Las cosas en la vida parecen obvias, cuando se mira hacia atrás. El desafío consiste en comprender eventos y tendencias antes de que pasen, lo que es de especial importancia cuando se trata de la desaparición de la democracia.
En su excelente último libro, How Democracies Die (Cómo mueren las democracias), Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, profesores de la Universidad de Harvard, emplean la experiencia internacional para analizar este tema. En casos recientes, como Hungría, Polonia, Turquía y Venezuela, o en más antiguos, como Italia, Alemania, Argentina o Perú, la democracia no murió porque un gobierno elegido hubiera sido derrocado, sino por obra de los líderes electos.
El modus operandi es sorprendentemente similar. Un demagogo populista elegido elimina o debilita los mecanismos de control y equilibrio de su autoridad socavando la independencia del poder judicial y de otras instituciones, restringiendo profundamente la libertad de prensa, desnivelando la cancha para que sea más fácil ganar elecciones, y deslegitimizando y encarcelando a sus adversarios politicos.
Venezuela proporcionó muchas de las lecciones que citan Levitsky y Ziblatt: su democracia ya es un cadáver. La cuestión allí es cómo resucitarla, un desafío que se hace más difícil por la hiperinflación y la catástrofe humanitaria que vive el país.
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