EN: Recibido por email
El terremoto que hemos
padecido en Venezuela me ha puesto a meditar sobre el tema del miedo; entre
otras cosas, porque mientras escribo estas líneas en la madrugada caraqueña,
aún siento —sin razón real— la sensación de que está temblando y de que el
trágico episodio del 24 de junio puede repetirse.
Es decir, quedé
marcado con un temor a los sismos que permanecerá el resto de mi vida.
Todo esto lo resume,
como suele suceder con frecuencia, un refrán popular venezolano: «el picado de
culebra, cuando ve bejuco tiembla».
El refrán, sabio como
todas las intuiciones populares por las verdades que expresa, esconde un
contenido más profundo: nos remite a la manera como opera nuestro cerebro a la
hora de producir esa respuesta instintiva que denominamos «miedo».
En nuestra defensa,
los seres humanos tenemos dos grandes salvadores que nos mienten, pero para
nuestro bien: el cerebro y la madre. Ambos se ocupan de generar en nosotros
temores para mantenernos alejados de los peligros.
Cuando el cerebro «ve»
un bejuco parecido a una culebra, no tiene tiempo de examinarlo con cuidado
para verificar qué es. Él prefiere mandarte a correr mientras determina si la
amenaza es real. Bueno, la explicación científica es que el Tálamo (no el
nupcial, el otro) envía una respuesta rapidísima a la Amígdala (no la de la
garganta, la otra) y ordena una reacción inmediata que la parte racional del
cerebro no tiene tiempo de cancelar y en nanosegundos prepara el cuerpo para la
lucha o la huida. Si no funcionara de esta manera, viviríamos siempre en gran
riesgo de perder la vida por no estar alertas ante el peligro.
Es también lo que
hacían nuestras madres, bien a cholazo limpio, cuyo lanzamiento se producía
también en nanosegundos, o bien de una manera más tierna cantándonos: «duérmete
niño, duérmete ya, que viene el Coco y te comerá».
Los seres humanos
vivimos básicamente dos clases de tragedias: las naturales y las que producimos
nosotros mismos. Las primeras, obviamente, no requieren de mayor comentario ni
explicación, las conocemos bien; las segundas están constituidas por una infinita
variedad de acciones con las cuales nos causamos daño: guerras, exterminios,
crímenes, regímenes políticos opresores y violadores de los derechos humanos,
entre otras tantas.
Podríamos decir que
las primeras pertenecen a la naturaleza física regida por la ley de necesidad y
las segundas a la naturaleza humana regida por la libertad y el libre albedrío,
es decir, son políticas, atendiendo al concepto aristotélico de zoon politikón, y aquí entramos en el sísmico territorio
de la ética. Ambas generan en nosotros miedo, ambas son destructivas por igual
y muchas veces las humanas lo son en un nivel superior a las naturales. El
miedo, ya lo decía Maquiavelo, es una de las herramientas más poderosas de las
que se puede disponer en política.
Las tragedias naturales
son, casi siempre, impredecibles, y solo cabe estudiarlas con nuestra ciencia y
prepararnos para ellas. Volviendo a Maquiavelo, ya lo decía en el capítulo XXV
de El Principe: «la fortuna es árbitra de la mitad de nuestros actos; pero nos
deja regir la otra mitad, o poco menos, a nosotros». De modo que si uno vive
junto a un río debe estar listo para las crecidas y construir diques; si uno
vive en zona sísmica, debe estar entrenado para afrontar un terremoto.
Las tragedias humanas,
en cambio, son predecibles. Por ejemplo: cuando un régimen proclama que un
grupo étnico, social o religioso no está compuesto por seres humanos, sino por
bichos, y simultáneamente construye cámaras de gas, solo un Chamberlain puede
creer que no se está preparando para aniquilarlos.
No pocas veces hemos
visto acciones humanas borrar ciudades enteras con más eficiencia que un
terremoto. Le tenemos, pues, miedo a la naturaleza y miedo también a nosotros
mismos.
El ser humano necesita
del miedo para protegerse. Llama la atención que, en los países del primer
mundo, donde la seguridad es mucho mayor que en nuestros predios del
subdesarrollo, las sociedades tengan que inventarse temores. Veo, por ejemplo,
los Sanfermines en España: jóvenes que se enfrentan a manadas de toros para
sentir una adrenalina que la aburrida vida cotidiana no les ofrece. A nosotros,
sin embargo, que vivimos miedos permanentes y cotidianos, ante lo natural y lo
humano, no se nos ocurriría jamás inventarnos un peligro adicional, tenemos
suficientes. Por el contrario, estamos buscando la manera de quitarnos
angustias de encima.
El miedo, que es una
emoción normal, puede convertirse en algo patológico cuando deja de protegernos
para transformarse en una limitación. Es entonces cuando la alerta se
descoyunta en ansiedades generalizadas, trastornos de pánico o fobias
persistentes; cuando el miedo, que es el guardián de nuestra vida, se convierte
en carcelero de nuestra libertad. Para evitar esto último debemos tomar
acciones cotidianas: desarmar los pensamientos trágicos, detectar los temores
habituales y actuar para enfrentarlos, controlar las reacciones físicas y
desarrollar mecanismos de autocontrol. Mucha información puede hallarse sobre
esta materia.
Alguien comentará: «es
muy fácil decirlo, lo complicado es ponerlo en práctica». Es verdad. Quien
escribe no lo hace desde la ausencia de miedos, que los tiene y muchos; algunos
de ellos no se atreve ni siquiera a publicarlos, justamente por miedo. Así que,
probablemente, estimado lector, estas reflexiones las hago para mí, tanto como
para usted.
La valentía no es lo
contrario al miedo. El que es valiente no lo es porque no tenga temor, sino
porque, teniéndolo, hace lo que debe hacer desde el punto de vista moral y
ético. Por eso mismo, todos nos hemos sentido orgullosos de los que, viviendo
un pavor inmenso, se atrevieron a vencerlo para salvar las vidas de sus
semejantes, poniendo en evidencia que hay una naturaleza humana que mata, sí,
pero hay otra que salva con infinito compromiso, arriesgando incluso la propia
vida por el puro amor a la vida toda.
Esa es la naturaleza
humana a la que me aferro, a la de la bondad y la entrega, a la del compromiso
con los semejantes y la esperanza. Es la que me hace sentirme orgulloso de ser
venezolano.
Laureano Márquez P.
@laureanomar
No comments:
Post a Comment