El grado de influencia de Salvador Garmendia sobre la literatura venezolana está todavía por calcularse con precisión. Su obra no es escasa ni se confina a un género, abarcando la novela, la noveleta, el cuento, el minirrelato y modalidades “aplicadas” de la narrativa como el guión televisivo y radiofónico. Un buen paso para empezar definitivamente a calibrar su herencia lo ha dado Fundavag Ediciones al poner a nuestra disposición, por primera vez, sus Cuentos completos –que incluyen las mencionadas miniaturas– en tres monumentales tomos coordinados por Federico Prieto. A cargo del prólogo estuvo Alberto Márquez y, de la compilación, Elisa Maggi –quien aporta inéditos y textos dispersos en revistas–; a lo que se añade una útil bibliografía preparada por Guillermo Ramos Flamerich. En lo que a las letras nacionales concierne, esta constituye, acaso, la novedad bibliográfica más importante de 2016.
Doble fondo (1966), Difuntos, extraños y volátiles (1970), Los escondites (1972), El inquieto Anacobero y otros cuentos (1976), El único lugar posible (1981), Hace mal tiempo afuera (1986), Cuentos cómicos (1991) son solo algunos de los volúmenes donde Garmendia recogió su narrativa breve y, aunque varios tenían rasgos de cuentarios –es decir, conjuntos de sintaxis planificada, productora de sentido adicional al de cada uno de los relatos por separado–, ver la totalidad de sus cuentos y microcuentos reunida suscita una impresión de vastedad y riqueza, tanto por atestiguar un esfuerzo de lustros como por la amplitud tonal, estilística, temática. El repertorio garmendiano, según lo resalta Márquez en su prólogo, va del realismo a lo fantástico, de lo ominoso a lo risible, de lo trágico u oscuro a lo ligero y hasta farsesco; más crucial aún, la paleta de su ficción ofrece abundantes zonas donde las polaridades se suspenden para que los extremos se aproximen, convivan, se necesiten unos a otros. Lejos de la monotonía de numerosos escritores connacionales de limitados registros, creo que Garmendia, en efecto, se impone en nuestra memoria por su capacidad de explorar tal diversidad y por la solidez sin intermisiones de sus resultados.
Hay, desde luego, constantes en su proteísmo. Una radica en su tendencia informalista estudiada por Ángel Rama, esa particular óptica que nos expone a un “universo visceral poblado de malos olores, malos sabores, deformidades. Los hombres y mujeres [sic] que pasan por sus novelas parecen descendidos de una galería pictórica expresionista. Garmendia consigue que los seres humanos normales y rutinarios asuman aspectos insólitos, apariencias sobrecogedoras, muchas veces repugnantes como los monstruos de circo. Todo pertenece a la realidad pero ella es alucinante, atroz, dolorosa; a veces perversa. Ninguna confianza puede depositarse en sus formas, ya que no son otra cosa que manifestaciones protoplasmáticas de una materia intestinal en transformación y descaecimiento” (Salvador Garmendia y la narrativa informalista. Caracas: U.C.V., 1975, pp. 23-26). Aun más que sus novelas, los cuentos de Garmendia se erigen, a mi ver, en laboratorios de una enfática abyección propulsada por la inmediatez y la violencia que la mayor economía verbal exige. Las palabras de cierto personaje, por ejemplo, se equiparan a “esqueletos de fonemas, formas sin alma, encalambradas y a veces siniestras[, de] una especie única, martirizante y sorda” (Cuentos completos vol. 1, p. 431); la nariz de otro personaje se nos presenta como “un pedazo de barro tostado y cubierto de cáscaras” (vol. 2, p. 52) y una espalda femenina como “superficie en movimiento que cría ramas, bulbos, racimos de pólipos o brotes carnosos que evolucionan y se ensanchan” (vol. 2, p. 54); los dedos del administrador de un hotel son “pedazos de cuero que han recibido una buena capa de lustre” (vol. 2, p. 95) y un gato se vuelve “grumo de yeso pintado, luego simple desperdicio producto del destrozo general” (vol. 2, p. 126). Entre escombros y fermentaciones, la esencia del entorno poco dista de la náusea. Pese a su monstruosidad, dicha cosmovisión tiene un talante político y social concreto; baste con apuntar que coincidió y acabó de gestarse con la del grupo de El Techo de la Ballena, en el cual convergía una vocación izquierdista y lo que Adriano González León, otro de sus integrantes, denominó “Investigación de las basuras”: feroz crítica de la Venezuela que llamaba la atención internacional por su prosperidad, su triunfalismo progresista y sus actitudes nuevo ricas. Si debemos continuar reparando en la función de lo grotesco en Garmendia ello se debe a que sus técnicas se han revitalizado en la narrativa de principios del siglo XXI, cuyos autores se formaron leyéndolo. Las fábulas del deterioro nacional que una y otra vez encontramos en Alberto Barrera Tyszka, Óscar Marcano, Gisela Kozak, Mario Morenza, Enza García Arreaza, Rodrigo Blanco Calderón, Gustavo Valle, Carlos Sandoval, Héctor Torres, Víctor Carreño, Pedro Plaza Salvati, Carolina Lozada y otros actualizan el legado informalista, solo que recontextualizado en una Venezuela que, de acuerdo con los estentóreos discursos oficiales, se identifica con la izquierda y un presunto cambio de valores. La situación está plagada de sorpresas, dobleces e ironías.
