Thursday, August 20, 2026

Editorial El Nacional: Fidel, ídolo falso

 EN: https://www.elnacional.com/editoriales/2026/08/fidel-idolo-falso/

“El presidente Fidel Castro -comenzó Delcy Rodríguez su mensaje por Telegram el pasado 13 de agosto- forma parte de los líderes que trascienden el tiempo y permanecen en la memoria colectiva”. Ni ella, ni el dictador cubano, fueron electos por sus pueblos, en procesos libres, para ocupar la presidencia. Una mentira de partida en la primera oración y dos afirmaciones que pueden ser verdad pero que requieren ser acompañadas de una simple pregunta: ¿Cómo trasciende y permanece la figura de Castro? Y nunca sobra una más: ¿lo absolverá la historia?

En la mente de Delcy Rodíguez aún perdura la anquilosada cartilla revolucionaria, que le exige, en este momento, aparentar lo que no es. Pero tuvo ese desliz de elogiar al dictador cubano, para aplacar tal vez las voces chavistas que no entienden la sumisión a Washington. No le ven haber quedado muchas ganas de volver a hacerlo luego de la reprimenda de Marco Rubio, canciller de míster Trump y el hombre que ideó la fórmula del tutelaje, según nos cuenta en este articulo Ramón Escovar León sobre la estrategia después de Maduro.

Delcy, y su hermano, por herencia de su padre, se formaron políticamente en aquellos grupos de izquierda resultantes de las divisiones, una tras otra, que siguieron a la derrota militar y política de las guerrillas de los años sesenta. A mediados de los años setenta, esos minúsculos grupos con presencia ruidosa en universidades y liceos y con aparatos armados para operaciones propagandistas con fines financieros, aún se declaraban marxistas-leninistas, unos incluso maoistas, y rechazaban a la democracia burguesa que convocaba a las urnas cada cinco años a los venezolanos y en muy apreciable cantidad.

Hubo otra izquierda que mucho antes entendió el error de privilegiar el uso de las armas para hacer política y se distanció, por tanto, de la línea que La Habana trazaba y alentaba con pólvora y cursillos para los “auténticos” revolucionarios. Fue la izquierda que se pacificó en el primer gobierno de Rafael Caldera y se convirtió en la tercera pata del sistema bipartidista que lideraron Acción Democrática y Copei.

La irrupción de Hugo Chávez en 1992 despertó a aquellos cadáveres políticos, que sin moverse un ápice de sus ideas de la lucha de clases, avistaron la posibilidad de derrumbar el sistema democrático, que mostraba serias grietas de deterioro económico y social y creciente desprecio político. Dos años después, el comandante fracasado de la intentona golpista era recibido por el propio Fidel en la escalerilla del avión al aterrizar en Cuba y luego, en la Universidad de La Habana, sería Chávez quien le daría las llaves del poder en Venezuela y de la soberanía del país.

Lo que no logró por las armas en los sesenta, lo consiguió Fidel cuarenta años después en una operación de seducción política que le ha salido muy cara, y muy dolorosa, a los venezolanos. Y eso es lo que permanece en nuestra memoria colectiva: la entrega de uno y el aprovechamiento de otro para condenar a dos pueblos, el nuestro y el cubano, a la miseria, la privación de la libertad y al exilio.

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