La razón fundamental de mi desprecio por la Fuerza Armada de Venezuela está
basada en su naturaleza parasitaria y violatoria de su misión institucional, la
cual ha existido en mayor o menor grado durante la historia de nuestro
país, adquiriendo una dimensión
monstruosa en los años de gobierno de Hugo Chávez Frías y Nicolás Maduro. Como
ciudadano he sido testigo de actuaciones indecorosas de la Fuerza Armada:
durante la llamada revolución de Octubre, en 1945; durante el derrocamiento de
Rómulo Gallegos en 1948; durante la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez
en 1950-1958; en los momentos en los cuales la barragana de Jaime Lusinchi se
vestía de uniforme y ponía y quitaba generales de sus posiciones y los
militares le rendían pleitesía. En todos
estos hitos históricos vi la Fuerza
Armada como una institución dañina, cortesana, llena de gente mediocre (con
honrosas y hasta brillantes excepciones). Siempre pensé que su relación
costo/beneficio era extremadamente negativa y que el país estaba pagando un
alto precio por tener una Fuerza Armada que representaba un factor amenazante para la democracia, cuyos miembros
disfrutaban de privilegios nacidos del deseo de los gobiernos civiles de
mantenerlos “contentos”.
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