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Gianni Infantino es un hombre de negocios. Este abogado suizoitaliano de 56 años, de calva reluciente y sonrisa obsequiosa, se desempeña como presidente de la FIFA desde 2016, la organización deportiva que maneja el mayor espectáculo global: el Mundial de Fútbol. Una frase muy reciente delata a Infantino: “hay un valor comercial en nuestro juego que todavía no estamos capturando”. Él intentó capturarlo y salió -por hora- derrotado.
En la cúspide del éxito tras realizar el primer mundial de 48 selecciones y más de 100 partidos en Norteamérica, y entregar la copa acompañado de Donald Trump, el hombre más poderoso del planeta, Infantino lanzó su proyecto más riesgoso: privatizar la Copa del Mundo con la participación de inversores externos. El plan era tan lucrativo que se vendía solo, o eso creyó el presidente de la FIFA.
En cuestión de horas todo se derrumbó. La confederación europea, UEFA, amenazó con que ninguna de las selecciones de sus países miembros participaría en eventos organizados por FIFA, más la renuncia del asesor principal del propio Infantino y las críticas del director de operaciones del órgano rector del fútbol, quien denunció la jugada como “un proyecto personal, carente de transparencia” del presidente, hicieron retroceder a Infantino. Su posición de liderazgo queda ahora seriamente debilitada tras diez años de mandato.
Este breve y sonoro escándalo, cuyas consecuencias están por verse, recuerda la historia del predecesor de Infantino: Sepp Blatter, quien tuvo que dimitir acorralado por sospechas de corrupción tres días después de ser reelecto para un quinto período.
Hay voces que ya piden la cabeza rapada del presidente porque no sería apto para seguir al frente de la FIFA, similar a lo que se dijo para despachar a Blatter y antes a João Havelange. Infantino había prometido, tras su elección, construir una nueva era de la organización en la que el fútbol estaría en el centro. Palabras muy parecidas también a las que acaba de decir en el comunicado de su derrota: “solo queremos lo mejor para nuestro deporte”. Ese deporte, el fútbol, es un negocio planetario, sobre cuyo manejo, controlado por FIFA, como aseguran sus estatutos, hay más que dudas razonables. ¿Se salvará, en verdad, el juego?
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