Gustavo Coronel
En la víspera de Carabobo Simón Bolívar descansaba en su hamaca cuando su edecán le comunicó que tres
vecinos del lugar deseaban hablar urgentemente con él. Bolívar salió de su hamaca y pidió que los dejaran entrar.
Los buenos señores se llamaban Danielo S******, Eduardo S***** y Pavel G****, tres vecinos de Barrera
amantes de la tranquilidad.
¿Que puedo hacer por ustedes? Les preguntó Bolívar.
Danielo
replicó: “Venimos, Sr. General, a pedirle que cese esta insensatez,
esta guerra que nos está
diezmando, que acaba con nuestra población y con todo intento de los
vecinos de estas comarcas de vivir en paz. Venimos a abogar por la
reconciliación entre quienes vivimos aquí. La monarquía es
circunstancial, no vale la pena morir por derrocarla. Busquemos
el diálogo, la negociación y estamos seguros de que todos seremos más
felices”.
Bolívar guardó silencio por un largo tiempo, lo cual hizo sentir incómodos a los tres mensajeros de la
concordia entre patriotas y monárquicos.
Finalmente
les dijo: “No es a mí a quien ustedes deben dirigirse. Es al ejército
que duerme esta noche
en Carabobo, esperando el día de mañana, dispuesto a hacer de Venezuela
una nación libre, dueña de su futuro. Ustedes desean la paz en
Venezuela. Yo también. Solo diferimos en cómo lograrla. La negociación
que ustedes me piden como solución no sería tal solución
sino una entrega. La diferencia entre la monarquía y quienes luchamos
por la independencia es que la monarquía pretende gobernar
indefinidamente, mientras que nosotros deseamos vivir en una nación que
pueda elegir libremente a sus gobernantes”.
“Pero,
General”, le interrumpió Eduardo, “nadie ha dicho que vamos a
entregarnos. Nosotros podemos hacer
algunas concesiones a los absolutistas, dejar ir a los hijos de Boves o
darles tierra para que callen y dejen de oponerse a nuestros deseos. En
el camino iremos enderezando las cargas”. Y Danielo agregó: “E
insensato ir mañana a la batalla, General. Esa gente
es demasiado fuerte, no podemos con ellos”.
A
lo cual Bolívar respondió: “Ciertamente ustedes no estarán conmigo
mañana en Carabobo. Pero les digo
que no hay nadie invencible. Sabemos cuál es la fuerza del enemigo.
Sabemos que entre ellos hay fracturas serias, que hay fatiga, que hay
deseos de abandonar la lucha. Nosotros no podemos negociar desde una
posición de debilidad. Solo es posible ser magnánimos
en la victoria. El esfuerzo de los patriotas, el sacrificio que miles
han hecho desde 1810 no puede ser borrado mágicamente en una mesa de
negociaciones”.
Danielo, Eduardo y Pavel guardaron silencio y se retiraron.
Al
día siguiente Bolívar derrotó la monarquía en Carabobo. Esta victoria
fue obtenida a un alto precio.
Las fuerzas patriotas dejaron salir hacia Puerto Cabello, a tomar los
barcos de regreso a su país, a quienes habían luchado por la monarquía
de buena fe, por convicción y sin violar las leyes que regulaban la
contienda. Los culpables de crímenes de guerra
fueron castigados de acuerdo a sus crímenes.
Si Bolívar hubiera escuchado a Eduardo, a Danielo y a Pavel la noche anterior a Carabobo todavía Venezuela
sería una provincia de la madre patria.
¿Estaríamos
mejor? ¿Quién lo sabe? Ese no es el meollo del asunto porque nadie
puede predecir el futuro.
Lo esencial es que una sociedad esclavizada debe ponerse de pie.
Aquello de “mejor morir de pie que vivir de rodillas” no es una frase
hueca, sino una que ha sido validada en la historia por el sacrificio de
quienes se negaron a negociar con los opresores.
El sacrificio supremo es perder la vida pero hay otros sacrificios:
perder la propiedad, perder el derecho a vivir en libertad en la propia
patria, perder amigos, familiares, perder el derecho a morir en la
tierra que nos vio nacer. Es mucho lo que se pierde
al resistir pero es también mucho lo que se gana en dignidad, en apego a
los principios, en amor propio, en buena ciudadanía.
¡Adelante, nos espera Carabobo!

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