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Saludos,
La semana fue noticiosa y las que vienen lo serán mucho más. Con Alex Saab preso en Miami y José Luis Rodríguez Zapatero imputado en España, es razonable esperar cada vez más revelaciones sobre la gigantesca trama de corrupción que ha tenido su centro de gravedad en la dictadura venezolana.
Tenemos la certeza de que lo ocurrido en Venezuela superará por mucho cualquier escándalo de corrupción que hayamos visto en los últimos años en el mundo. Nos podrán acusar de exagerados, pero saquemos la calculadora y hagamos cuentas.
Tomemos como estándar el famoso “Lava Jato”, la mayor investigación judicial de corrupción de la historia de América Latina. Lo que esa investigación destapó fue una red de corrupción de Odebrecht y otras grandes empresas brasileñas, que pagaban sobornos a funcionarios de Petrobras a cambio de contratos inflados. El monto comprobado en sobornos rondó los $780 millones. El escándalo embarró a presidentes y funcionarios en Argentina, Perú, Colombia, Ecuador, Panamá y Venezuela; gobiernos enteros cayeron, expresidentes fueron a la cárcel, y Brasil todavía procesa la crisis institucional que dejó.
Comparemos eso ahora con Venezuela.
Raúl Gorrín, un solo hombre, un solo caso, presuntamente movió $1.200 millones en sobornos según la acusación que existe en su contra en los Estados Unidos. Eso es casi el doble que todos los sobornos documentados de Lava Jato, él solito.
Se estima que en Petrobras pudieron perderse hasta $18 mil millones a lo largo de los años. PDVSA, solo en los casos que hoy cursan en tribunales estadounidenses, tiene implicados $36 mil millones repartidos en 16 investigaciones distintas.
No hay ningún caso en la historia moderna que pueda competir en magnitud con el saqueo de Venezuela. El de Ucrania bajo Yanukovych dicen que pudo haber superado los $37 mil millones, pero esas cifras son proyecciones en disputa, estimaciones. Los $36 mil millones solo de PDVSA están en actas judiciales, y eso es solo lo que ha llegado a tribunales en un solo país.
Estamos comparando a los criollitos con las Grandes Ligas, pues.
El mundo no ha terminado de calibrar lo que ocurrió en Venezuela. La corrupción es un flagelo común a muchas democracias y en particular a las de América Latina, y el ojo externo y desinformado las equipara todas y las considera equivalentes, como ejemplares de una misma clase. Pero la corrupción venezolana durante el chavismo fue de otra clase, de otra liga, y quizás el proceso contra Rodríguez Zapatero permita comprender mejor la profundidad y extensión del fenómeno.
Esa incomprensión ha permitido que cierto tipo de política hacia el régimen no solo haya sobrevivido sino que se presente como razonable. Para quienes así piensan, que María Corina no se haya reunido con Sánchez fue una intransigencia sin sentido, pero viendo lo que se gesta en España, puede que les caiga la locha a algunos de por qué no lo hizo.
Los juicios en Estados Unidos y en Europa van a seguir avanzando. Otros nombres que ya conocemos y que hasta ahora parecían intocables, caerán. Probablemente otros que no sospechamos emergerán. Uno no puede sino agradecer que haya países y tribunales dispuestos a investigar nuestra tragedia, aun cuando no sea para salvarnos a nosotros sino para corregir el daño causado en sus propias jurisdicciones. La magnitud del saqueo que va a quedar registrada en actas judiciales es sideral, monstruosa.
Toda sociedad opera con dos memorias. Una es la histórica: convertirá este saqueo en material inagotable para series, películas y novelas. Vendrá en unos años, cuando todo esté más decantado, un furor como el que hubo con el narco, pero con cosas más sorprendentes, no lo duden. La otra es la política, que es la que nos ocupa ahora: en esta etapa de recuperación y transición, cualquier conversación seria que ignore o minimice la escala del saqueo será sospechosa de querer pasar la página pero para seguir atascados en la misma historia.
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