El cuerpo del régimen que depreda a Venezuela fue robusto en el pasado. Esta fortaleza la dieron el precio del barril de petróleo a más 100 dólares, la comprensión o apoyo de la comunidad internacional mayoritaria, entusiasmos varios en la Fuerza Armada, y una extendida simpatía popular en las calles del país. Hoy no queda de ese cuerpo más que el esqueleto, con algunos trozos de músculos aguados y podridos pegados en jirones de aquí y de allá, algún ojo desorbitado y las tripas como un colgajo hasta las rótulas. La revolución que iba a redimir a los condenados de la tierra, con todo y sus venas abiertas, con su patria y su muerte, se ha convertido en ese lamentable esqueleto que hiede y asusta, sin dólares; condenado por las naciones; con un estado de rebelión militar de acuerdo con sus propias confesiones; y sin apoyo popular, en medio del hambre, la miseria, la necesidad, de millones. Sin embargo, queda la pregunta de cómo y por qué se sostiene. Cómo esta que fue regordeta revolución, que se desplazaba cómoda por caminos recién asfaltados, anda ahora a rin pelado por ese pedregrullero.
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