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En Una tierra prometida (Debate, 2020), Barack Obama, el presidente número 44 de los Estados Unidos, ofrece un relato detallado, reflexivo e íntimo de su primer período en la Casa Blanca (2008-2012). Un libro de 900 páginas que cuenta su ascenso al poder y los dilemas que enfrentó al frente de la primera potencia del mundo. Uno, entre tantos conflictos, el de la irrupción de la Primavera Árabe en la zona más conflictiva del planeta. Un tiempo de transiciones.
“Desde la perspectiva estadounidense, los hechos más significativos se produjeron en Egipto, donde una coalición de organizaciones juveniles, partidos opositores de izquierda y escritores y artistas de renombre había hecho un llamamiento nacional a protestar masivamente contra el régimen el presidente (Hosni) Mubarak. El mismo día de mi discurso del estado de la Unión (25/1/2011), cerca de cincuenta mil egipcios inundaron la plaza Tahrir, en el centro de El Cairo, para exigir el fin del estado de emergencia, la brutalidad policial y las restricciones a la libertad política. Miles de personas participaron en protestas similares en todo el país”.
“La policía intentó dispersar a la multitud utilizando porras, cañones de agua, balas de goma y gas lacrimógeno, y el Gobierno de Mubarak no solo prohibió oficialmente las manifestaciones, sino que bloqueó Facebook, YouTube y Twitter para intentar reducir la capacidad de los manifestantes para organizarse o conectar con el mundo exterior. Durante varios días y noches, la plaza Tahrir pareció una acampada permanente en la que legiones de egipcios desafiaron a su presidente y exigieron 'pan, libertad y dignidad'".
“Ese era precisamente el escenario que mi directriz de estudio presidencial quería evitar: el Gobierno estadounidense atrapado de repente entre un aliado represivo pero fiable y una población que insistía en el cambio y que expresaba unas aspiraciones democráticas que nosotros afirmábamos defender”.
"Mubarak parecía ajeno a las revueltas que estaban produciéndose a su alrededor , lo cual era alarmante. Había hablado con él por teléfono una semana antes y había sido útil y receptivo cuando comentamos cómo devolver a israelíes y palestinos a la mesa de negociación, así como el llamamiento de su Gobierno a la unidad en respuesta al atentando que habían perpetrado unos extremistas musulmanes en una iglesia cristiana copta en Alejandría”.
“Pero cuando planteé la posibilidad de que las protestas iniciadas en Túnez pudieran propagarse a su país, Mubarak lo descartó, aduciendo que 'Egipto no es Túnez'. Me aseguró que cualquier protesta contra su gobierno se apagaría enseguida. Al escuchar su voz, me lo imaginé sentado en una de la salas cavernosas y suntuosamente decoradas del palacio presidencial en las que nos habíamos reunido por primera vez, con las cortinas echadas y él con aspecto majestuoso en una silla de respaldo alto mientras varios asistentes tomaban notas o simplemente observaban, preparados para atender sus necesidades. Al estar tan aislado, vería lo que quería ver, pensé, y oiría lo que quisiera oír, y nada de eso era un buen augurio".
Seis días después, con los tanques egipcios desplegados por todo El Cairo para sofocar la protesta enardecida, volvieron a hablar y Obama le planteó que dimitiera para garantizar la elección de un Gobierno responsable. Mubarak, elevando el tono de voz, se negó y le dijo 'usted no conoce al pueblo egipcio, Presidente Obama’. Al colgar el teléfono, el presidente estadounidense ordenó hacer público un comunicado de su Gobierno pidiendo la dimisión inmediata de Mubarak. El 11 de febrero, dos semanas y media desde la primera protesta, Mubarak dejó el cargo tras 30 años en el poder. “Me sentí aliviado y prudentemente esperanzado”, escribió.
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