Bendita palabra, tan cotidiana para nosotros como los buenos días, con la que animamos a otros y a nosotros mismos: «¡Hay que tener esperanza!», nos decimos; o «¡La esperanza es lo último que se pierde!», repetimos también con frecuencia. No le falta razón a esta última convicción popular, porque una vez que se pierde la esperanza, en verdad ya no nos queda nada.
Desde el punto de vista teológico, la esperanza es una certeza de destino trascendente, pero también el anhelo de felicidad presente; la convicción de que las cosas van a salir bien no por obra del azar, sino por la confianza en Dios y en todas las facultades de las que nos ha provisto.
No hemos venido al mundo a sufrir, sin embargo —lo sabemos bien estos días—, el sufrimiento existe y nos sorprende de manera inesperada.
En su obra “El hombre en busca de sentido”, Viktor Frankl explica que el sufrimiento es, curiosamente, una de las maneras de encontrarle sentido a la vida, porque ante un padecimiento inevitable, el ser humano puede hallar razones para seguir adelante. A partir de su experiencia de reclusión en los campos de concentración nazis, Frankl señala que una razón fundamental para la supervivencia de quienes lo consiguieron era la certeza de un proyecto vital que esperaba por ellos en el futuro.
Lo opuesto a la esperanza es la desesperación, que se hace presente cuando nos invade la sensación de que aquello que nos hace padecer se nos vuelve eterno y no vislumbramos su final.
Es fácil caer en la paralizante desesperanza y ser atrapado por su espiral de negatividad y desaliento.
En nuestro entorno vital y en el tiempo que vivimos, encontraremos razones tanto para sentirnos esperanzados como para —como diría Dante— «abandonar toda esperanza». En nosotros está el cambiar de actitud: poner nuestro énfasis en la bondad y el bien, que suelen ser silenciosos frente a la escandalosa maldad; recordar que la historia universal y la nuestra propia están llenas de acontecimientos terribles, naturales y humanos, que nuestros antepasados lograron superar para seguir adelante en la siempre maravillosa aventura de la existencia; y también, buscar ayuda profesional cuando sea necesaria.
Incluso en los recientes acontecimientos de la tragedia sísmica venezolana hallamos hermosas razones para estar esperanzados: desde aquellos que se aprestaron de inmediato a socorrer y salvar, hasta la hermosa sonrisa de una niña que se asoma entre los escombros.
Volviendo a Frankl, todo lo que le acontece al ser humano tiene un sentido; encontrarlo y transitarlo es el único antídoto contra la desesperanza.
Concluyo estos breves apuntes sobre la esperanza con la reflexión que sobre ella hace Václav Havel, defensor de los derechos humanos, dramaturgo y primer presidente de la República Checa: «La esperanza, en este sentido profundo y estricto, no tiene la medida de nuestra alegría por la buena marcha de las cosas ni la de nuestras ganas de invertir en empresas prometedoras de éxito inmediato, sino más bien la medida de nuestra capacidad de esforzarnos por algo simplemente porque es bueno, y no porque su éxito esté garantizado. Cuanto más adversa sea la situación en la que conservamos nuestra esperanza, tanto más profunda será esta».
Ciertamente, ante las múltiples adversidades que se nos han instalado, pocas situaciones en nuestra historia son tan propicias como la que estamos viviendo para profundizar nuestra esperanza.
Laureano Márquez P.
@laureanomar
No comments:
Post a Comment