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El hombre del poder silenciado por el poder habló la semana pasada. Compareció el viernes ante el Tribunal Tercero de Terrorismo en el juicio del caso de corrupción conocido como Pdvsa-Cripto, donde denunció que había sido torturado. Y acusó a su excompañero de partido Tarek William Saab, el exfiscal general que avaló un sinfín de procedimientos reñidos con la ley y con la decencia. Puede que por una vez Tareck el Aissami diga la verdad. Una parte tan solo de la verdad.
El Aissami, señalado dentro y fuera de Venezuela de mil cosas, era una figura del régimen. Una figura que cayó en desgracia porque robó más de la cuenta o porque amenazó la posición de otras figuras de la cúpula o ambas. Vicepresidente, gobernador, ministro del Interior, jefe de la Misión Identidad, ministro de Industrias, ministro de Petróleo, el 20 marzo de 2023 publicó su último mensaje en la red X: “En virtud de las investigaciones que se han iniciado sobre graves hechos de corrupción en Pdvsa, he tomado la decisión de presentar mi renuncia como ministro de Petróleo, con el propósito de apoyar, acompañar y respaldar totalmente este proceso”.
Se colocaba -escribió también- a la disposición de la dirección del PSUV “para apoyar esta cruzada que ha emprendido el presidente Nicolás Maduro contra los antivalores que debemos combatir, hasta con nuestras vidas”. Y luego el silencio. Él desapareció del mapa hasta que Tarek William Saab un año después, el 9 de abril de 2024, anunció su detención. Ahora cuenta que en esa fecha hombres encapuchados ingresaron a su vivienda sin orden judicial, golpearon a su esposa y lo sometieron violentamente. La misma medicina que le han recetado a centenares y centenares de venezolanos inocentes, de cuyas historias él debe saber porque no fue el exfiscal de la represión el único responsable.
De lo que pasó en Pdvsa, del escándalo del robo a manos llenas, solo se sabe por la investigación del periodismo independiente. Miles de millones de dólares que se esfumaron, se desconoce cuánto fue con exactitud, cuánto se recuperó, ni se han esclarecido todas las ramificaciones del caso que llevó a una purga interna similar a la que hacen los grupos mafiosos cuando el botín toma rutas imprevistas. Así se manejó por demasiados años la industria petrolera de la que el país, en algún tiempo remoto, se sintió orgullosa. La verdadera “caja negra” petrolera que tanto denunciaron cuando se decían revolucionarios se convirtió en un reparto a discreción.
Tareck el Aissami negó tal cosa en su comparecencia del viernes. La verdad tiene sus límites. Pidió un juicio público y transparente y en eso, que es un reclamo reiterado de la oposición democrática, hay que coincidir, aunque es imposible que lo satisfaga el poder porque los tribunales carecen de independencia tras décadas de uso arbitrario de la justicia para justificar los atropellos. El Aissami debe rendir cuentas -como tantos y tantas- ante un sistema judicial que cumpla con las exigencias de la Constitución. Si llegara a ocurrir como consecuencia de la elección de un gobierno legítimo, entonces y solo entonces la verdad podrá ser una realidad y no un ajuste de cuentas.
El caso El Aissami refleja la podredumbre del poder que ha padecido Venezuela. El saqueo del Estado, la ausencia total de rendición de cuentas y el uso del sistema judicial para fines criminales.
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