DÁMASO JIMÉNEZ| EL UNIVERSAL
martes 14 de enero de 2014 12:00 AM
Nadie le paró nunca a las cifras alarmantes de muertes violentas que han enlutado a miles de familias venezolanas en la última década. Pero para nadie es un secreto que desde los altares de Miraflores la violencia se convirtió más que en un ademán a la bandera revolucionaria, en una hipérbole desatada por "El Supremo" que nunca tuvo reparos en el exceso de calificativos contra "los otros".
Decía la criminólogo zuliana y ex gobernadora Lolita Aniyar de Castro, que el discurso que utiliza un líder político es muy importante para la seguridad. La arenga del odio y de enfrentamiento entre un grupo y otro, el decir quiénes son los buenos y quiénes los malos, termina por convertirse en un discurso profundamente generador de delincuencia, y esta es una realidad indiscutible y no una afirmación política de ninguna manera.
Hubo delitos de toda índole en épocas anteriores, con comisarios y ministros corruptos implicados en escándalos y complicidades, con cangrejos sin resolver que minaron la credibilidad de la justicia de entonces y demostraron mucha ineptitud de parte de los gobiernos de la llamada cuarta república, pero la violencia se politizó en cadena nacional cuando se evangelizó con la emancipación de la lucha de clases desde los colectivos armados y grupos delictivos de abierto apoyo a la revolución, para aterrorizar a una "burguesía enemiga", y en medio de esa alianza perversa se instauró una mutación inexplicable al ascender al grado de justicia social el delito por hambre. Quieran olvidarlo o no allá afuera llora todo un país por los lodos de aquellos polvos.
Lo peor fue que ni 10 mil, ni 15 mil, ni 20 ni 25 mil muertes al año lograron sacar al venezolano promedio de su domo de indiferencia y apatía durante todo este tiempo, a pesar que la inseguridad es un virus atroz que nos sorprende en las calles, se mete dentro de nuestras casas, irrumpe con feroz furia y desaparece amigos y familia dejando fuertes secuelas al entorno.
Desde la manipulación del Gobierno la inseguridad siempre fue una sensación inventada por los medios interesados en derrocar la revolución socialista, o algo que sucedía a otros en otra parte casi de forma aislada, hasta que la lamentable muerte de la actriz y ex miss, Mónica Spear, su esposo y la herida de bala recibida por su hija de 5 años, suceso ocurrido en una carretera en la que se encontraban accidentados luego de disfrutar de sus vacaciones de fin de año, destapó con efervescencia la putrefacta cloaca de la indignación nacional contra el hampa más poderosa de América Latina en el tercer país más violento del mundo.
La actriz y su pareja, que en paz descansen, no sólo le pusieron rostro a esta violencia, sino que el crimen que acabó con sus vidas hizo énfasis en el grado de maldad corrosiva y recalcitrante que palpita como lava caliente en cada esquina, en la que se dispara a matar a toda una familia para robarla, incluyendo a niños inocentes, en una guerra declarada desde que se politizó cruelmente este problema.
Según el Observatorio Venezolano de la Violencia en promedio hay más asesinatos a diario en el gobierno de Maduro que durante la gestión de Chávez, al punto que el propio Maduro recientemente tuvo que saltarse la propaganda oficial y reconocer públicamente que los venezolanos vivimos en una ruleta de la muerte y que se hace necesario una revisión y profundización de las causas fundamentales de este cáncer, pero para ello debe reparar primero en la cultura de la violencia que se ha instaurado y erradicar el lenguaje de odio que abre brechas y marca diferencias insalvables.
Maduro se percató tarde que el mayor problema para mantener la estabilidad política no se encuentra en la inútil guerra que libra a muerte contra la oposición, sino más bien en el gigante Frankestein que está acabando con todo un país y que tiene a su merced y casi comiendo de la mano a todas las instancias del Estado bolivariano. He ahí el dilema.
Decía la criminólogo zuliana y ex gobernadora Lolita Aniyar de Castro, que el discurso que utiliza un líder político es muy importante para la seguridad. La arenga del odio y de enfrentamiento entre un grupo y otro, el decir quiénes son los buenos y quiénes los malos, termina por convertirse en un discurso profundamente generador de delincuencia, y esta es una realidad indiscutible y no una afirmación política de ninguna manera.
Hubo delitos de toda índole en épocas anteriores, con comisarios y ministros corruptos implicados en escándalos y complicidades, con cangrejos sin resolver que minaron la credibilidad de la justicia de entonces y demostraron mucha ineptitud de parte de los gobiernos de la llamada cuarta república, pero la violencia se politizó en cadena nacional cuando se evangelizó con la emancipación de la lucha de clases desde los colectivos armados y grupos delictivos de abierto apoyo a la revolución, para aterrorizar a una "burguesía enemiga", y en medio de esa alianza perversa se instauró una mutación inexplicable al ascender al grado de justicia social el delito por hambre. Quieran olvidarlo o no allá afuera llora todo un país por los lodos de aquellos polvos.
Lo peor fue que ni 10 mil, ni 15 mil, ni 20 ni 25 mil muertes al año lograron sacar al venezolano promedio de su domo de indiferencia y apatía durante todo este tiempo, a pesar que la inseguridad es un virus atroz que nos sorprende en las calles, se mete dentro de nuestras casas, irrumpe con feroz furia y desaparece amigos y familia dejando fuertes secuelas al entorno.
Desde la manipulación del Gobierno la inseguridad siempre fue una sensación inventada por los medios interesados en derrocar la revolución socialista, o algo que sucedía a otros en otra parte casi de forma aislada, hasta que la lamentable muerte de la actriz y ex miss, Mónica Spear, su esposo y la herida de bala recibida por su hija de 5 años, suceso ocurrido en una carretera en la que se encontraban accidentados luego de disfrutar de sus vacaciones de fin de año, destapó con efervescencia la putrefacta cloaca de la indignación nacional contra el hampa más poderosa de América Latina en el tercer país más violento del mundo.
La actriz y su pareja, que en paz descansen, no sólo le pusieron rostro a esta violencia, sino que el crimen que acabó con sus vidas hizo énfasis en el grado de maldad corrosiva y recalcitrante que palpita como lava caliente en cada esquina, en la que se dispara a matar a toda una familia para robarla, incluyendo a niños inocentes, en una guerra declarada desde que se politizó cruelmente este problema.
Según el Observatorio Venezolano de la Violencia en promedio hay más asesinatos a diario en el gobierno de Maduro que durante la gestión de Chávez, al punto que el propio Maduro recientemente tuvo que saltarse la propaganda oficial y reconocer públicamente que los venezolanos vivimos en una ruleta de la muerte y que se hace necesario una revisión y profundización de las causas fundamentales de este cáncer, pero para ello debe reparar primero en la cultura de la violencia que se ha instaurado y erradicar el lenguaje de odio que abre brechas y marca diferencias insalvables.
Maduro se percató tarde que el mayor problema para mantener la estabilidad política no se encuentra en la inútil guerra que libra a muerte contra la oposición, sino más bien en el gigante Frankestein que está acabando con todo un país y que tiene a su merced y casi comiendo de la mano a todas las instancias del Estado bolivariano. He ahí el dilema.
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