Protestar es un designio de la condición humana. Quien lo piense con detenimiento y haga un repaso de su vida de todos los días, lo constatará: no hay un día en que no experimentemos alguna forma de discrepancia con el estado de cosas a nuestro alrededor. Vivimos en continuo sentimiento de malestar. En todas partes las personas vigilan a sus gobernantes. Algunos países tienen una fortuna que no siempre se aprecia en su enorme valor: que sus gobiernos aciertan o se equivocan. Toman medidas benéficas o medidas absurdas, pero dentro de una lógica que tiene como objetivo lograr el mayor apoyo posible entre los electores. El poder, cada vez que tiene oportunidad procura satisfacer a los ciudadanos. Cuando el malestar es mayor a las ventajas percibidas, los gobernantes pierden las elecciones y se inaugura un tiempo de nuevas expectativas.
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