Wednesday, September 2, 2026

Laceiba el 2 de septiembre

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Saludos,

El acuerdo del siglo no ha encontrado amigos a montones. Todo lo contrario.

Marco Rubio le concedió ayer una entrevista a Sergio Novelli en español que vale la pena ver. Casi pareció un ejercicio de control de daños ante tanto malestar que se ha generado. Allí aclaró que el acuerdo que se firma no es entre el Gobierno de Estados Unidos y las autoridades interinas de Venezuela sino con la empresa de Alejandro Betancourt, a quien el régimen le había asignado en los últimos años unos pozos, convirtiéndolo así en una especie de zar del petróleo a escondidas (o bueno, ni tanto, porque era algo conocido por especialistas, aunque nunca fue materia de deliberación nacional).

Veremos pues qué firman Wright y Delcy hoy. O si firman Wright y Betancourt con Delcy de notaria. O si firmarán dos documentos por separado. Veremos.

El petróleo, contra los pronósticos de siempre, será todavía por varias décadas la principal fuente de energía. Evidentemente Venezuela necesita aumentar su producción y aprovechar esa que pareciera una última oportunidad. Para ello debe abrirse a inversiones y construir infraestructura, pero sobre todo debe transformar sus paradigmas mentales y legales, y abandonar aquellos del pasado que impidieron que en nuestro país surgiera un empresariado privado fuerte alrededor de la industria petrolera.

La nacionalización de 1976 le puso el cepo final a esa posibilidad. Le negó al capital privado venezolano la mejor oportunidad para desarrollarse, con una lógica que asumía que eso era disyuntivo al logro de la “justicia social”. Muchos creyeron que al asumir el Estado la función empresarial se evitaría que unos pocos se enriquecieran a costillas del recurso de la nación. Pero ocurrió un problema peor que el que se quiso evitar: se enriqueció no el que emprendía (con su carga de riesgo) sino el que capturaba renta a la sombra del Estado. La solución nos hizo a todos más pobres a la larga. Ahora es fácil decirlo, pero en su momento solo muy pocos lo advirtieron.

Ojalá hayamos aprendido la lección. El petróleo, así como lo hemos manejado en los últimos años, no nos sirve, más bien nos destruye. Pero insistimos: el problema no es el petróleo sino la forma como nos hemos organizado para aprovecharlo. Desatar al máximo la dinámica empresarial en el país ha de ser el objetivo de esta nueva etapa de nuestra historia. Al máximo posible, en el marco de la ley y no fuera de ella. Es decir, necesitamos capitalismo. Pero no capitalismo de amigotes, sino capitalismo a secas.

¿Que necesitamos escuelas, hospitales, jubilaciones dignas y carreteras? Claro. Pero no pongamos los bueyes detrás de la carreta: para llegar allí la primera tarea será generar riqueza y no limitarla de antemano.

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