Aparte de ese instrumento expresivo de usos hoy independientes de su génesis, otra constante de la labor que revisitamos, más obvia en la narrativa corta que en las novelas, es una ocasional reorientación hacia la lírica o hacia la autonomía expresiva, un lenguaje que reclama una condición, si no preponderante, al menos igual a la de la sola relación de eventos –eso, no lo olvidemos, es lo que distingue una narración literaria de las anécdotas orales o las entreveradas en géneros propios de las ciencias sociales, la historiografía o el periodismo–. La inclinación por lo poético o apotegmático no se manifestará sin rodeos hasta avanzada la carrera garmendiana, y ocurre desde la época de composición de Hace mal tiempo afuera. Como la gran mayoría de sus libros, tampoco ese era del todo realista; sin embargo, si previamente lo fantástico surgía de la degradación de lo real, de la interiorización de una escatología cotidiana, ahora va a nacer de un divagar del narrador por fraseos y visiones de una subjetividad que, si bien no le era ajena, jamás había frecuentado con semejante intensidad y concentración. Tan incuestionable es el lirismo del volumen de 1986 y de textos posteriores que varias piezas aceptan lecturas de poema en prosa. Por solo mencionar algunos casos, la legislación de la poesía corre pareja a la del cuento en “Chaguaramos: Rómulo y Remo”, “Un niño regio, hermoso”, “Navegaciones”, “Esperar la luz verde” (vol. 2), “Esperpentos”, “Instrumentos menores”, “Mi querida tía”, “Una avispa dorada”, “Otro”, “En boca cerrada” y “La dificultad de ser hombre” (vol. 3).
En los momentos en que pactan lo anecdótico y la expresividad pura, se desarrollan a fondo obsesiones características de nuestro autor. Una de ellas, el tiempo o la caducidad de los seres u objetos a su merced. La imagen será a veces la de una materia sólida, cuando no pétrea. En “Horario de salida”, un burócrata al filo del aburrimiento puede colocar su sombrero “encima de sus cuarenta años” y dejar su oficina (vol. 2, p. 441); en “El relámpago de las praderas”, denso retrato de un ensueño infantil, la madurez del protagonista se inicia luego de que “un gran pedazo de tiempo ha rodado de su sitio” (vol. 2, p. 447); “Revelaciones del maestro” es una reflexión explícita:
Esto que creemos que pasa continuamente delante de nosotros no llega a ser la representación del tiempo verdadero. Es solo una elaboración artificial, confeccionada con astucia, por lo que pocas veces se hará sospechosa de impostura.
Pero el genuino artífice desdeña las superficies transitorias, desecha las repeticiones y prefiere intervenir oblicuamente en sus criaturas, recostado en el lado oscuro de los sentidos como si reposara sobre sí mismo. (Vol. 2, p. 493)
Para concluir, quiero enfatizar un argumento que Alberto Márquez esboza en su sensato e indispensable prólogo. Refiere Garmendia en un artículo allí citado que los lectores le comentaban la perplejidad que sus “bromas” causaban cuando los asuntos eran graves. De lo anterior, Márquez deduce, con razón, que el gracejo cultivado en estos escritos no es el “fácil”, al cual “es dado el venezolano”, y que, por consiguiente, la recepción suele estar asediada por la incomprensión: “la risa que logran sacarnos sus cuentos proviene del mismo pozo de donde salen el dolor y la duda, la angustia por lo que existe, por lo que estuvo y ya no está” (vol. 1, p. 22). Considero indiscutible que Garmendia no pertenece ni al bando de los letrados momificados por una sed de trascendencia que les impide adentrarse en el humano dominio de lo ridículo o burlesco ni pertenece al bando contrario, incapaz de desprenderse de la frivolidad pop y la guasa vodevilesca o costumbrista, en demasiadas oportunidades confundidas en Venezuela con el “humor”. Si nos atuviéramos a esos patrones, ¿qué hacer con una pieza como “¿…?”, recién salida del Ouvroir de littérature potentielle?:
¿Por qué andan rodando por ahí tantos corazones adoloridos?
¿Por qué andan rodando por ahí tantos corazones?
¿Por qué andan rodando por ahí tantos?
¿Por qué andan rodando por ahí?
¿Por qué andan rodando?
¿Por qué andan?
¿Por qué?
Por no poder atenderlos sus dueños. (Vol. 2, p. 549)
La bitonalidad se aúna a la indeterminación genérica, lo que requiere del lector un mínimo de sofisticación y cierto entrenamiento en sutilezas que una educación centrada en los medios de comunicación de masas, con los compartimientos estancos de sus “géneros”, rara vez provee. Aunque Garmendia se ganó la vida trabajando para la televisión y la radio, su prosa literaria jamás recae en los formulismos ni en su estúpida y nostálgica celebración. El panorama que definen con nitidez estos Cuentos completos sirve de fehaciente prueba.
En tiempos en que la literatura venezolana y sus grandes logros se encuentran tan menospreciados como otros aspectos de la vida nacional, el rescate y la relectura que propone Fundavag merecen aplauso. Serán, sin duda, reconocidos en el futuro por lo que tienen de aporte a una lucha colectiva contra la desmemoria.
*Incluye un prólogo de Alberto Márquez y una bibliografía realizada por Guillermo Ramos Flamerich. El diseño de la publicación estuvo a cargo de Waleska Belisario.
Cuentos completos
Salvador Garmendia
Federico Prieto, coord.; Elisa Maggi, comp.
(3 vols.) Fundavag Ediciones
Caracas, 2016
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