“¡Dios mío, qué pava tan grande nos ha caído encima!”, exclamaba una señora en la fila paralela a mi derecha, mientras esperábamos en la cola para pagar en el supermercado, sin guardar las distancias sugeridas, claro está, como si nada, cuando de pronto se va la luz y hay que esperar hasta que regrese para que «los aparatos esos –seguía refunfuñando la doñita– funcionen” y ella pueda por fin irse tranquila a su casa a darle comida a sus gatas siamesas, hablar con sus matas y salirse de ese infierno, “con el perdón de los presentes».
Me capturó con su reojo de mosca penetrante y me inquirió de lado y por sorpresa: «Y usted señor, que tiene cara de profesor, qué le parece esta nueva calamidad ocurrida en la Universidad Central. Mi nieta estudia allí, creo que Psicología, y figúrese usted cómo me he puesto cuando me enteré por las redes sociales –sí, vieja pero no ida– de que un techo se había venido abajo. ¡Qué horror! ¿Y será que todos esos edificios corren la misma suerte? Dígame, pues, usted perdone»......
EN: https://www.elnacional.com/opinion/este-manicomio-enamorado/
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