Saturday, September 5, 2020

Navegación por el Báltico: ocho postales, por Rafael Arraiz Lucca

Mi fervor por los trasatlánticos es deuda con Anita Lucca, mi madre, a quien le fascinaban las dilatadas travesías, bien sea aquellas que hizo entre La Guaira y Europa, cuando era una jovencita, o los cruceros que gozamos en familia, años después. Me quedó el gusto por la precisa arquitectura de un camarote, con pañoles, aprovechando el espacio; me quedó el gusto por salir a la cubierta a ver el mar, dándole la cara al viento yodado; y las cenas del capitán, y el teatro de vaudeville, y los bufés abiertos hasta la madrugada. En el fondo, es tener todo lo que en la vida cotidiana falta. Son hechos extraordinarios.
Nuestro viaje comenzó en Estocolmo, a donde no habíamos ido antes, de tal modo que fuimos con tres días de antelación para conocer la “Venecia del Norte”, como suelen llamarla, con justas razones. Una ciudad surcada por canales, puentes, caños y un aire imperial de sobrias dimensiones, adusto. Un viejo reino de parajes helados, navegantes e islas.....

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