Saturday, July 4, 2026

Laceiba de Ramón Muchacho el 4 de julio

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Saludos,

Si a Maduro no se lo hubieran llevado el 3 de enero, la respuesta al terremoto quizás habría sido peor porque habría bloqueado el apoyo de Estados Unidos. En cambio, si no se hubieran robado las elecciones, con Edmundo González Urrutia al frente de la presidencia, la respuesta sin duda habría sido mejor, más organizada, transparente, empática y confiable.

Pero bueno, como reza el dicho: «si mi abuela tuviera ruedas»… nuestra realidad hoy es que los próximos meses serán una batalla contra miles de obstáculos, con capacidades que el régimen no tiene ni puede concitar.

Las fases posteriores a un desastre natural son previsibles. La primera dura 30 días: búsqueda y rescate, atención médica de emergencia, garantizar acceso a agua potable, lo básico, pues. A medida que pasan los días y las esperanzas de salvar vidas decrecen, sigue siendo una obligación moral recuperar los cuerpos para que sus deudos puedan darles sepultura.

Las que vienen son tareas harto complejas. Para ilustrarlo, veamos solo una: la remoción de escombros.

¿Cuántos escombros dejaron los terremotos? Todavía no hay un cálculo. Lo que sí sabemos es que en removerlos tardaremos años.

El terremoto de Japón de 2011 dejó 22 millones de toneladas de escombros. Tardaron cuatro años en limpiarlos. Una de las sociedades con mayor capacidad industrial, con maquinaria hiperavanzada, un gobierno organizado y mucho dinero público y privado.

Ahora veamos el otro extremo: el terremoto de Haití de 2010. Para remover unos 10 millones de metros cúbicos de escombros tardaron diez años. Haití es uno de los países más pobres de la tierra, sin inventarios de equipo pesado, sin dinero y con un gobierno débil. La gente lo hizo con palas y picos y con dinero de donantes externos.

Venezuela no es Japón, pero tampoco es Haití. No hace falta explicar por qué no somos Japón, pero esta semana, en medio de tanto dolor, se ha comprobado que sí hay tejido y capital social venezolanos, que han resistido los embates de una revolución que quiso cooptar a la sociedad y no lo logró del todo. Es decir, no somos Haití.

Sería todo más fácil con un cambio de gobierno. Los que hoy están al frente por el robo y la traición, y que ni siquiera pueden darle la cara al país, menos podrán responderle en esta coyuntura que exige un liderazgo honesto, serio, profesional y con legitimidad democrática. Lo que viene en los próximos días dirá si Venezuela toma en su recuperación la ruta de Japón o la de Haití. Es una disyuntiva no menor, como podrán entender, y que irá cobrando cada vez mayor urgencia.

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