Hay un desprecio prerrevolucionario y otro revolucionario. Las revoluciones pretendieron acabar con las clases sociales y terminaron imponiendo nuevas clases dominantes más autoritarias y tiránicas. Este hecho paradójico parece que escapa a muchos intelectuales malamente autocalificados de progresistas, a pesar de las evidencias de que, en Corea del Norte, el comunismo se convirtió en una monarquía absoluta y hereditaria, mientras en Cuba la cosa va por el mismo camino.
A los gobiernos totalitarios les interesa crear un tipo de fanático, el conformista obediente, que no encuentra ninguna contradicción entre la ideología y el regimen...."
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