Gustavo Coronel
El
Capital Social puede ser definido como los valores y normas no escritas
compartidas por los
miembros de una sociedad, las cuales promueven el trabajo en común, la
cooperación y el progreso. Entre esas normas figuran en lugar
prominente la reciprocidad, la honestidad y la confianza. De Tocqueville
había advertido ya en la sociedad estadounidense
lo que él llamó “el arte de la asociación”, como uno de los
ingredientes esenciales de una sociedad floreciente.
En
Venezuela estos ingredientes de una sociedad solidaria han estado,
históricamente, poco desarrollados.
Sin embargo, una fuente importante de capital social abundante en
nuestro país ha sido tradicionalmente la familia extendida, una
estructura frecuente en la cultura latinoamericana, la cual trata de
compensar por las deficiencias de una relación social más
amplia entre miembros de la sociedad que no comparten lazos de
consanguinidad.
A
pesar de que la familia extendida es una manifestación de solidaridad
esencialmente tribal
no hay dudas de que existe una fuerte correlación entre su existencia y
la capacidad de sus miembros para relacionarse con éxito con grupos y
personas fuera de ese círculo familiar. Lamentablemente en nuestro país
la frecuente ausencia del padre le resta al
niño la posibilidad de establecer redes sociales de significación en la
comunidad. Esa ausencia representa un obstáculo para el desarrollo de
estas redes, restando al niño y al adolescente la posibilidad de
desarrollar confianza en el prójimo a través de
su relación con la autoridad paterna.
Por
este y otros factores la carencia de suficientes normas y valores
compartidos en nuestra
sociedad ha conducido a un débil capital social, el cual se ha tratado
de reemplazar, particularmente en los últimos 17 años, por el estado
benefactor y paternalista. Ello ha llevado a muchos venezolanos a ver en
el “presidente”, el autócrata, la figura paternal
que no han tenido en sus hogares. En el caso específico de
Chávez/Maduro este intento de reemplazo ha probado ser catastrófico para
la sociedad venezolana. La figura del padre, la cual serviría en un
hogar para robustecer la confianza del niño en el adulto,
llevándolo a incrementar el capital social, ha sido sustituida por un
estado paternalista que utiliza a la persona bajo su cuidado como simple
herramienta para lograr fines de poder político. En este sentido el
estado paternalista venezolano se ha convertido
en un agente de destrucción del capital social.
Esta
acción destructora de capital social se manifiesta a través de las
políticas de subsidios
y dádivas a la población llevadas a cabo por el chavismo, a cambio de
exigir a los venezolanos lealtad política. Lejos de crear incentivos
para la solidaridad social esta gran piñata venezolana representa una
fuente de rivalidades y mezquindades, estimulando
la competencia, no la solidaridad, entre los “beneficiarios” de la
limosna. Es como si un padre distribuyera alimentos en el hogar
condicionando la entrega al amor y la lealtad de los hijos. Esta
práctica conduciría, inevitablemente, a la aparición de la hipocresía,
de la desconfianza entre hermanos, de la rivalidad y de la trampa para
obtener los mejores beneficios.
Esto
es lo que ha ocurrido en la Venezuela del chavismo. Por ello, la
influencia nefasta del
chavismo no se extinguirá con su salida del poder político. Quedarán
secuelas gravísimas de embrutecimiento entre el pueblo, las cuales
tendrán que ser objeto de atención, tanto o más cuidadosa que el
suministro de comida y medicinas a la población. Habrá
que diseñar una urgente política de educación ciudadana para reparar y
eliminar el daño causado a millones de venezolanos por las prácticas
innobles de manipulación ejercidas en contra del pueblo por tantos años,
las cuales han llevado a un agudo empobrecimiento
material y, sobre todo, espiritual.
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