En mi adolescencia, junto a miles de jóvenes latinoamericanos, leí a ARIEL de José Enrique Rodó y absorbí su prédica en contra del materialismo estadounidense, lo que él llamó la “Nordomanía”. En mis ensayos juveniles yo escribía sobre lo mucho que nosotros nos ocupábamos de los norteamericanos y lo poco que ellos se ocupaban de nosotros, de como ellos usaban el cerebro mientras nosotros preferíamos usar el corazón. Repetía a carcajadas el viejo chiste del estadounidense que, al saber que éramos de Venezuela, nos daban una carta para entregar en Buenos Aires.
Ese estereotipo ha sido difícil de matar, sobre todo porque el estadounidense de clase media sigue dando muestras de ignorancia sobre nuestros países y porque el latinoamericano de clase media sigue admirando y desconfiando del “coloso” del Norte.
Hace tiempo que me he convencido que catalogar a los estadounidenses como despreocupados de nosotros es una injusta exageración. Existe, por ejemplo, una Asociación de Estudios Latinoamericanos en los Estados Unidos que tiene unos 13000 miembros. Hay unos 400 colegios y universidades estadounidenses que ofrecen estudios y carreras dedicadas exclusivamente a América Latina, en todas sus fases políticas, sociales y culturales. Cada año se gradúan en los Estados Unidos centenares de expertos en Latinoamérica. Hay docenas de Centros de reflexión (think tanks) que incluyen de manera sistemática el análisis de los asuntos latinoamericanos en sus deliberaciones y publicaciones. Donde vivo, en la zona de Washington DC, no hay semana que estos centros de reflexión no ofrezcan charlas sobre la región latinoamericana. ....
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