Raúl Fuentes
Hoy, 12 de febrero, dispone el calendario de efemérides nacionales que se celebre el Día de la Juventud, oportunidad calva y propicia para que se repitan, sin rubor ni mesura y con exceso de solemnidad, los panegíricos que el oficialismo reserva para ostentar ese patriotismo postizo y cursi, juzgado asertivamente por el Dr. Johnson como «último refugio de los canallas» –Boswell, en su magistral biografía del gran hombre (La vida del doctor Samuel Johnson), previendo inescrupulosas descontextualizaciones, precisó que la sentencia aludía al exacerbado chauvinismo que sirve de coartada a los felones para privilegiar sus intereses–, a partir del cual ha amalgamado un batiburrillo de lugares comunes y reescrito la historia, a fin de forjar la leyenda del comandante y hacer de su imagen objeto de adoración ritual –¡Hosanna en las alturas del cuartel de la montaña!–. Los oficiantes del herético culto no esconden sus desmedidas ambiciones de disfrutar del poder for ever –«Para siempre, lo nuestro será para siempre, lo nuestro no tiene final», cantan cual Yordano–; y, de allí, su sacralización de la gesta emancipadora, en tanto antecedente (desquiciado y delirante) de la fementida revolución bolivariana. Hoy, el fárrago discursivo del jefe civil y la revista de variedades castrense con su paródica evocación de lo acaecido en La Victoria hace 202 años acapararán el espectro audiovisual.
Como parte de su proyecto de dominación perpetua, la pandilla de (in)civiles y gorilas que nos subyuga con la aquiescencia, más bien alcahuetería, del tsj (seguimos la pauta de Rodolfo Izaguirre porque a minúsculas redujo sus siglas la guarimba judicial del ejecutivo) se apropió del pasado para confiscarnos el presente y abjurar del porvenir. Se vale, a tal fin, de un monopolio mediático que le permite transformar sus embustes en incontrovertibles certezas –ejemplo palmario: jurar y perjurar que la oposición participa de un diálogo muerto y enterrado, sin que sus voceros dispongan de espacios para desmentirles–; sin embargo, hay hechos inocultables en relación a la fecha que motiva estas líneas: momentos estelares en el ejercicio del antagonismo militante al castro-chavismo que vale la pena traer a la memoria.
El primero de ellos, que devolvió las esperanzas al venezolano y avivó su talante democrático, tuvo lugar el 12 de febrero de 2012, cuando más de 3 millones de ciudadanos decidieron participar en elecciones primarias, abiertas y pluripartidistas de las que emergió como candidato de entendimiento nacional Henrique Capriles Radonski, quien no pudo imponerse al ventajismo del paracaidista ni neutralizar el sesgo chavistón de un ente arbitral más decorativo que Ipostel; el mismo que, más adelante, cumpliría a pies juntillas la última voluntad del supremo astro galáctico y proclamaría vencedor, bajo sospecha de fraude, a Nicolás Maduro en los comicios de 2013; esto es, empero, harina de otro costal: lo relevante es que, a partir de entonces, quedó claro que la unidad era (y sigue siendo) el camino a transitar, y era imperativo cambiar la rectoría electoral, para lo cual había que controlar el Parlamento, objetivo que se logró en diciembre de 2015… pero, por las buenas, no hay vida con esta gente y allí están las brujas cabalgando en sus escobas.
El 12 de febrero de 2014 –se festejaba el bicentenario de la batalla de La Victoria– estallaron, a escala nacional, protestas masivas de marcado acento juvenil que abogaban por la «salida» de Maduro, sin pasar por el Go del revocatorio. En repuesta a tal exigencia, el gobierno ordenó disparar contra indefensos manifestantes. Decenas de muertos, centenares de heridos y miles de detenidos (Leopoldo López y Antonio Ledezma los más emblemáticos) fue el saldo de la atroz ofensiva roja que contó con la participación protagónica de la fuerza armada nacional bolivariana en conchupancia con sanguinarias gavillas paramilitares. Los más de 100 presos políticos confinados en infames ergástulas, que ponen de bulto por dónde se pasan Maduro y su comandita los derechos ciudadanos, son imborrable huella de una propuesta voluntariosa, un tanto al margen de la ruta trazada por la MUD, pero de ninguna manera desechable, que dejó tras sí imaginativos aportes a ser repensados ahora que se habla de reestructurar la mesa, operación que, esperamos, no sea mera cirugía estética, sino riguroso trasplante de órganos funcionales que le insufle nuevos bríos y preserve su principal capital político: la unión. En este sentido, compartimos con Mitzy Capriles la tesis de que «la unidad está más viva que nunca»; hay, ¡no faltaba más!, quienes no lo creen así: el gobierno, por temor a aquello de que «el pueblo unido jamás será vencido»; y los oportunistas de la contra complaciente, porque no compagina con su mezquina pretensión de conservar o recuperar sus feudos.
Las primarias y «la salida» son experiencias complementarias. Actuar en el marco constitucional no implica renunciar a la calle; tampoco protestar postula abandonar tribunas y oportunidades para el debate. Se trata de armonizar dos maneras de entender la resistencia y no de elegir, por ejemplo, entre elecciones y desobediencia civil. Con esta se puede forzar aquellas. Ninguna posibilidad de sintonizar con la ciudadanía, por mínima que sea, puede ser descartada, sobre todo, si se tiene en cuenta la descomunal asimetría de recursos existente entre el “dictaduro” y sus adversarios. Y, aunque el circo no pueda suplantar al pan, ni este alcance para mantener a raya a una población que no come con el recuerdo de Chávez y está harta de Maduro, es procedente evaluar en qué medida el bozal de arepas (Clap) y el racionamiento patrio-carnetizado condicionan al votante que sufraga obedeciendo a los impulsos del estómago y el dictado del culillo. Al respecto, hay que pararle, y mucho, a Ángel Oropeza y su reflexión en torno a los efectos de las misiones sobre la frustrada revocación del napoleoncillo de Sabaneta (“Estamos en 2003. Otra vez”, El Nacional, 7/2/17). Hay un colosal timo electoral en pleno desarrollo; si la MUD no sale de terapia intensiva y se pone pilas, habrá que prenderles velas a otros santos, porque si bien es cierto que ya esto no hay quien lo aguante y que, de buenas a primeras, se puede armar una de Padre y muy Señor nuestro, no es menos cierto que el combo cívico-militar apuesta por un traspié similar al Carmonazo. Hoy, por las antedichas razones y aprovechando que es su día, debemos entregar la batuta a los jóvenes… ¡y los fósforos!
No comments:
Post a Comment