y es transversal, pero la indignación sin conducción organizada se diluye o, peor, corre el riesgo de desembocar en un “que se vayan todos”. El cisne negro no le regala nada a la oposición. Le pudiera abrir una oportunidad, pero habrá que saberla tomar, con trabajo, presencia, empatía y disciplina.

Y a Estados Unidos también lo desencaja. Después del 3 de enero, el plan de Washington iba sobre ruedas, sin contratiempos: un país estabilizado, con unos “nuevos mejores amigos” como garantes del orden y con un posible cambio político en el horizonte conteniendo la respiración de la mayoría. Ese diseño presuponía que Delcy y su claque iban a ser capaces de administrar el país bajo el tutelaje de Estados Unidos, sin fricción alguna. Ahora el terremoto le mostró a Washington que ese socio no gestiona ni una tragedia natural, que la corrupción de los socios también puede arrastrarlos y que, además, no podrán sino involucrarse de cabeza en la reconstrucción del país. Ese, perdonen, no era el plan original.

Todo se ha movido. ¿El plan de las tres fases sigue siendo el plan? Un plan diseñado para un tablero y un escenario ya no es automáticamente el plan correcto para el tablero que dejó el doble terremoto del 24. Si no les ha caído la locha, debe estar por caerles.


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