El pasado 14 de febrero, día de los enamorados, me senté en una barra a tomarme un whisky con el viejo Parr, y mirando a parejas que fingían ser felices, me puse a pensar:
—¿Quién me mandaría de pendejo a acercarme a mi cuaima?... Había como 30 mujeres y vine a fijarme justamente en ella, quien casi me dejó en interiores: perdí la casa, el apartamento en la playa, el carro, la mitad de la cuenta que yo solito abrí en el banco… No entiendo por qué me fijé en ella.
El viejo Parr, nadando en hielo y agua e’ coco, respondió:
—La culpa es de un sujeto chino en pelota que no tiene pipí, y si lo tiene, no se le ve. En la espalda, carga unas alitas, un arquito ridículo y unas flechitas. Se llama Cupido. Ese tipo se la pasa tirando como loco, día y noche, flechas de amor a diestra y siniestra en sitios insólitos a personas desprevenidas. Es como una vieja casamentera que vuela, pero él, por ser un ángel, jamás se casará.
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