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Saludos,
Un cisne negro es un evento de una rareza extrema, difícil
de anticipar, que una vez que ocurre, tiene un impacto masivo, contundente,
capaz de cambiar un sistema entero o sus reglas generales. Los atentados del 11
de septiembre son un ejemplo. El Covid es otro. En ambos casos, días antes
nadie podía predecir su ocurrencia y en ambos casos el mundo que vino después
no fue una versión ajustada del mundo anterior, sino uno distinto.
El doble terremoto del 24 de junio encaja en esa misma
definición. Fue nuestro cisne negro.
El cisne negro no ajusta el modelo, lo trastoca. Para
analizar lo que viene no se trata de corregir una variable dentro del ejercicio
de escenarios que teníamos, sino de aceptar que el ejercicio mismo de
escenarios caducó. Y eso implica consecuencias para todos los actores por
igual, sin excepción.
Al rodrigato el terremoto lo desencaja: exhibe en tiempo
real, sobre todo ante los tutores, una incapacidad de gestión grotesca. Un
régimen que ha construido su narrativa de estabilidad sobre el control del
territorio no puede sobrevivir políticamente a semanas de imágenes de una
Fuerza Armada ausente y damnificados abandonados a su suerte. Los interinos
salen del terremoto más dependientes que nunca del sostén de Washington.
Al campo democrático también lo desencaja, aunque de un
modo menos evidente: la debacle del régimen no la capitaliza automáticamente.
La indignación existe, es real y es transversal, pero la indignación sin
conducción organizada se diluye o, peor, corre el riesgo de desembocar en un
“que se vayan todos”. El cisne negro no le regala nada a la oposición. Le
pudiera abrir una oportunidad, pero habrá que saberla tomar, con trabajo,
presencia, empatía y disciplina.
Y a Estados Unidos también lo desencaja. Después del 3 de
enero, el plan de Washington iba sobre ruedas, sin contratiempos: un país
estabilizado, con unos “nuevos mejores amigos” como garantes del orden y con un
posible cambio político en el horizonte conteniendo la respiración de la
mayoría. Ese diseño presuponía que Delcy y su claque iban a ser capaces de
administrar el país bajo el tutelaje de Estados Unidos, sin fricción alguna.
Ahora el terremoto le mostró a Washington que ese socio no gestiona ni una
tragedia natural, que la corrupción de los socios también puede arrastrarlos y
que, además, no podrán sino involucrarse de cabeza en la reconstrucción del
país. Ese, perdonen, no era el plan original.
Todo se ha movido. ¿El plan de las tres fases sigue siendo
el plan? Un plan diseñado para un tablero y un escenario ya no es
automáticamente el plan correcto para el tablero que dejó el doble terremoto
del 24. Si no les ha caído la locha, debe estar por caerles.
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