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J. Bradford DeLong
Project Syndicate
Marzo 3, 2017
https://www.project-syndicate.org/commentary/rethinking-productivity-growth-by-j--
bradford-delong-2017-03/Spanish
Hoy la población mundial es, en promedio, unas 20 veces más rica que
durante la larga Era Agraria. Entre el 7000 a. C. y el 1500 d. C., los
recursos fueron escasos, el progreso tecnológico lento, y las presiones
malthusianas mantuvieron casi todas las poblaciones humanas en un
nivel cercano al de subsistencia, con un ingreso diario per cápita
inferior a 1,50 dólares (a valores actuales).
En 2017, sólo un 7% de la población mundial es así de pobre.
Supongamos que tomáramos el valor monetario total de lo que
producimos en la actualidad y lo usáramos para comprar los tipos de
bienes y servicios que consumen las personas que viven con 1,50
dólares al día. El valor diario promedio de la producción mundial sería
30 dólares por persona (a precios actuales).
A eso equivale la renta mundial anual de la actualidad, que asciende a
unos 80 billones de dólares. Es verdad que el reparto de los frutos de la
productividad mundial es sumamente desigual, pero el nivel general de
riqueza de nuestra sociedad dejaría boquiabiertos a nuestros
antecesores de la Era Agraria.
Además, no producimos y consumimos las mismas cosas que nuestros
apenas sobrevivientes ancestros. En 2017, una dieta básica de 40
kilocalorías de cereales al día se consideraría insuficiente. Y en la Era
Agraria, bienes y servicios análogos a los que consumimos hoy
hubieran sido absurdamente caros o directamente impensables. Tiberio
Claudio Nerón, que vivió en el siglo I a. C., no podría haber comido
frutillas con crema, porque a nadie se le ocurrió combinar esos dos
ingredientes hasta que los cocineros del cardenal Thomas Wolsey de la
corte de los Tudor los sirvieron juntos en el siglo XVI.
En 1606, sólo una persona podía estremecerse viendo un drama sobre
brujas sin salir de casa: Jacobo Estuardo, rey de Inglaterra y Escocia,
que tenía a William Shakespeare y a su compañía de teatro, los
Hombres del Rey, contratados a su servicio. Hoy más de cuatro mil
millones de personas provistas de teléfonos inteligentes, tabletas y
televisores pueden disfrutar una forma de entretenimiento on demand
otrora exclusiva de monarcas absolutos.
Otro ejemplo: el hombre más rico de principios del siglo XIX, Nathan
Mayer Rothschild, murió sin haber cumplido sesenta años, por la
infección de un absceso. Si le hubieran dado la opción de entregar
toda su fortuna a cambio de una dosis de antibióticos modernos, es
probable que lo hubiera hecho.
Así que decir que una persona típica de hoy es 20 veces más rica que
su predecesor de la Era Agraria es inexacto, porque hoy los
consumidores tienen muchos más bienes y servicios para elegir. No
sólo hay abundancia, sino también una variedad nunca antes vista de
opciones, lo cual da al nivel de riqueza general un aumento
considerable.
¿Pero cuál es la magnitud de ese aumento?
Profesionales estadísticos de la Oficina de Análisis Económico del
Departamento de Comercio de los Estados Unidos y de organismos
similares en otros países han tratado de medir la relación entre el
aumento de “variedad” y la productividad. Según estimaciones típicas,
la productividad de la mano de obra en la región del Atlántico Norte
creció a un ritmo anual medio del 1% entre 1800 y 1870, 2% entre 1870
y 1970, y 1,5% desde entonces (con una posible desaceleración durante
la última década). Pero estas cifras reflejan más que nada el avance en
la producción de artículos de primera necesidad para la población
pobre del mundo, y dejan fuera la mejora en la calidad de vida
obtenida gracias al aumento de productividad.
Gran parte de esa mejora se la debemos a innovaciones que
transformaron radicalmente la civilización, por ejemplo, el inodoro, los
automóviles, la energía eléctrica, las comunicaciones a larga distancia,
la informática, etcétera.
Repito: hubiera sido ridículamente caro (o simplemente imposible)
acceder a bienes y servicios similares en períodos históricos anteriores.
En el Imperio Romano tardío, sólo un aristócrata rico podía comprar un
nomenclator: un esclavo encargado de memorizar nombres y caras
para recordárselos cuando las ocasiones sociales lo exigieran. Hoy, el
dueño de un teléfono inteligente básico está mejor servido que el
aristócrata con más nomenclatores a su disposición.
En nuestro análisis del crecimiento del futuro y de las oportunidades
que deparará a toda la humanidad, no debemos olvidar el camino
recorrido. Yo he intentado medir la enorme magnitud del crecimiento
económico en la región del Atlántico Norte en los últimos 200 años, sin
conseguirlo, pero estoy casi seguro de que la producción aumentó en
ese período unas 30 veces o más.
¿Cuánto más crecimiento podemos esperar, y qué significará para
aquellos en quienes nos convertiremos? Si nos guiamos solamente por
el pasado, no tenemos modo de saberlo: las frutillas con crema del
futuro todavía no han sido inventadas.
Traducción: Esteban Flamini
J. Bradford DeLong. (Boston, 1960). Economista summa
cum laude (1982) por la Universidad de Harvard. Seguido
por una maestría y un doctorado en economía en 1985 y
1987, respectivamente, también de Harvard.
Después de obtener su doctorado, enseñó economía en las
universidades en el área de Boston , incluyendo el MIT , la
Universidad de Boston y la Universidad de Harvard , de 1987
a 1993. Fue John M. Olin Fellow en la Oficina Nacional de
Investigación Económica en 1991-1992
Se unió a UC Berkeley como profesor asociado en 1993. [4]
De abril de 1993 a mayo de 1995, se desempeñó como
Subsecretario Adjunto de Política Económica en el
Departamento del Tesoro de los EE.UU. en Washington, DC
Como funcionario del Departamento del Tesoro en el
gobierno de Clinton. Trabajó en el presupuesto federal de
1993, el fracasado esfuerzo de reforma de la atención de la
salud y en otras políticas y en varias cuestiones comerciales,
incluida la Ronda Uruguay del Acuerdo General sobre
Aranceles Aduaneros y Comercio y el Tratado de Libre
Comercio de América del Norte . Se convirtió en profesor
titular en Berkeley en 1997 y ha estado allí desde entonces.
Su papel en el diseño del rescate de México durante la crisis
del peso de 1994 lo colocó en la vanguardia de la
transformación de América Latina en una región de
economías abiertas y consolidó su estatura como una voz
líder en los debates de política económica.
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