Monday, January 13, 2014

Tierra prometida

En: Recibido por email

Laureano Márquez


Publicado en el diario TalCual el viernes
010 de Enero de 2014.

Comenzamos un nuevo año. Los viernes TalCual tiene el compromiso de
que esta página sea de humor. Sin embargo, esta semana es como difícil
sacarle una sonrisa a un venezolano. La tragedia de la muerte de
Mónica Spear y su esposo golpea duramente el alma nacional. Ellos son
el emblema de una Venezuela que muere asesinada mientras los
ciudadanos tratamos de hacernos los locos, fundamentalmente porque nos
horroriza la posibilidad de vernos reflejados en las estadísticas de
cada fin de semana. El caso es que la muerte se nos ha vuelto
cotidiana, la inseguridad se ha convertido en nuestra forma de
terrorismo. La amenaza a la vida deja de ser una remota posibilidad
para convertirse casi en una certeza.

Claudio Nazoa y quien esto escribe estámos de vuelta de Israel,
comenzamos el año realizando una presentación para los venezolanos que
allí viven, que cada vez son más y se aglutinan en la organización
Beit Venezuela (casa de Venezuela), promotora de  nuestra
presentación. En este viaje recorrimos el país de sur a norte. Un
estado conformado por una estrecha franja de territorio del tamaño del
estado Falcón, en el corazón de una zona altamente conflictiva. Un
país que tiene que sacar el agua del mar para transformar el desierto
en floreciente espacio de la agricultura y se autoabastece con
productos de primera calidad; un país que no tiene ni una gota de
petróleo, como si la providencia hubiese dispuesto milimétricamente
que ese fuera la única zona del medio oriente sin petróleo en el
centro de un enclave petrolero para que  tuviesen solo el ingenio de
su gente  como la principal y única riqueza.  Allí nos encontramos con
un grupo de venezolanos, todos brillantes, que abandonaron su patria
buscando fundamentalmente una cosa: seguridad. Y se preguntará usted,
querido lector: "¿seguridad en Israel?" Parece un contrasentido: en un
país que vive en permanente amenaza de guerra, la gente se siente
segura al punto de que nuestros compatriotas se van para allá huyendo
de la verdadera guerra que se libra en las calles nuestras y que acaba
de arrebatarnos dos vidas jóvenes, hermosas y útiles que nos
sensibilizan particularmente, pero que son dos más de las tantas otras
igualmente preciosas que cada semana se pierden.

Traigo todo esto a cuento, porque algo muy duro se instaló en nuestros
corazones amargándonos el comienzo de un año, que ya se vislumbraba de
desánimo: una sensación de ausencia de futuro. Es inevitable que esto
nos confronte con nuestro destino: ¿qué nos sucede en Venezuela? ¿Cómo
fue que llegamos a esto? ¿Cómo pasamos de ser tierra prometida a
tierra de diáspora? ¿Por qué no podemos con un territorio
espectacular, cálido, sin más desierto que Los Médanos de Coro, con
aguas caudalosas que nos cruzan, sin conflictos religiosos, sin trabas
lingüísticas ni étnicas, sin guerra con países vecinos, sin que
nuestra existencia esté amenazada, salvo por nosotros mismos, con
petróleo y tierra fértil en abundancia, avanzar y ser exitosos? Nos
hemos extraviado y el desierto somos nosotros. Tenemos que sentarnos
como Moisés en el Sinaí a pensar las razones de tanto fracaso, a dónde
conduce nuestra marcha y qué país es el que queremos. Me resisto a la
idea de que la ruina, la desesperanza y la aniquilación a manos del
hampa sea nuestro destino. Anhelo la tierra prometida, el país que nos
merecemos.

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