Monday, July 11, 2016

El desnudo del gobernador (de Mérida)

EN: Recibido por email


Lenin Eduardo Guerra
La Patilla
Julio 4, 2016.
http://www.lapatilla.com/site/?s=el+desnudo+del+gobernador

¿Qué clase de protesta es aquella en la cual desnudan forzosamente a los transeúntes para humillarlos? La respuesta es sencilla: no es una protesta. Es terrorismo. Peor aún, es terrorismo de Estado porque se hace con el apoyo y complicidad del gobierno.

Veamos la crónica. El pasado viernes 1° de julio, un grupo de personas armadas y encapuchadas bloquearon por la fuerza el acceso de la Avenida Tulio Febres Cordero en Mérida. Su propósito no fue nunca protestar. Era simplemente impedir que se realizara en esa avenida un acto político en el cual la protagonista era Lilian Tintori, esposa del principal y más connotado preso político venezolano hoy día: Leopoldo López. Estos grupos armados no se conformaron solamente con cerrar la vía atravesando sus motocicletas, sino que también quemaron cauchos, troncos y hasta vehículos que estaban estacionados en las adyacencias. Además, se dedicaron a robar a los peatones, saquearon comercios y vandalizaron los espacios públicos.

Quizá el asunto no hubiese pasado a mayores, porque la mayoría de las protestas en algún momento causan daños a la propiedad, tanto pública como privada. La cuestión radica cuando unos muchachos, cuatro adolescentes desprevenidos pasaron por la zona y fueron rodeados por los delincuentes. Al grito de “¿son opositores o chavistas?” ellos responden con la candidez propia de su edad “somos seminaristas”. Acto seguido se desató la canalla. Los muchachos fueron golpeados, desnudados, escupidos, maltratados,
amenazados de muerte quemándolos vivos. Minutos de terror que
fueron infinitos. Al final, en un gesto de sádica y cobarde
magnanimidad, los hicieron correr desnudos a lo largo de la vía,
poniendo término a este ultraje al dejarlos huir.

¿Qué tanto pudo haber pasado por la mente de estos niños? Todo el
oprobio, toda la humillación, toda la vergüenza, toda la tristeza, toda
la incomprensión, toda la desesperanza… Quizá en esos instantes,
como dignos seminaristas, elevaron una oración muda al Creador
para que su muerte no fuera en vano. O quizá solamente pensaron
en sus familias, en lo que creyeron era el final de su vida. O quizá
simplemente no entendieron nada de lo que pasaba, como el
cordero manso que va al matadero sin saber que va a ser sacrificado.
Seguro que estos niños se miraron a sí mismos, desnudos,
indefensos frente a sus infames captores, preguntándose por qué los
agredían, por qué tanta violencia, por qué los iban a asesinar. ¿Por
qué a ellos? ¿Por qué a nosotros? ¿Por qué?

Terrorismo de Estado. He ahí la respuesta a esta infamia. Es
terrorismo de Estado cuando se usan métodos ilegítimos por parte
del gobierno, o con la anuencia y complicidad de éste, con el fin de
inducir miedo o terror en la población para fomentar
comportamientos o fomentar objetivos que no se producirían por sí
mismo. Es terrorismo de Estado cuando el mismo Estado crea
organizaciones clandestinas convencionales y luego hay negligencia
en su persecución. Es terrorismo de Estado cuando los gobernantes
emplean el uso sistemático de la violencia sobre la sociedad civil. Es
terrorismo de Estado cuando existe la negativa de limitar o perseguir
las acciones de grupos que atenten contra la población. Es
terrorismo de Estado cuando se aplauden y aúpan acciones que
conllevan a crear un estado de terror en la mente de las personas,
invocando para ello motivos políticos o ideológicos.

Lo sucedido con los seminaristas es una muestra más del desespero
del actual régimen por su pronta salida del poder. Pero los
desnudados no han sido esos estudiantes. Es posible que ellos
hayan sufrido un desnudo físico. Pero frente a ese desnudo, decenas
de miles hemos sido solidarios con ellos, porque cualquier de ellos pudiera ser nuestro hijo o nuestro hermano. Y hemos cubierto su vergüenza con el manto de nuestro apoyo y afecto. Para ellos siempre habrá cobijo y cariño, compasión y conmiseración. Hoy más que nunca, y parafraseando a aquel presidente norteamericano, puedo decir que seminaristas somos todos.

El verdadero desnudo ha sido esta miseria de gobierno. Quedaron al desnudo sus antivalores, porque nunca han creído en la democracia como el destino de los pueblos. Quedó al desnudo la fetidez de sus consignas, llenas de odio a falta de un verdadero programa de gobierno. Quedó al desnudo la pusilanimidad de sus acólitos, tristes acólitos capaces de hacerse matar por un mendrugo de pan que les regalas, mientras los personeros del gobierno engordan sus cuentas bancarias en el exterior. Quedó al desnudo su bajeza moral, llena de una ruindad incalificable si eres capaz de atacar a niños y mujeres indefensas y reírse de ello, como en efecto lo han hecho en las redes sociales. Quedó al desnudo su evidente cobardía, porque aunque nos humillen una otra vez usando grupos paramilitares y con la mirada complaciente de la policía, siempre estaremos dispuestos a levantar la frente. Y finalmente, quedó al desnudo su inminente derrota, porque los aires del cambio ya anticipan un amanecer glorioso en este país, donde este régimen y los suyos sufrirán el juicio severo de la Historia.

El desnudo ha sido para el gobernador de Mérida. Ha desnudado su miseria. Y nunca jamás podrá cubrirla de nuevo.

leninguerra@gmail.com

Lenin Eduardo Guerra. Profesor de la Universidad de Los Andes en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, Escuela de Ciencias Políticas en el Departamento de Políticas Públicas. Docente en las asignaturas de Políticas Públicas y de Planificación y Presupuesto Público.

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