Wednesday, January 10, 2018

Año nuevo, vida vieja, por Laureano Márquez

Cuando un año comienza, parece que uno renovara la esperanza en muchas cosas: en la humanidad, en el propio destino dentro de ella, en la trascendencia del ser humano. También uno renueva la ilusión en cosas mucho más mundanas: un mejor trabajo, un mejor sueldo, un viaje… bueno, un viaje de vainas, pues.
Los venezolanos —y creo que algunos otros gentilicios también— comenzamos el año con la certeza de que todo será peor. De hecho, llevamos demasiados años con esa certeza, que es la misma que ha llevado al 10% de nuestros conciudadanos a abandonar el país en busca de reconstruir la esperanza en otro lugar, lo cual ya es mucho decir, porque para un venezolano no hay cosa más dolorosa que abandonar su casa, su clima, sus playas y sobre todo su paisaje espiritual y humano.
Este año será peor en todos los aspectos. Una sensación de que ningún cambio es posible se apodera de nosotros. Inverosímiles evasiones pasan por nuestras cabezas; ya imaginamos salidas extraterrestres: una invasión del planeta desde el espacio exterior, Dios nos libre. Y es que los venezolanos tenemos tal sino fatal sobre nosotros que es capaz de que se acaba el mundo y Venezuela sigue.

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