Dos historias marchan en paralelo en la vida política sin un punto de encuentro predecible. La implementación del plan de tres fases diseñado por el gobierno de Estados Unidos para Venezuela, tras los sucesos del 3 de enero, y el regreso de María Corina Machado a Venezuela. Ese regreso significa, nada menos, que la mayoría opositora se pueda expresar a través de un liderazgo reconocido, con sobrada capacidad para conectar con vastos sectores del país. La gran pregunta es si la última etapa de ese plan -la transición- abrirá la puerta a la participación de Machado.
En el reciente artículo de la líder opositora en The New York Post se exponen sus alegatos para considerar urgente y necesaria su vuelta al país con el objetivo de que se produzca la reinstitucionalización de la vida nacional y se enrumbe el proceso democrático. El balance de los nueve meses transcurridos desde el 3 de enero sigue ofreciendo un panorama incierto, marcado por los limitados avances en la agenda política.
Machado señala tres elementos clave: la preocupación que le suscita que una menor presión sobre el régimen lo devuelva a sus conocidos métodos de control social y político; la necesidad de tener un gobierno legítimo que cree el ambiente adecuado para la inversión y la recuperación del país; y la fijación de una fecha para que la elección presidencial se realice en el curso del año próximo.
La líder opositora le habla, sobre todo, a la opinión pública estadounidense, a líderes políticos y sociales y al empresariado. “Estados Unidos ha sido nuestro socio natural durante un siglo. Las empresas estadounidenses nos enseñaron a producir petróleo y nos trajeron nuestro deporte nacional: el beisbol. Tras 27 años de destrucción socialista, queremos recuperar a Estados Unidos como nuestro principal socio comercial y queremos que Venezuela sea una fuente de energía fiable para ese país”.
Machado pone el énfasis en que la existencia de “instituciones sólidas” es lo que otorga garantías a largo plazo “fundamentadas en el Estado de derecho y no en presiones externas”. Y eso es, dice, lo que hace “urgente” su regreso al país.
“Mi deber es acompañar a nuestra gente y canalizar pacíficamente las crecientes tensiones sociales. Debo estar allí para profundizar la organización ciudadana, fortalecer nuestra red cívica y forjar un acuerdo nacional entre civiles y militares. Regresaré y recorreré el país para reconstruir sus instituciones, su economía y su democracia, y para convertirme en el aliado más sólido de Estados Unidos en el hemisferio”.
El siguiente “paso estratégico” que espera es la fijación de la fecha electoral, para ofrecer un horizonte a los venezolanos “para organizarse y participar, incorporando a la sociedad al proceso iniciado con la detención de Maduro”. Mientras el presidente Trump piensa que es “demasiado pronto” para la competencia electoral, Machado sostiene que “quienes temen que las elecciones traigan inestabilidad, lo cierto es lo contrario: unirán al país y aportarán certidumbre”.
No se refiere la líder opositora al “diálogo político” entre le oficialismo y representantes de la Asamblea 2015 que a mediados de este mes entrará en su tercer ciclo de conversaciones para dar seguimiento a las reformas en el Poder Judicial para la renovación de la totalidad de los magistrados del Tribunal Supremo de Justicia y para entrarle al punto de los derechos y garantías políticas, que, también como la transición en el plan de tres fases, es el último de la agenda política.
Sin la presencia de Machado en el país, la participación de la sociedad venezolana — como ella lo subraya en su artículo — está postergada. Un asunto que, en este momento, contiene al otro. Sin resolverlo, la democratización del país, la recuperación de la soberanía y la vida en libertad seguirá siendo un tema pendiente y crucial para la reconstrucción y la convivencia política.
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