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La muerte en custodia de Víctor Hugo Quero Navas, preso político, y el abominable viacrucis de su madre desnudan la crueldad del Estado venezolano. A más de siglo y medio de la publicación de la novela francesa, vemos cómo la verdadera miseria moral anida en quienes administran el terror y la impunidad.
En 1862, el genio literario de Víctor Hugo entregó a la humanidad Los Miserables, una monumental autopsia sobre el aplastamiento del individuo bajo la bota de un sistema punitivo, ciego e inclemente. A través de su pluma, el novelista francés desnudó a un Estado cuya ley, divorciada de la piedad y la razón, operaba únicamente para triturar a los desposeídos. 164 años después, a miles de kilómetros de las barricadas parisinas, la obra magna de las letras europeas abandona el estante de la ficción y se encarna de manera macabra en un ciudadano venezolano que ostentaba el nombre del ilustre escritor: Víctor Hugo Quero Navas. En esta lúgubre reedición caribeña, sin embargo, los "miserables" no son los parias perseguidos, sino los arquitectos de una maquinaria estatal diseñada para la aniquilación metódica de la disidencia y la verdad.
La tragedia de este hombre de 51 años comienza con una escena de inocencia que hiela la sangre. El 1 de enero de 2025, Quero Navas caminaba por Caracas llevando en sus manos algunas cosas que pretendía regalar a su madre, Carmen Teresa Navas, para desearle un feliz Año Nuevo. Hay quienes dicen que llevaba unas hallacas, otros que eran unos bombones. Jamás llegó a su destino. Fue interceptado por las sombras de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim). Su "crimen": poseer rasgos físicos que lo asemejaban a un extranjero. Un pretexto suficiente en un país donde la paranoia autoritaria ha instaurado la cacería humana para engrosar su grotesco inventario de fichas de canje geopolítico. A partir de ese instante, Víctor Hugo fue devorado por el abismo del Internado Judicial El Rodeo I.
Pero el horror del presidio —que culminó con su muerte en julio de ese mismo año producto de una insuficiencia respiratoria tras semanas de insalubridad y abandono médico— no fue el último acto de esta atrocidad, por el contrario, fue su prefacio. Lo que pone a este caso en las simas de la ignominia universal es el encubrimiento perverso y sistemático de las instituciones. La muerte, en el modelo represivo venezolano, no supone el fin del castigo; es apenas el preludio de una revictimización sádica dirigida a fracturar a las familias.
Frente a la abyección del poder, se erigió la figura estoica de Carmen Teresa. A los 82 años, esta madre asumió un peregrinaje digno de las páginas más dolorosas de la literatura universal. Durante 16 meses de desaparición forzada y agonía, transitó por los gélidos pasillos del andamiaje judicial. Visitó el penal una docena de veces, rogó en fiscalías sordas y acudió a una Defensoría del Pueblo que hace mucho claudicó en su sagrado deber de defender. Le mintieron mirándola a los ojos. En octubre, meses después de que su hijo hubiera exhalado su último aliento, el Estado le notificó por escrito que Víctor Hugo seguía recluido. La verdad era que le habían sepultado en el más absoluto y cobarde de los secretos, en una fosa de un cementerio a las afueras de la capital, bajo una endeble lápida señalada con un papel y una fecha de deceso adulterada.
El paroxismo de esta necrofagia institucional llegó a tal punto que, hace apenas unas semanas, un juez con competencia en terrorismo le negó una medida de amnistía a Quero Navas, argumentando la supuesta gravedad de sus delitos. Juzgaron a un muerto. Le negaron clemencia a un fantasma. Sostener semejante farsa judicial y penitenciaria durante casi un año no es producto de una simple desidia administrativa; es una complicidad orgánica, una política de Estado operando a su máxima capacidad para enviar un mensaje aleccionador de terror a toda una nación.
Aquí es donde la obra cumbre del romanticismo francés cobra un sentido rotundo y aleccionador. Los miserables de nuestra época no languidecen en las celdas putrefactas de El Helicoide o El Rodeo. En las celdas venezolanas -de nuevo como hace un siglo en Puerto Cabello y La Rotunda- se encuentran los héroes. Los verdaderos miserables, los de miseria moral, visten togas para firmar sentencias en el vacío; son los burócratas penitenciarios que ocultan cadáveres bajo la tierra; son los fiscales que archivan las exigencias de fe de vida; es la cadena de mando de un poder despótico que contabiliza ya, con esta tragedia, 27 presos políticos muertos bajo su custodia desde 2014.
Este mes de mayo, la incansable presión de una madre acorraló al cinismo oficial y forzó la exhumación de los restos de su hijo. La prensa relata que Carmen Teresa, al reconocer la osamenta, se despojó de sus propios calcetines para abrigarle los pies inertes, y colocó a su lado la gorra gastada con la que ella misma se protegió del inclemente sol durante sus largas e inútiles vigilias de búsqueda. Esa imagen poética y desgarradora desborda las costuras del periodismo; es el triunfo inquebrantable de la dignidad y el amor primordial frente a la banalidad del mal.
Víctor Hugo sentenció en su novela que "la mayor de las miserias es la miseria del alma". Quienes hoy secuestran las instituciones venezolanas han intentado confinar a Víctor Hugo Quero Navas en la más profunda oscuridad del olvido, pero han fracasado estrepitosamente. El nombre de este ciudadano y el coraje invencible de su madre quedarán tatuados en la memoria de un país que exige justicia, erigiéndose como la condena moral, indeleble y definitiva, de un régimen que terminará inexorablemente ahogado en su propia miseria.
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